Ella abrió la mano, y le mostró los doscientos dólares que Alfred le había dado.
Liev Popkov no hablaba, y ella tampoco. Sin embargo, se mantenían muy juntos, rozándose incluso en algunos momentos. El uno al lado de la otra, se echaban hacia delante, luchando contra el viento gélido que ascendía por el río Peiho. A Lydia le dolían los pulmones del esfuerzo.
– Aquí -murmuró él.
Se refería a una calle estrecha que, serpenteante, se alejaba de los muelles por la izquierda. Era gris, estaba adoquinada y desprendía un hedor fuerte a agallas de pescado podrido. Lydia asintió. La mano de su acompañante, ancha como una pala, la atrajo hacia sí, hasta que ni una rendija de luz invernal se coló entre ellos, hasta que su cuerpo pasó a ser una extensión más de aquel oso grasiento e inmenso. Aquel hombre tenía en ella un efecto curioso: la hacía sentirse grande, atrevida, valiente. Los ojos hostiles que los miraban ya no le daban escalofríos, y cuando uno de los estibadores chinos alargó una mano para tocarla, Liev levantó un brazo sin esfuerzo y le dio con el codo en la cara. Hueso roto, sangre y gritos agudos. Lydia contempló el desastre y se sintió mal. Habían seguido avanzando sin hablar. Liev era hombre de pocas palabras.
Durante sus primeras incursiones por los muelles, ella había intentado hablarle en su precario ruso, pero sólo había recibido gruñidos por respuesta. O silencio. Finalmente se acostumbró. Le resultaba más fácil concentrarse en las caras que pululaban por el ajetreado puerto y en los hutongs resbaladizos, más fácil esquivar a los miles de porteadores que transportaban pesadas montañas de quién sabía qué, bien en los cubos, bien en las cestas que colgaban en ambos extremos de la vara. Más fácil era fijarse dónde ponía los pies.
Que le resultara más fácil no quería decir que todo aquello se le hiciera sencillo.
– Lydia Ivanova.
Lydia alzó la vista del pupitre. Jirones de brillantes sueños abandonaron su mente, y miró al señor Theo a los ojos, unos ojos grises que se habían vuelto negros, inmensas las pupilas. Y su lengua, más afilada que nunca.
– ¿Está usted con nosotros, señorita Ivanova? ¿O prefiere que le traiga una cama?
– No, señor.
– Me sorprende usted, niña. Habría dicho que el idilio entre Felipe II de España y María Tudor de Inglaterra le habría parecido lo bastante apasionado como para mantener los ojos abiertos en clase. ¿Acaso no son esas cosas las que les gustan a las jóvenes de su edad? ¿Las historias de amor? Aunque sean con muchachos chinos.
– No, señor.
El profesor sonrió, pero ella no le devolvió la sonrisa.
– Se quedará castigada al salir de clase. Y escribirá una redacción sobre…
– Por favor, señor, al salir de clase no. Me quedaré toda la semana a la hora del recreo, pero no…
– Se quedará castigada cuando yo le diga, jovencita.
– Pero es que… -Se interrumpió. Todos la miraban, y la observaban con atención. Polly le hacía señas, pero ella no entendía por qué.
– Lydia. -Theo se acercó a su pupitre. El guardapolvo negro se movía a su alrededor, y Lydia imaginó que era un cuervo de largas patas que venía a arrancarle los ojos-. Se quedará castigada hoy. Después de clase. ¿Entendido?
Ella sintió deseos de golpearle. Como habría hecho Liev Popkov. Pero bajó la cabeza.
– Sí, señor.
– Oh, Lyd, qué tonta eres. ¿Cuándo vas a aprender a ser sumisa con él? -Polly ahogaba su risita, como una gallina clueca-. Sólo hacía falta que le dijeras: «Lo siento, señor Theo, le prometo que no volverá a suceder», y te habría retirado el castigo.
– ¿De veras?
– Eres demasiado ingenua, Lydia. Claro que te lo habría retirado.
– Pero ¿por qué?
– Porque eso es lo que les gusta a los hombres, sentir que tienen poder.
Finalmente lo entendió. Sí. A la gente le gusta sentir que tiene poder. Se había dado cuenta en aquel mundo ajeno de los muelles, cuando iba en compañía de Liev Popkov, con el que había aprendido lo bien que podía sentirse uno gracias a ese poder. Hombres poderosos que se aseguraban de obtener lo que deseaban, lo mismo que el padre de Polly sabía cómo conseguir lo que se proponía. O a la gente a la que deseaba. Sintió un escalofrío. Se le ocurrió algo, pero no estaba segura de cómo decírselo a Polly.
