Todo sucedió tan rápidamente que cuando quiso darse cuenta ya había terminado. Los hombres se esfumaron, y un reguero de sangre empezó a helarse sobre los adoquines. Liev volvió a meterse el arma en el cinturón y, sin soltarle la muñeca, siguió avanzando por el hutong atestado como si nada hubiera sucedido.
– ¿Qué ha sucedido? -le preguntó Lydia-. ¿Era necesario usar el cuchillo?
Él se detuvo, la miró fijamente con el ojo bueno, se encogió de hombros y siguió su camino.
Lydia insistió, en ruso esta vez.
– O chyon vi rugalyis?
– Quería comprarte.
– ¿Comprarme? ¿A mí?
– Da.
Lydia no preguntó nada más. Se daba cuenta de que estaba temblando. Maldito oso. Le molestaba que él supiera que estaba asustada. Trató de liberarse del puño que le rodeaba la muñeca, pero eso era como querer arrancar con los dedos un remache del casco de un barco. Era imposible.
– No sabía que hablaras mandarín -comentó al fin.
– Me has ofrecido bastante dinero -replicó él, emitiendo una especie de graznido que tardó en identificar como una risa.
– Maldito seas -soltó ella.
Pero aquel graznido seguía y seguía.
– Aquí -dijo ella para que se callara.
Era un kabak. Un bar.
Supo que era un error desde el momento en que puso los pies en aquel garito. Veinte pares de ojos se volvieron a mirarlos, como si una serpiente acabara de entrar arrastrándose bajo la puerta. El aire parecía sólido, inerte bajo el techo, y lleno de olores que Lydia no reconocía. En un rincón, una estufa escupía calor y humo.
No bajó la mirada, y desafió las de los hombres, observando sus rostros y sus ropas, todos grises como la ceniza. Se sentaban a unas mesas laqueadas, cuarteadas, inclinados sobre vasos que contenían un brebaje incoloro. En un extremo de la barra, encadenado, había un mono, y al hombre que atendía tras ella le faltaban las dos orejas. Llevaba un trapo manchado enrollado a la cabeza, y sostenía otro en la mano, con el que secaba un vaso. Sin apartar los ojos de Liev Popkov ni un segundo, buscó algo bajo el mostrador y sacó un rifle. Echó hacia atrás el tambor con la pericia que le daba la práctica, y apuntó hacia el pecho de Lydia, que al instante sintió que se le contraían las costillas. El rifle parecía antiguo, tal vez una reliquia de la Rebelión de los Bóxers. Pero ello no quería decir que no disparara bien. Nadie hablaba.
Liev asintió. Con movimientos lentos la arrastró tras de sí y, caminando de espaldas, salieron del bar.
– No estaba ahí -balbució ella cuando estuvieron fuera. Le alivió ver que le salía vaho de la boca, constatar que todavía le funcionaban los pulmones.
Liev volvió a asentir.
– Hay muchos bares.
Esa noche visitaron diez de ellos, repartidos por distintas zonas del puerto. No volvieron a apuntarles con rifles, pero no les recibieron con sonrisas. Los ojos los miraban con el mismo desprecio, y las bocas murmuraban maldiciones y escupían su odio al suelo.
Empezaba a correrse la voz. Se decía que un oso gigante acompañado de una niña pelirroja se dedicaba a romperle la cara a la gente. Cuando entraban en un bar y se plantaban frente a la puerta no más de dos minutos, las cabezas se volvían hacia ellos, pues todos habían oído hablar de aquella extraña pareja que recorría los muelles. Lydia lo notaba en la cara, lo mismo que sentía su deseo de rebanarles el pescuezo a aquellos dos fanqui. Cada vez que se asomaba a la penumbra de algún antro oscuro y maloliente y oía el silencio que se hacía en las mesas cuando los parroquianos se volvían a mirar, no esperaba encontrar el rostro que buscaba, el de los ojos intensos y pensativos que siempre la observaban con atención, el de la nariz que se dilataba cada vez que algo le divertía, a pesar de que su sonrisa tardara en llegar. No esperaba verlo. Pero aun así seguía esperando.
