Kate Furnivall - La Concubina Rusa

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Año 1928. Exiliadas de Rusia tras la revolución bolchevique, Lydia Ivannova y su madre hallan refugio en Junchow, China.
La situación de los rusos, expulsados de su país sin pasaporte ni patria a la que regresar, es muy difícil. La ruina económica las acecha y Lydia, consciente de que tiene que exprimir su ingenio para sobrevivir, recurre al robo.
Cuando un valioso collar de rubíes (regalo de Stalin) desaparece, Chang An Lo, amenazado por las tropas nacionalistas a la caza de comunistas, interviene en la vida de Lydia y la salva de una muerte segura.
Atrapados en las peligrosas disputas que enfrentan a las violentas Triadas (organizaciones criminales de origen chino) de Junchow, y prisioneros de las estrictas normas vigentes en el asentamiento colonial, Lydia y Chang se enamoran y se implican en una lucha atroz que les obliga a enfrentarse a las peligrosas mafias que controlan el comercio de opio, al tiempo que su atracción sin fin se verá puesta a prueba hasta límites insospechados.

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Pero la figura encorvada no ofreció la menor resistencia. Se dio la vuelta y levantó las dos manos sobre la cabeza, en señal de rendición, y Lydia pudo observarlo con detalle. Su delgadez era extrema. Los pómulos sobresalían como cuchillas. Tenía la piel muy amarilla, y los ojos, muy separados de sus órbitas, parecían flotar sobre el rostro. Lydia no habría podido adivinar qué edad tenía. ¿Veinte? ¿Treinta? Y, sin embargo, por la piel cuarteada y escamosa de las manos habría dicho que era mucho mayor. Tenía la cara llena de heridas recientes.

Lo agarró por la túnica sucia, raída y deshilachada, que apestaba a orines, y la sostuvo con fuerza, cerrando el puño, por si a aquella especie de cigüeña esquelética le daba por echarse a volar.

– Dime -le dijo, hablando despacio y vocalizando mucho, con la esperanza de que entendiera su idioma-. ¿Dónde está Chang An Lo?

El asintió, los ojos fijos en su rostro.

– Chang An Lo. -Levantó un índice huesudo, señalándola-. ¿Lidya?

– Sí. -El corazón le dio un vuelco. Sólo Chang le habría revelado su nombre-. Soy Lydia. -Tirando de él lo puso en pie, pero a pesar de su altura, la debilidad de su cuerpo era tal que los dos estuvieron a punto de caer de nuevo al suelo-. ¿Chang An Lo? -insistió ella, maldiciéndose por no hablar ni una palabra de mandarín.

– Tan Wah -dijo él, señalándose con una uña amarillenta.

– ¿Tú eres Tan Wah? Por favor, Tan Wah, llévame con Chang An Lo -le pidió, indicando con la mano en dirección a la ciudad.

Él pareció comprender y asintió, moviendo arriba y abajo la cabeza oscura, y se puso en marcha con paso tambaleante, a través del sotobosque. Lydia no le soltaba la túnica, y su impaciencia iba en aumento.

Se dirigían hacia el puerto. Por lo que parecía, había estado buscando en el lugar correcto, en el mundo sin nombres. Sin leyes. Donde las armas mandaban y el dinero hablaba. Sí, el señor Liu tenía razón. Chang estaba ahí. Cerca. Ella lo sentía, esperándola. Respirándole en la nuca. Tiró de los harapos de Tan Wah para pedirle que se diera prisa, porque sin la compañía de Liev se sentía incómoda en los bajos fondos. El riesgo era mucho.

Ya se había acostumbrado a los olores de las calles. El muelle bullía de actividad, de gentes que se empujaban unas a otras, que esquivaban las ruedas de los rickshaws, que gritaban y escupían, que transportaban montañas de productos en carretillas y en las cestas que cargaban al hombro con cañas largas, abriéndose paso. Todo formaba una amalgama de movimiento incesante.

En esa ocasión Lydia no se fijaba en los rostros, y fue precisamente por eso por lo que no pudo anticiparse. Un viejo, doblado bajo el peso de un montón de leña, de pelo lacio y escaso que le cubría la cara, se confundía con el remolino gris de la humanidad que la rodeaba. Ni siquiera lo miró. No hasta que se detuvo frente a ella, impidiéndole el paso. Sólo entonces vio los ojos negros que la observaban, brillantes, ávidos. Tenía la cabeza girada hacia un lado, para poder ver más allá del inmenso fardo que cargaba a la espalda.

No emitió un solo sonido. Se limitó a extraer una daga de filo estrecho de la túnica acolchada, y sin mediar palabra la hundió en el vientre de Tan Wah.

A Lydia se le escapó un grito.