– Polly, a ti se te da mucho mejor que a mí tratar con la gente. A veces no consigo ni que mi madre me dé lo que quiero. -Hizo una pausa, y se frotó una uña-. Por cierto, ¿va mi madre alguna vez a vuestra casa de visita?
– Por Dios, no. ¿Por qué habría de ir?
– No sé, he pensado que tal vez fuera de vez en cuando a charlar con tu madre, ya sabes, como hacen muchas madres cuando sus hijas son amigas. -Se encogió de hombros-. Tenía curiosidad, eso es todo.
– A veces dices cosas muy raras, no sé si lo sabes.
– Pero si fuera, me lo contarías. A tu casa, quiero decir.
– Claro.
– ¿Me lo prometes?
– Te lo prometo.
– Bien.
– ¿Y cómo está Parker, por cierto?
– Todavía sigue ahí.
– Tienes mucha suerte. Cuando se case, te dará todo lo que siempre has querido, una casa, ropa bonita, vacaciones, y todo eso. -Se echó a reír y le dio una palmadita en las costillas-. Y un uniforme nuevo, entre otras cosas. Que buena falta te hace.
– Eso no me hace falta -replicó Lydia-. Eso es lo que la gente con poder te hace creer que me hace falta.
– Oh, Lydia, eres incorregible.
Liev Popkov estaba de pie, al final del camino, esperándola. Debía llevar ahí bastante rato, porque la nieve se le había amontonado sobre los hombros, y el sombrero se veía, blanco como un armiño con pelaje de invierno.
– Lo siento -se disculpó ella-. Prastitye menya. He llegado tarde porque he tenido que quedarme en la escuela.
Él gruñó algo y se puso en marcha a grandes zancadas, con su paso desmadejado, y Lydia tuvo que darse prisa para no quedar rezagada. Así, juntos, se dirigieron de nuevo al puerto. Se trataba de un universo deprimente pero frenético en el que todo se vendía y se compraba, desde cuernos de rinoceronte hasta esclavos de diez años. Con todo, Lydia agradecía la oportunidad de observar los buques más modernos y los vapores oxidados que acercaban el mundo exterior al corazón de Junchow. Inglaterra parecía tan cercana que casi podía tocarse extendiendo la mano. Veía a los hombres de mirada dura, a las mujeres envueltas en pieles que caminaban por las pasarelas como si fueran los amos del mundo, mientras sus porteadores les llevaban el equipaje. La nieve había dejado de caer.
– Ésta -masculló Liev.
La condujo por otro pasaje sucio y mohoso, donde unos vendedores ambulantes trataban de comerciar incluso con los harapos que los cubrían. En un tenderete ofrecían grifos de bañera, una caja llena que habían robado de uno de los tinglados que flanqueaban el puerto; más allá vio una hilera de muñecas de porcelana sentadas como niñas muertas. Lydia no había tenido nunca una, y siempre le había asombrado que a sus amigas les gustaran tanto. Como Polly. A ella le parecía tan…
Un hombre de rostro redondo interrumpió sus pensamientos. Hablaba en chino, muy deprisa, y señalaba el fondo del callejón. Ella negó con la cabeza para indicarle que no comprendía, pero se dio cuenta de que en realidad se dirigía a Liev, no a ella. Cada vez se expresaba en voz más alta, y gesticulaba más. Liev se limitaba a mover su enorme cabeza de un lado a otro.
– Nyet, nyet, nyet.
El hombre sacó una navaja.
Lydia trató de retroceder, pero otros dos individuos se habían apostado detrás de ella. Sintió que se quedaba sin aliento, y quiso echar a correr. Con una mano, Liev Popkov le agarró de la muñeca, mientras con la otra extraía un cuchillo de debajo del abrigo, un arma de tamaño descomunal, casi una espada, larga, curvada y de doble filo. Tenía un mango de metal pesado y negro, que encajaba a la perfección en el puño del ruso. Dio un paso al frente, emitiendo un gruñido, arrastrando consigo a Lydia, que resbaló al pisar un resto de verdura congelada, pero sin siquiera mirarla él la levantó por los aires a la vez que le cortaba la cara al chino.
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