La escena habría provocado las carcajadas de Yuesheng.
Chang sintió que el espíritu de su amigo se encontraba muy cerca en ese instante. Su voz reverberaba en el aire. Tal vez fuera porque Yuesheng sabía que estaban a punto de encontrarse de nuevo. Y había acudido a mostrarle el camino. Pero Chang negó con la cabeza, la meneó una sola vez, bruscamente.
– Todavía no, Yuesheng -susurró.
– ¿Y bien? -Feng se había situado en el centro de una estancia magnífica, que brillaba por todo el oro y el jade que contenía en su decoración, y que exhibía elegantes rollos pintados en las paredes. Con su gesto, parecía querer recordar a Chang quién mandaba ahí. De pie, con las piernas separadas, los brazos plegados, la cabeza echada hacia delante, el cuello ancho, el rostro, una máscara fría, impenetrable-. ¿Y bien? -repitió-. ¿Cuál es el precio esta vez? ¿Otra imprenta? Creo que ése es el precio a pagar por un hijo. Aunque sea un precio vergonzoso.
– No.
Chang empujó a Po Chu por la nuca, y éste cayó de rodillas al suelo. Cuando lo tuvo ahí, lo agarró del pelo negro, y tiró de él con fuerza, mientras le pinchaba la barbilla con la punta de la daga. Po Chu sudaba profusamente, y temblaba, como si se le hubieran roto las muñecas, que seguían atadas. Toda su piel se mostraba resbaladiza y brillante, y aspiraba el aire a bocanadas, mientras alzaba hacia su padre unos ojos implorantes, llenos de terror.
– Padre sabio y honorable -balbució con voz ronca-. Te ruego concedas a este diablo lo que te pide.
Feng escupió.
– Para mí no eres nada.
– Muy bien -terció Chang sin inmutarse-, si no vale nada, entonces a mí tampoco me sirve. Prepárate para reunirte con tus antepasados, Feng Po Chu.
Le agarró del pelo, tiró de él con más fuerza y vio que las Lugers se alzaban, listas para disparar. Un hedor insoportable a heces impregnó la estancia, pues Po Chu había perdido el control de sus esfínteres. La sangre goteaba por el filo de la daga y descendía hasta los dedos de Chang.
– Llévatelo -ordenó Feng a Chang entre dientes-. Llévate a mi hijo. No es sino veneno para mi corazón.
Chang emitió un grito agudo que desplazó el centro de atención, encomendó su propio espíritu a sus antepasados y se preparó para la quietud del fin, pero, mientras lo hacía, un manto de tristeza le cubrió el pecho, oprimiéndolo. Su corazón se convirtió en plomo al saber que no volvería a verla en esta vida, y que el hilo que lo ataba a ella se rompería. Había fallado a la muchacha-zorro. El momento final de su vida en esta tierra había llegado, y ella seguía en peligro.
Po Chu gritó.
Chang sujetó el cuello de su reo con tal fuerza que sus tendones asomaron como dientes. Y tensó los músculos para proceder a rebanárselo.
– Para.
Era Feng. Sus ojos no eran más que dos líneas negras en un rostro de piedra.
– ¿Cuál es tu precio esta vez?
Por las mejillas de Po Chu resbalaban lágrimas calladas.
– Una vida.
– ¿La tuya?
– No.
– Habla. ¿La vida de quién?
– De la muchacha que robé a los Serpientes Negras en el hu-tong. Tus hombres la persiguen.
– Porque mintió. -La voz de Feng estaba teñida de ira-. Les dijo que no te conocía, que no sabía dónde te ocultabas, pero más tarde la vieron contigo. Mintió. Es una cuestión de honor.
– Feng Tu Hong, ella es bárbara, y como todos los bárbaros no sabe nada del honor. Esa muchacha no merece ni la saliva que gastas en nombrarla, pero yo te doy a tu hijo, al único hijo que te queda con vida ahora que Yuesheng se ha ido, a cambio de su débil existencia. Me parece que es un trato justo.
– Me insultas, e insultas a mi hijo. Si tanto aprecias la vida de esa puta bárbara, ¿por qué no me pediste su vida cuando te prometí el regalo que quisieras cuando me trajiste el cuerpo de Yuesheng para que le diera sepultura? ¿Por qué no me lo pediste entonces?
