Kate Furnivall - La Concubina Rusa

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Año 1928. Exiliadas de Rusia tras la revolución bolchevique, Lydia Ivannova y su madre hallan refugio en Junchow, China.
La situación de los rusos, expulsados de su país sin pasaporte ni patria a la que regresar, es muy difícil. La ruina económica las acecha y Lydia, consciente de que tiene que exprimir su ingenio para sobrevivir, recurre al robo.
Cuando un valioso collar de rubíes (regalo de Stalin) desaparece, Chang An Lo, amenazado por las tropas nacionalistas a la caza de comunistas, interviene en la vida de Lydia y la salva de una muerte segura.
Atrapados en las peligrosas disputas que enfrentan a las violentas Triadas (organizaciones criminales de origen chino) de Junchow, y prisioneros de las estrictas normas vigentes en el asentamiento colonial, Lydia y Chang se enamoran y se implican en una lucha atroz que les obliga a enfrentarse a las peligrosas mafias que controlan el comercio de opio, al tiempo que su atracción sin fin se verá puesta a prueba hasta límites insospechados.

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– Gracias por la jaula -dijo fríamente, y corrió escaleras arriba.

El pez marrón se escurrió por la corriente fría y clara del río, ondulando el cuerpo ancho, suavemente, sobre su lecho. Hoy sí, se dijo Lydia. Ahora sí. Contuvo la respiración. Tensa, inmóvil.

La lanza rasgó el agua. Y falló de nuevo. El pez huyó nadando. Lo maldijo y regresó hasta la estrecha franja de arena de la Quebrada del Lagarto, donde se acuclilló bajo el radiante cielo otoñal, mientras esperaba a que remitieran los chapoteos aterrados que agitaban la corriente. Estar ahí, en aquel lugar, la acercaba a Chang. Recordaba el tacto de su pie herido, su peso en la palma de la mano, la tensión en su piel cuando ella clavaba, una y otra vez, la aguja, e iba cerrando sus bordes. El calor íntimo de aquella sangre entre sus dedos. Marcándola. Igual que ella lo marcaba a él.

Cuando terminó la operación de sutura, él suspiró, y ella se preguntó si había sido un suspiro de alivio o – y sabía que era una estupidez pensarlo- si añoraba la caricia de sus manos. Ahora pasaba los dedos por la arena vacía, buscaba el más mínimo rastro de su sangre. En su mente oía, con la misma claridad con la que llegaba hasta ella el fluir del río, la extraña risita que él dejó escapar cuando ella le pidió que encontrara un modo de entrar en el Club Ulysses para recuperar los rubíes. Cada vez que lo recordaba, se ponía enferma. ¿Cómo se le había ocurrido siquiera exponerlo a semejante peligro?

– Me convertirías en un ladrón -le dijo él ese día, muy serio.

– Podemos repartirnos el dinero entre los dos.

– ¿Y la condena? ¿Nos repartiríamos también la condena de cárcel?

– No te dejes atrapar, y no habrá cárcel -replicó ella.

Pero ya entonces Lydia sintió que se ruborizaba. Volvió la cara hacia el río, para que la brisa que ascendía por él le refrescara las mejillas, y estuvo tentada de decirle que no lo intentara, que no se arriesgara. Que se olvidara del collar. Pero su lengua no encontraba las palabras adecuadas. Cuando volvió a mirarlo, él le dedicó una sonrisa que, en cierto modo, alivió el tormento de su alma. Era un sentimiento raro, nuevo para ella. Estar con alguien y no tener que ocultar nada. Él veía lo que había en su interior, y lo comprendía.

A diferencia de lo que le sucedía con Alfred Parker, que quería hacer de ella alguien que ella no sería jamás, la perfecta señorita inglesa. Su mente adocenada estaba impaciente por quitarle a su madre, y para lograrlo, a cambio, le ofrecía una jaula de conejo. ¿Qué clase de negocio era ése?

«Oh, Chang An Lo, te necesito aquí, a mi lado. Necesito tus ojos claros y tu palabra sosegada.»

Se puso en pie, tratando de moverse despacio, y se concentró en el agua. Tenía que atrapar un pez para llevárselo a la señora Zarya, de modo que, del bolsillo, se sacó una navaja que le había robado a un niño en el colegio y se puso a afilar aún más la punta de la lanza, como había visto hacer a Chang. La rama del sauce ya tenía la punta muy afilada, pero a ella, la acción de cortar algo, le hacía sentirse mejor.

– ¡Santo Cielo! Moi vorobushek! ¿De dónde ha salido esa cosa horrible? -La señora Zarya agitaba las manos, asombrada, y contemplaba a Lydia con desconfianza-. No pretenderás ofrecérmelo a cambio del alquiler, ¿verdad? Ya os toca pagar el mes.

Lydia negó con la cabeza.

