¿Conoce a alguien llamado…?
¿Puede indicarme cómo se llega a…?
¿Dónde está…?
¿Él vive/trabaja aquí?
– ¡Ajá! -Le sonrió-. El joven chino. Le busca, ¿no es cierto?
La reacción de la muchacha le causó gran sorpresa, pues abrió mucho la boca, el rojo de sus labios se volvió blanco como el papel, y pareció de pronto más joven y vulnerable que un pájaro en su cascarón.
– ¿Cómo lo sabe? ¿Dónde está? ¿Lo ha visto usted? ¿Está bien? ¿Sabe…?
– Tranquila, Lydia. -A la joven rusa las manos le temblaban más que a él-. Si estamos hablando de la misma persona, no, no sé cómo se llama y no sé dónde está. Pero no debe preocuparse por él, porque la última vez que lo vi estaba bajo la protección de Feng Tu Hong, el gran jefe del Consejo Chino y de los Serpientes Negras, de modo que no debería…
Lydia se balanceó en su sitio, aunque Theo no sabía si de alivio o de horror.
– ¿Cuándo? -le preguntó en un susurro.
– ¿Cuándo qué?
– ¿Cuándo lo vio por última vez?
– Ah, hace un tiempo… No recuerdo bien cuándo fue. Estaba hablando con Feng Tu Hong. De usted.
– ¿De mí? ¿Por qué de mí? ¿Qué decía?
A Theo le impresionaba su desesperación, pues le recordaba a la suya propia. Como si estuviera desangrándose por dentro.
– Lydia, querida, cálmese. Le estaba pidiendo a Feng que ordenara a los miembros de la hermandad de los Serpientes Negras que la dejaran en paz, aunque no tengo ni idea de qué les había hecho para que se enfadaran tanto con usted.
– ¿Y qué dijo Feng?
– Bueno, Feng… -Vaciló, porque no quería revelar del todo la sórdida verdad a aquella muchacha tan joven-. Feng aceptó hacerlo, dejarla en paz, quiero decir. Fue fácil en realidad.
– Señor Theo, no me trate como si fuera tonta. Sé cómo funciona China. ¿Qué precio le impuso?
– Tiene razón. A cambio le facilitó información. Sobre las tropas que estaban a punto de llegar desde Pekín. Eso es todo.
La piel de Lydia había adquirido aquella palidez enfermiza de los enfermos de tuberculosis. Theo empezaba a preocuparse por ella.
– Creo que debería sentarse un momento y… -Le extendió la mano.
– No -dijo ella-. Estoy bien. Cuénteme qué sucedió.
– Nada. Lo dejaron ir. No hay nada más que contar.
– Entonces son los barrigas grises -murmuró ella.
– ¿Cómo dice?
– La traducción -volvió a insistir ella, atropelladamente-. La traducción de mis frases del papel. ¿La hará? Por favor.
– Está bien. La tendrá mañana.
– Gracias.
Lydia franqueó la verja, se abrió paso entre el flujo incesante de rickshaws y echó a correr. El sombrero que llevaba anudado con una cinta abandonó al instante su cabeza y, movido por el viento, iba golpeándole la espalda.
Theo estaba sentado en la mesa de la cocina, un mueble antiguo, lleno de carácter, de madera oscura de caoba con grabados en los que se retrataba la vida de una familia china desconocida. Con todo, en ese momento, la mesa no era lo que captaba su atención, sino lo que reposaba sobre ella. Había dispuesto en fila los distintos artículos.
Una pipa, larga y delgada, realizada con el mejor marfil labrado, y con incrustaciones de metal azul, encabezaba el despliegue. En condiciones normales solía apreciar su elegancia sencilla, pero ese día no. En realidad, no se trataba de una pipa corriente, pues carecía de cubeta en su extremo, y a unos dos centímetros de la punta, en la parte anterior de la pipa, había un agujero, y en ese agujero se enroscaba un pequeño recipiente metálico, con forma de huevo de pichón, cubierto por una tapa que se sostenía en su sitio gracias a una banda de latón. Grabado en ella era visible el carácter chino xi, que significaba «felicidad».