En uno de los bares, un hombre bajito como un tonel, de pelo grasiento, se plantó nervioso frente a ellos, y les dijo algo en chino.
Liev Popkov clavó su ojo bueno en el desconocido, pero se dirigió en ruso a Lydia.
– Pregunta a quién estás buscando.
– Dile que no voy a decirle el nombre. Dile que informe a todos los… -buscó en su memoria la palabra rusa- pyanitsam, los clientes, que la niña pelirroja ha estado en su bar. Y que está buscando a alguien.
Liev frunció el ceño.
– Díselo.
Él lo hizo.
Una vez de nuevo en la calle, el hombretón se detuvo, indiferente a los copos de nieve que se le pegaban a la barba negra, y le puso la mano en el hombro, con la fuerza de un camión que acabara de aterrizar en él.
– ¿Por qué no pronuncias su nombre?
– Porque es demasiado peligroso para él, slishkom opasno.
– ¿Es comunista?
– Es una persona.
– ¿Cómo vas a encontrarlo si no dices cómo se llama?
– Estoy aquí. La gente habla. Se enterará.
– ¿Y sabrá que eres tú?
– Sí, lo sabrá.
Lydia estaba tendida en la cama, vestida. Temblaba. No lograba sacarse de los huesos el frío gélido de los muelles. Le parecía que se le iban a partir, y aunque tenía los dedos metidos bajo las axilas, aún notaba en ellos el viento cortante. Se había envuelto en el viejo edredón, hecha un ovillo, y sobre él había colocado todas las ropas de que disponía, pero estaba helada. La estufa antigua echaba humo. No es que les faltara keroseno, cosa que no sucedía desde la aparición de Alfred en sus vidas. Pero el escaso calor que proporcionaba no suponía la menor amenaza contra el aliento del invierno chino, que subía hasta su ventana todas las noches, y se colaba por ella.
La puerta de la buhardilla se abrió de par en par.
– Blin! Lo siento, querida, no quería despertarte.
Lydia oyó que en el campanario de la iglesia daban las dos.
– No estaba dormida.
– Encenderé sólo una vela. Duérmete ya.
Valentina había ido a una fiesta con Alfred. Y había bebido. Lydia lo notaba por su manera de caminar. Se oyó el chasquido de un mechero, y un débil resplandor iluminó la oscuridad. El ruido de una silla arrastrada por el suelo, y luego silencio. Lydia sabía qué estaba haciendo su madre: sentarse frente a la estufa y fumar, le llegó el olor del tabaco. Y beber. Lo sabía. Aunque Valentina era capaz de abrir una botella y servirse un vaso de vodka sin hacer ruido, ella lo sabía.
– Mamá, hoy he visto una cosa mala.
– ¿Cómo de mala?
– He visto a un bebé muerto. Desnudo. Estaba tirado en una cloaca, y una rata le comía los labios.
– ¡Agh! No, amor mío, no dejes que esas cosas se te metan en la cabeza. Este maldito país está lleno de ellas.
– No consigo olvidarlo.
– Ven aquí, pequeña mía.
Lydia salió de la cama, aún cubierta con el edredón, y descorrió la cortina. Su madre, en efecto, estaba acurrucada frente a la estufa, con un cigarrillo en una mano y un vaso en la otra. Llevaba un abrigo de pieles nuevo, del color de la miel oscura, y el rubor cubría sus mejillas.
– Ven, esto te hará olvidar -le dijo, alargándole su vaso.
Lydia lo aceptó. Nunca lo había hecho, pero esa noche… necesitaba algo que le ayudara a seguir creyendo que, en algún lugar, ahí fuera, Chang estaba a salvo. Su cabeza se inundaba. Grandes y asfixiantes pozos de negrura se habían abierto en él. Rostros. Flotaban en la superficie embarrada, rostros, rostros y más rostros. Los ojos de Chang, tan abiertos y atentos, tan desesperados por hacerle comprender, y luego estaba el niño muerto sin labios, una mandíbula china convertida en masa informe, las pupilas dilatadas del señor Theo, y todos los rostros de las calles, llenos de odio, resentimiento y veneno.
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