– No, esto es un regalo. Lo he pescado para usted.

La señora Zarya esbozó una amplia sonrisa.

– Ah, gorrioncito, qué lista eres.

A Lydia le alivió constatar que, en vez de conducirla al salón de pesados muebles, desde el que el general Zarya observaba con ojo acusador, su casera la precedía por el pasillo y entraba en la cocina. Era la primera vez que entraba en aquel sitio, pequeño y marrón. Dos sillas, una mesa, un fregadero y un aparador. Todo marrón. Pero olía a limpio, a jabón. En una esquina, un samovar abrillantado, con su pequeña tetera en lo alto, siempre caliente.

– Veamos -dijo la señora Zarya-. Veamos ese monstruo marino que me traes.

Lydia colocó el regalo sobre la mesa. Se trataba de un lenguado de río, pardo como la madera sobre la que reposaba, aunque con pequeñas motas amarillas que le salpicaban el ancho lomo.

– ¿Y lo has pescado tú?

– Sí.

La señora Zarya asintió, impresionada, y lo tocó con un solo dedo.

– Es bueno. Ahora lo cocino. ¿Tú comes conmigo?

Lydia sonrió.

– Spasibo. Es usted muy amable, dobraya. Ya plobaya povariha. No soy buena cocinera.

– ¡Vaya! ¡Por fin hablas ruso! Otlichno! ¡Qué bien!

– No. Lo estoy aprendiendo con ayuda de un libro. Pero es muy difícil.

– Dile a esa madre perezosa que tienes que deje de una vez la botella y te enseñe russkiy yazik.

– No quiere.

– Ah. -La señora Zarya abrió los brazos de par en par y enterró a Lydia entre sus pechos, en un abrazo cálido y asfixiante, sin que a ella le diera tiempo a impedirlo. La enorme delantera olía a alcanfor y a polvos de talco, y sentía en la mejilla la presión del aro de un sostén.

– Ayuda -musitó.

La rusa la dejó libre, y la miró con gesto de preocupación.

– Necesito ayuda -aclaró Lydia-. Para aprender ruso.

La señora Zarya se llevó una mano enorme al pecho, que se agitó, amenazador.

– Yo, Olga Petrovna Zarya -dijo con voz triunfal-, te enseño tu lengua materna. ¿Sí?

Da. Sí.

– Pero antes, aso el pescado.

Lydia rastreó los lugares en los que Chang podía encontrarse. Al salir de la escuela, todos los días, lo primero que hacía era acercarse a la Quebrada del Lagarto, con la esperanza de que, tras abrirse paso entre la maraña de arbustos, viera su cabeza oscura, inclinada sobre una hoguera incipiente, o su daga centelleando un instante antes de hundirse en la carne de un pescado, o de cortar una rama de sauce. Todo lo que hacía lo hacía con suavidad. Limpiamente. No era descuidado y torpe, como ella. Lo imaginaba de noche, en la cama, le veía alzar la vista de lo que estuviera haciendo y mirarla con aquella intensidad tan suya. Y le sonreía, y en su sonrisa había un resplandor que le decía que se alegraba de que lo hubiera encontrado.

Porque lo cierto era que no estaba segura de lo que sentía por ella. Tal vez no había vuelto porque se había cansado de ella y de sus locas discusiones de fanqui. Trató de hacer memoria. ¿Lo había insultado? Había ido al funeral, sí. ¿Cuál era el problema?

Por los barrigas grises no sería. No podía ser por ellos.

Cada vez que pensaba en sus rifles y en sus espadas apuntándole a la cabeza sentía un escalofrío. Veía a los soldados. Sus bandas en los brazos, el sol reflejado en sus gorras, como si fueran los amos del mundo. Patrullando por la ciudad vieja. Aunque era una locura, ella seguía acudiendo allí, no lograba evitarlo. No se aventuraba en los hutongs, pero escrutaba las multitudes de las calles principales una y otra vez, y no encontraba más que miradas hostiles, varas que se abrían paso, bocas que le gritaban palabras inimaginables. En una ocasión llegó a entrever una nuca con una serpiente negra tatuada. Pero el hombre no demostró el más mínimo interés en ella. Y ella no salió corriendo. Como tampoco escapaba de los mendigos que la acosaban con sus dedos esqueléticos, ni del hombre de negocios chino, impecablemente vestido, que le ofreció llevarla de paseo en su gran Cadillac negro. La probabilidad de encontrar a Chang en aquel hormiguero de humanidad era…

Se negaba a verbalizarlo siquiera.

– Ah, señorita, mis ojos brillan de placer al volver a verla. Hace mucho tiempo desde la última vez. -Con un gesto, el señor Liu le indicó que tomara asiento, y separó las manos, mostrándole la tienda-. Espero que mi miserable negocio no le resulte desagradable.

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