Junto a la pipa había dispuesto una pequeña jarra blanca que contenía agua. Theo tenía algunos problemas con ella. El agua no dejaba de aparecer y desaparecer, como las olas, y cuando desaparecía, el interior de la jarra de cerámica se volvía transparente en vez de opaco, y a través de ella veía el pequeño quemador de latón, que se encontraba a su lado, sobre la mesa.
No era posible.
La parte de la mente de Theo que aún conservaba la conciencia le decía que eso era una alucinación. Pero los ojos le mostraban lo contrario.
Junto al quemador estaba el portador de sueños. Se encontraba metido en el interior de una antigua caja de malaquita que databa de la dinastía Chin. Levantó la tapa y sintió una punzada de anticipación al ver la pasta negra. Separó un pedacito con la cucharilla, una cantidad que era algo así como un guisante. Aunque con manos temblorosas, logró verter unas gotas de agua de la jarra en la cuchara que contenía la pasta, sin darse cuenta de que también mojaba la mesa. Encender la mecha del quemador fue más difícil, pues no dejaba de moverse y de cambiar de posición. Agarró fuertemente la base con una mano, para detener sus saltos, y finalmente consiguió unir el encendedor y la mecha.
Ahora.
Mantuvo la cuchara sobre la llama. Observó con impaciencia cómo se evaporaba el agua, cómo la pasta se convertía en melaza. Se trataba de mercancía de primera clase, se notaba, lograda a partir de las mismas vainas de amapola, las Papaver somniferum, y no de los restos de tallos o las hojas. Aquella porquería sólo te calentaba un poco la sangre, además de provocarte el vómito. Cuando estuvo listo, metió con sumo cuidado la pasta caliente en el cacillo que había en lo alto de la pipa, y lo cubrió con la tapa. El pulso le latía con tal fuerza que sentía dos huecos en las muñecas.
Dio una profunda chupada a la pipa. Los pulmones se le llenaron de un vapor intenso, que retuvo en su interior hasta que la mente empezó a desenroscarse, a aplastar todo el dolor y convertirlo en una sola línea que se podía cortar y desechar. Era como un viento tibio de verano que soplara por sus venas, que abandonara girando el núcleo de su cuerpo y se le metiera en los miembros, refrescándolos, aliviándolos. Suave, relajante, dulce. Dio dos caladas más, aspiró muy hondo, hasta la mente, y sintió que una sonrisa de dicha asomaba involuntariamente a sus labios, y que empezaba a flotar.
Vagamente, se percató de la presencia de Li Mei en la habitación. Flotaba hacia él, el rostro ovalado más perfecto que nunca cuando se inclinó sobre él y le besó en los labios. Sabía a luz de luna, y la sentía tras él, acariciándole la nuca con un suave masaje.
– Ya te relajo yo, Tiyo -oyó que susurraba-. No necesitas esa muerte negra.
Con el pelo negro le hizo cosquillas en la mejilla al inclinarse de nuevo sobre él, y sus lágrimas calientes le humedecieron la piel como besos tibios.
– Li Mei, yo te quiero con todo mi corazón, amor mío -murmuró con los ojos entrecerrados.
Los brazos de su amada lo rodearon con fuerza, con urgencia, y lo dejaron sin aliento. Su voz le llegaba muy débilmente, como desde muy lejos.
– Tiyo, oh, mi Tiyo, mi padre te tiene en sus manos. ¿Es que no lo ves? Ésta es su manera de vengarse de ti por apartarme de él y llevarme al mundo de los fanqui. Me lo prometiste, Tiyo, me prometiste que no te dejarías arrastrar por él a la boca del dragón. Tiyo, amor mío, Tiyo.
En algún lugar, muy, muy lejos, Theo le oyó gritar su nombre.
Sueños negros, negros como el demonio.
Sueños que giraban sin cesar en la mente de Chang An Lo, con tanta fuerza que no sabía si estaba dormido o estaba despierto. Flotaba en la negrura. Daba vueltas en espirales ascendentes. Luego se hundía y caía en picado hacia el lodo grueso del fondo. Se pegaba a su piel, y trataba de metérsele en la boca. El hedor le resultaba asfixiante.
Aspiró hondo y, de pronto, estaba otra vez flotando, y el aire fresco le llenaba los pulmones, y el agua pura, fría, penetraba balsámica en su boca y le lavaba toda la mugre. Veía luciérnagas que bailaban en la oscuridad que le envolvía, gélida como un sudario.
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