– Mis motivos son míos.
Feng lo miró con odio. Desde detrás de un biombo taraceado se oyó una risotada masculina, y al sonido de zapatillas al rozar la mullida alfombra de seda precedió la aparición de una figura alta, que sostenía un cigarrillo en la mano.
– Feng, pregunta sólo si estás seguro de que recibirás respuestas. Este joven potro te está dejando atrás.
La voz del hombre era suave, agradable.
Y pertenecía a un inglés. Chang lo reconoció al instante: lo había visto en el Club Ulysses. Era el que hablaba en mandarín como si fuera su lengua materna. Llevaba una túnica gris, holgada, y una gorra bordada, y parecía claro que trataba de ser algo que no era. Chang notaba ese esfuerzo en sus ojos de un gris pálido, pero en ellos había algo más, un dolor. Algo que quería desgarrarse hasta morir.
Feng Tu Hong le dedicó una mirada de advertencia que habría bastado para callar a la mayoría de hombres, pero el inglés se limitó a encogerse de hombros, esbozó una breve sonrisa y formuló una pregunta a Chang en mandarín.
– ¿Quién es esa muchacha bárbara por la que negocias tan convincentemente?
– Una gatita rusa, fanqui - masculló Feng-. Nadie que merezca la pena.
– ¿Cómo se llama?
Chang se dio cuenta del interés de su interlocutor, por más que éste tratara de disimularlo.
– Ivanova -respondió Chang-. Lydia Ivanova. La que tiene fuego en la lengua, así como en los cabellos.
– Ah. -El inglés asintió en silencio, se pasó una mano por la frente, despacio, y se volvió para mirar a Feng-. Te la compro yo.
Lo dijo sin darle demasiada importancia, como podría haberlo hecho al referirse a un saco de castañas de algún vendedor ambulante. Y se sacó del bolsillo un saquito de monedas, que parecía lleno de ellas.
– Las ganancias de hoy a cambio de la gatita. -Lanzó el saquito en dirección a Feng, que no hizo el menor gesto de cogerlo, y aterrizó sobre la alfombra con un ruido sordo.
– La muchacha no está en venta -respondió Feng, que se inclinó sobre el dinero-. Debe morir. Ha de servir de ejemplo a otros que pretendan mentirnos. -Clavaba la mirada en el filo de la daga, pegado aún al pescuezo de su hijo-. Pero a cambio de que no acabes con la vida de ese perro rastrero que tienes de rodillas junto a ti, te ofrezco que tú salves la tuya, Chang An Lo. Y te doy mi palabra de protección. Te va a hacer falta. Si no te la proporcionara, Po Chu te vaciaría la sangre de las venas lentamente, dolorosamente, como un jabalí asándose en espetón sobre las brasas. ¿Aceptas?
Se hizo un largo silencio. Fuera, el aullido de un perro rasgó la oscuridad.
– Acepto -respondió Chang al fin, retirando la daga.
Al instante, un guardia se abalanzó de un salto sobre Po Chu y cortó las tiras de cuero que lo oprimían. Éste se incorporó con dificultad, el cuerpo rígido, tembloroso, avergonzado. Las heces resbalaban por sus piernas, y parecía a punto de hundir los dientes en la carne de Chang.
– Po Chu -ladró Feng-. He dado mi palabra.
El hijo no se movió, y se quedó allí, a un palmo escaso de Chang, echándole a la cara el aliento cargado de odio.
Chang lo ignoró. Ya no le era útil. Su padre habría preferido que muriera antes que tragarse sus palabras. Pero Chang no habría podido pedir la vida de la muchacha a cambio del cuerpo de Yuesheng, porque cambiarlo por una fanqui habría deshonrado el espíritu del difunto. Una vergüenza. En cambio, la imprenta resultaba vital para el futuro de China, algo por lo que Yuesheng había muerto. En ese caso, el precio sí parecía adecuado.
– ¿Y la joven? -preguntó el inglés alto.
Feng le miró, percibió su preocupación y le dedicó una sonrisa cruel.
– Pues verás, Tiyo Willbee, he ordenado que le retuerzan el pescuezo con sus propias tripas, hasta que deje de respirar, y que le corten los pechos.
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