Tan Wah tosió antes de caer de rodillas, mientras con las manos se cubría la súbita mancha escarlata. Ella lo agarró del brazo para sostenerlo, pero cuando adelantó la cara, el viejo lo aprovechó para rebanarle el pescuezo con gesto certero. La sangre salió disparada, describiendo una parábola, y Lydia notó que le rociaba la cara, obscenamente tibia en contraste con el aire helado.

– ¡Tan Wah! -exclamó ella, que se arrodilló en el suelo sucio, junto a su cuerpo inerte. Los ojos, inyectados en sangre, seguían muy abiertos, alerta, pero la pátina de la muerte ya se había posado sobre ellos-. Tan Wah -susurró.

Una mano la agarraba por el hombro. Se puso en pie, zafándose de ella, y gritó a los rostros que pasaban por su lado.

– ¡Ayuda! Este hombre está muerto, necesita… Por favor, llamen a la policía… yo…

Una mujer tocada con un gran pañuelo y un porteador fueron los únicos en detenerse. Ella llevaba un niño atado a la espalda. Se agachó y le dio unas palmaditas en la mejilla al muerto, como si con ese gesto pudiera determinar si su espíritu ya lo había abandonado, y acto seguido empezó a rebuscar entre los harapos, en busca de algún bolsillo. Lydia le gritó, la empujó para que se apartara, mientras sentía que la rabia le oprimía la garganta y la dejaba sin palabras, y le permitía apenas emitir un gruñido animal, primitivo.

La mujer se fundió al instante con la multitud indiferente. Había manos que se aferraban a Lydia, pero a ella todo le daba vueltas, y en un primer momento le pareció que se extendían para ayudarla. Para levantarla. Pero entonces lo comprendió. El viejo de la leña le desabrochaba los botones, le estaba robando el abrigo. Su abrigo. Eso era lo que quería. Su abrigo. Había matado a Tan Wah por el abrigo.

Lydia le escupió en la cara, y se sacó la navaja del bolsillo. Con una parte de su cerebro que parecía funcionar autónomamente, registró que las manos ennegrecidas del viejo apestaban a alquitrán, y que seguían arrancándole los botones. Si no la había apuñalado era porque no quería quedarse sin abrigo. Le clavó la navaja con todas sus fuerzas en el brazo, y sintió que rozaba el hueso. Él abrió mucho la boca desdentada y emitió un chillido agudo. Pero soltó el abrigo.

Lydia se abalanzó entonces sobre el fardo de leña que cargaba a la espalda, y le hizo caer sobre el suelo adoquinado, como si de una tortuga panza arriba se tratara. Entonces dio media vuelta y echó a correr.

Un rostro blanco. Salió a su encuentro de un salto. Una nariz occidental, alargada. Pelo corto, rubio, pegado con brillantina a la cabeza. Un uniforme. Entre todos los ojos orientales, ese par de ojos azules, redondos, hizo que Lydia cruzara la calle sin mirar y se aferrara al brazo del hombre que bajaba la escalera de una sórdida casa de juego, oliendo a whisky.

– Lo siento -balbució, y sus palabras brotaron de su pecho como un fuego-. Lo siento, pero…

– Eh, jovencita, ¿qué es lo que tienes? Tranquila.

Era americano. Un marino de la Armada de Estados Unidos. Lo reconoció por el uniforme. Sus manos la calmaron como habrían hecho con una yegua asustada, acariciándole el hombro y dándole unas palmaditas.

– ¿Qué sucede?

– Un hombre. Ha matado a mi… a mi acompañante. Por nada. Lo ha apuñalado. Quería mi…

– Cálmate, conmigo estás a salvo, cielo.

– … quería mi abrigo.

– Malditos bandidos. Venga, vamos a buscar a un policía que solucione este lío. No te asustes. -Y empezó a caminar calle abajo-. ¿Quién era ese acompañante tuyo? Espero que fuera un hombre, porque no soportaría la idea de que una muchacha bonita…

– Era un hombre. Un chino.

– ¿Qué? Un maldito chino. Bueno, tal vez debamos pensarlo mejor.

Se detuvo y, sin quitarle el brazo de la cintura, le dio un codazo a una cabra que, boca abajo, colgaba de un poste con las patas atadas, balando desesperada. Llevó a Lydia hasta un portal, para poder hablar con más calma.

– Te has llevado un buen susto, señorita, pero, mira, si sólo estamos hablando de un chino apestoso, lo mejor es que sean los policías chinos los que se ocupen del caso. -Sonrió, tratando de tranquilizarla con sus ojos azules, sus dientes blancos y bien cuidados, su acento sureño, dulce, suave como un sirope.

De pronto, ella trató de liberarse de su abrazo.

– Suélteme, por favor -dijo secamente-. Si no quiere ayudarme, yo misma iré en busca de la policía.

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