– La música es excelente -comentó él.
– A mí me ha parecido bastante mediocre. Predominaban los bajos, y el tempo estaba desequilibrado.
Alexei volvió a esbozar su sonrisa arrogante.
– Me inclino ante su conocimiento superior.
Ella sintió entonces el deseo imperioso de demostrar que su conocimiento del mundo iba más allá de la música.
– El Asentamiento Internacional está tranquilo, por el momento, y se presta a veladas como ésta. -Señaló el salón de baile iluminado-. Pero en China todo está cambiando.
– Instruyame, señorita Ivanova.
– Los comunistas exigen igualdad para los trabajadores, en vez de feudalismo. Y una distribución justa de la tierra.
– Olvídese de los comunistas. Serán fulminados en las próximas semanas, aquí mismo, en Junchow.
– No, se equivoca. Están…
– Están acabados. El general Chiang Kai-Check ha ordenado que una división de élite de las tropas del Kuomintang entre en nuestra ciudad y termine de una vez por todas con las picaduras de pulga. De modo que podrá seguir asistiendo usted a sus veladas, no se preocupe.
– No estoy preocupada.
Pero sí lo estaba.
De pronto, en el salón de baile sonaron los primeros compases de un quickstep, todo un estallido de vida y energía.
– ¿Le apetece bailar? -le preguntó Lydia, movida por un impulso.
– ¿Con usted?
– Sí.
– ¿Aquí fuera?
– Sí.
Por la expresión de Alexei Serov, se diría que acabaran de pedirle que se arrojara al camión de la basura.
– Creo que no. Es usted demasiado joven.
Aquello le dolió.
– ¿No será que es usted demasiado viejo? -replicó, y se puso a bailar sola de nuevo, ignorando su presencia.
Daba vueltas y más vueltas, cada vez más mareada, y en realidad le molestaba que su interlocutor no fuera lo bastante cortés como para dejarla sola. Mantenía los ojos entrecerrados, y se negaba a mirarlo. Lo alejaba de ella, e imaginaba que era Chang quien la sostenía en sus brazos, y flotaba mecida por la suave brisa, y el cuerpo oscilaba, se deslizaba desde un extremo al otro de la terraza. El ritmo de la música parecía latir en su sangre, el aliento se le aceleraba, y sentía la piel tan viva que parecía captar cada caricia de rocío, cada roce del ala de una polilla en su viaje hacia el círculo de luz.
– Ya tebia iskala, Alexei.
Lydia se detuvo, aunque la cabeza seguía dándole vueltas. Había una joven de pie, junto a Alexei Serov, con una copa de vino en cada mano, y pronunciando unas palabras que ella no comprendía. Llevaba el pelo, rubio, liso, en una media melena, y un vestido moderno que le llegaba justo por debajo de la rodilla, como el de Lydia, aunque el de aquella mujer estaba cubierto de lentejuelas de un azul muy vivido. Un vestido de París, de alta costura. El color realzaba el de sus ojos, que en ese instante se abrían mucho, sorprendidos por la presencia de Lydia. El instante duró poco. Lydia se despidió de ellos con un leve movimiento de cabeza y se alejó con la cabeza bien alta, pasando por su lado. Ellos siguieron murmurando cosas en ruso, pero cuando Lydia entraba en el salón de baile, oyó que Alexei Serov, deliberadamente, pasaba de nuevo al inglés.
– Esta niña es igual que su padre. Él también tenía mucho carácter. En una ocasión le vi arrojar un violín al fuego porque no lograba sacarle la nota exacta que quería.
A Lydia le ardían las orejas, pero siguió caminando.
Chang An Lo la observaba. Desde la húmeda oscuridad de un sauce llorón. La observaba allí, en la terraza, como quien observara a una golondrina de cola larga, zambulléndose y giirando en el cielo sólo por placer. A su alrededor, el aire parecía reverberar, y sus cabellos incendiaban la noche. Hasta él llegaba su calor, y oía el crepitar de sus llamas.
