Kate Furnivall - La Concubina Rusa

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Año 1928. Exiliadas de Rusia tras la revolución bolchevique, Lydia Ivannova y su madre hallan refugio en Junchow, China.
La situación de los rusos, expulsados de su país sin pasaporte ni patria a la que regresar, es muy difícil. La ruina económica las acecha y Lydia, consciente de que tiene que exprimir su ingenio para sobrevivir, recurre al robo.
Cuando un valioso collar de rubíes (regalo de Stalin) desaparece, Chang An Lo, amenazado por las tropas nacionalistas a la caza de comunistas, interviene en la vida de Lydia y la salva de una muerte segura.
Atrapados en las peligrosas disputas que enfrentan a las violentas Triadas (organizaciones criminales de origen chino) de Junchow, y prisioneros de las estrictas normas vigentes en el asentamiento colonial, Lydia y Chang se enamoran y se implican en una lucha atroz que les obliga a enfrentarse a las peligrosas mafias que controlan el comercio de opio, al tiempo que su atracción sin fin se verá puesta a prueba hasta límites insospechados.

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– No, mamá, por favor, no. Mañana lo verás todo distinto. Es la bebida la que…

Valentina se plantó frente al espejo, se sujetó un buen mechón de pelo oscuro y lo cortó a la altura de la barbilla.

Ninguna de las dos dijo nada. Ambas estaban asombradas ante la imagen que les devolvía el espejo. Brutal. Asimétrica, salvaje. El reflejo de una mujer atrapada perdida entre dos mundos.

Lydia se recuperó primero.

– Déjame que te lo termine yo, que tú no vas a poder cortar

telo recto. Ya verás que te haré un corte elegantísimo, muy chic.

Despacio, separó las tijeras de la mano rígida de su madre y empezó a cortar. Cada mechón que caía era como una traición a su padre. Valentina siempre le había contado que él adoraba sus cabellos largos, y le había descrito el ritual al que se entregaban cada noche, antes de acostarse: él se plantaba tras ella y se lo cepillaba hasta dejarlo como una cortina de seda, con unos movimientos prolongados y lentos que lo electrificaban y le hacían saltar chispas. Como estrellas fugaces en el cielo nocturno, decía él. Ahora, las suaves ondas caían a sus pies como aves muertas. Cuando la operación terminó, Lydia recogió los cabellos, los envolvió en un pañuelo blanco de su madre y escondió el bulto ligero bajo su almohada. Merecía un funeral adecuado.

Para su sorpresa, vio que su madre sonreía.

– Mejor -dijo. Valentina meneaba la cabeza de un lado a otro, y el pelo oscilaba, juguetón, se curvaba sobre la nuca y hacía que resaltara aún más su largo cuello blanco-. Mucho mejor -reiteró-. Y éste es sólo el principio de la nueva Valentina.

Cogió entonces la botella medio vacía de vodka ruso, se acercó a la ventana abierta, desde la que el cielo del atardecer parecía incendiarse sobre los tejados de pizarra gris, y vertió su contenido en la calle, sin molestarse siquiera en mirar abajo.

Lydia observaba.

– ¿Contenta? -le preguntó su madre.

– Sí.

– Bien.

– Y se acabó eso de ser bailarina.

– Pero necesitamos dinero para pagar el alquiler. No…

– No. Ya lo he decidido.

Lydia empezaba a asustarse de veras.

– Tal vez podría hacerlo yo. Que me contraten a mí como compañera de baile, quiero decir.

– No seas ridicula, dochenka. Eres demasiado joven.

– Podría decirles que tengo más de dieciséis años. Y ya sabes que bailo bien. Me enseñaste tú.

– No, no permitiré que los hombres te toquen.

– Vamos, mamá, no seas tonta. Sé cuidar de mí misma.

Valentina soltó una carcajada estridente. Soltó la botella, que cayó al suelo, y sujetó a su hija por el brazo, zarandeándola con fuerza.

– No sabes nada de los hombres, Lydia Ivanova, nada de nada, y así pretendo que siga siendo. De modo que ni hablar de ese trabajo.

La miró con ojos enojados, y Lydia no comprendió por qué.

– Está bien, mamá, está bien. Cálmate. -Se liberó como pudo de la mano de su madre-. Pero tal vez sí podría encontrar algún otro trabajo -añadió, titubeante.

– No, eso ya lo hablamos hace tiempo. Debes terminar los estudios.

– Lo sé, y los terminaré. Pero…

– Nada de peros.

– Escúchame, mamá, ya sé que dijimos que la única manera de salir de este hueco apestoso pasa por que yo consiga un buen trabajo, y tenga una carrera como Dios manda, pero hasta que eso pase, ¿cómo vamos a…?

– Ésa no es la única manera.

– ¿A qué te refieres?

– Me refiero a que hay otra manera.

– ¿Cuál?

– Alfred Parker.

Lydia parpadeó, y sintió en la boca un regusto amargo.

– No -logró articular, aunque en poco más que un susurro.

– Sí. -Su madre se llevó la mano al pelo recién cortado-. Ya lo he decidido.

– No, mamá. Por favor, no lo hagas. -Lydia sentía la boca seca-. No es lo bastante bueno para ti.

– No seas tonta, cielo. Seguro que sus amigos dirán que yo no soy lo bastante buena para él.

– Eso es una tontería.

– ¿Ah, sí? Escúchame bien, Lydia. Es un buen hombre. A ti nunca te molestó lo de Antoine. ¿Por qué te opones entonces a Alfred?

– Con Antoine nunca fuiste en serio.

– Bien, me alegro de que te des cuenta de que pretendo ir en serio con Alfred. -Lo dijo en tono cariñoso, pasándole una mano por el pelo, como para recordar cómo era el tacto de un cabello largo-. Quiero que seas amable con él.

– Mamá, no puedo -respondió Lydia, negando con la cabeza-. No puedo porque…

– ¿Por qué, Lydia?

Lydia empezó a mover de un lado a otro la punta de un zapato.

– Porque no es papá.

Valentina dejó escapar una especie de gemido raro.

– No, Lydia, no empieces. Aquella época terminó. Y esto es ahora.

Lydia agarró a su madre por el brazo.

– Conseguiré trabajo, ya lo verás -dijo con vehemencia-. Saldremos de este desastre, te lo prometo. No necesitas a Alfred, no lo quiero en casa. Es pretencioso y tonto, y se toca las orejas, y nos mete su Biblia hasta en la sopa, y…

Se detuvo para tomar aliento.

– No pares ahora, dochenka, sácalo todo.

– Lleva gafas, y aun así no ve que lo manejas a tu antojo, como si fuera de paja.

Valentina se encogió de hombros, altiva.

– Cállate, querida, no sigas. Dale tiempo. Te acostumbrarás a él.

– No quiero acostumbrarme a él.

– ¿Es que no quieres verme feliz?

– Ya sabes que sí, mamá, pero no con él.

– Es un inglés decente.

– No. Es demasiado… demasiado corriente para ti. Y lo cambiará todo, nos convertirá en personas tan corrientes como él.

Valentina se puso en pie.

– Eso que dices es insultante, Lydia, y yo…

– ¿Es que no ves -la interrumpió Lydia- que si le devolví su estúpido reloj fue para librarme de él? -Hablaba en voz cada vez más alta-. Si me gasté todo ese dinero que tanta falta nos hacía fue porque me pareció que de ese modo me odiaría tanto que se largaría y no aparecería nunca más por aquí. ¿Es que no lo ves?

Valentina se quedó inmóvil, mirando fijamente a su hija, muy pálida. En ese instante, el aire de la habitación habría podido cortarse con un cuchillo.

– Me subestimas -dijo su madre al fin-. No se largará.

– No lo hagas, mamá. No nos hagas esto.

– Ya lo he decidido, Lydia.

La joven sintió de pronto que no soportaba la idea de seguir compartiendo el mismo espacio con esa «nueva» Valentina. Cogió el paquete con el boniato y salió de la buhardilla dando un portazo.

– Gorrioncito, ¿qué haces aquí sola, a oscuras?

Era la señora Zarya, que llevaba una capa larga, de terciopelo, y se tocaba con un sombrero recargado y rematado con una pluma negra de avestruz. Los brillantes de los pendientes reflejaban la luz de la ventana y resplandecían como luciérnagas. Lydia apenas la reconocía.

– Le doy de comer a Sun Yat-sen -musitó.

– Llevas mucho rato dándole de comer.

Lydia no respondió. El conejo se acurrucaba en sus brazos, y ella sentía en el pecho los latidos acelerados de su corazón.

– ¿Le ha gustado el boniato?

– Sí, gracias.

Se hizo el silencio, pues ninguna de las dos sabía qué decir. En la calle, un cerdo emitió un chillido que era como el de un diablo nocturno.

– Está muy guapa -dijo Lydia al fin.

– Gracias. Me voy ahora mismo a la velada que organiza el general Manlikov. Una velada rusa. Seguro que será más divertido que quedarme en mi cuarto.

– ¿Puedo ir con usted, señora Zarya? -le preguntó Lydia educadamente-. Hoy llevo puesto el vestido elegante.

El rostro altivo, distante y ajado de la rusa se suavizó al instante, y esbozó una sonrisa.

– Da, sí. Tienes que venir -respondió, encantada-. Tal vez aprendas algo sobre el gran país que te vio nacer. Da.

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