Aspiró ligeramente, y al hacerlo sintió que, junto al aire, por su pecho ascendía también un destello inconfundible de ira. El baile y la música le resultaban ajenos, pero las acciones de Lydia Ivanova estaban más que claras. Se movía como lo hacían las gheisas jóvenes frente a los machos que les gustaban, cuando estaban dispuestas a aparearse con ellos. Se contoneaba, seductora, esquivando sus aproximaciones, frotándose, ronroneando, meneando los costados.
El hombre no se mostraba interesado, el cuerpo blando, desmadejado, bañado por la franja de luz del ventanal, pero a pesar de ello no se iba. Clavaba la mirada en la joven con tal intensidad que Chang habría querido clavarle un arpón y observar cómo se retorcía de dolor. Vaya, no eran sólo los Serpientes Negras quienes reptaban hacia ella. La mano de aquel hombre que parecía no tener huesos había olvidado que sostenía un puro entre sus dedos, pero sus ojos entrecerrados no se olvidaban de contemplar el gracioso vaivén de sus caderas. Seguía ahí.
Como seguían ahí las sombras; la que cubría los peldaños que conducían a la terraza; la que se confundía con una tinaja de agua, negro más profundo sobre negro. La que su aliento desharía. El resplandor de un ventanal rebotó contra el metal de un shuriken, la estrella ninja alojada en una mano precisa.
Chang desenvainó la daga. Seguía observándola, vigilándola.
– Mamá, ¿es verdad que mi padre tocaba el violín?
– ¿Dónde has oído eso?
– En la fiesta. ¿Es verdad?
– Sí, es verdad.
– ¿Y por qué no me lo habías dicho nunca?
– Porque tocaba muy mal.
– ¿Y una vez, enfurecido, echó al fuego un violín?
Valentina se echó a reír.
– Sí, sí, más de una vez.
– ¿Entonces es verdad que tenía mucho carácter?
– Da. Sí.
– ¿Y yo soy como él?
Valentina siguió pintándose las uñas. El pelo, con su nuevo corte, le llegaba hasta la mejilla, y ocultaba a los ojos ávidos de Lydia su expresión.
– Cada vez que te veo, veo su cara.
– Levántate.
– No.
– Cielo, me vuelves loca. Llevas toda la semana en la cama.
– No te entiendo. Normalmente eres la primera en querer salir y hacer cosas, pero ahora… Oh, dochenka, me desesperas, de verdad… Que haya terminado el curso y tengas un montón de libros por ahí no significa que puedas pasarte el resto de tu vida leyendo.
– ¿Por qué no? Me gusta leer.
– No seas retorcida. ¿Qué libro es ése, tan grande y tan gordo?
– Guerra y Paz.
– Oh gospodi! Por el amor de Dios. Lee a Shakespeare, a Dickens, o incluso a ese cerdo imperialista de Kipling, pero por favor, a Tolstoi no. A un ruso no.
– A mí me gusta lo ruso.
– No seas tonta. Tú no sabes nada de Rusia.
– Exacto. Y ya va siendo hora de que lo sepa, ¿no te parece?
– No, no me parece. De lo que va siendo hora es de que te levantes y te acerques a casa de Polly a comer un pedazo de esa tarta que su madrecita querida prepara y de la que no te cansas de cantar las excelencias. Sal de casa. Haz algo.
– No.
– Sí.
– No.
– Tienes que hacerlo.
– ¿Por qué quieres que salga? ¿Quieres acostarte con Antoine?
– ¡Lydia!
– ¿O ahora es con Alfred?
– Lydia, eres una niña grosera e impertinente. Lo que yo quiero es que seas normal, eso es todo.
– ¿Y qué es normal, mamá?
– Y, además, he roto con Antoine.
– Pobre Antoine.
– Es un gallina. No se merecía otra cosa.
– ¿Y Alfred? ¿Qué has decidido que merece el inglés?
– Alfred es un hombre muy amable, de corazón generoso, y te recuerdo que Dios dice que los mansos heredarán la tierra.
– Yo pensaba que no creías en Dios.
– Eso no tiene nada que ver. Y ahora, dime, ¿por qué estás aquí encerrada, en este hueco asfixiante, y ya no sales nunca?
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