Kate Furnivall - La Concubina Rusa

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Año 1928. Exiliadas de Rusia tras la revolución bolchevique, Lydia Ivannova y su madre hallan refugio en Junchow, China.
La situación de los rusos, expulsados de su país sin pasaporte ni patria a la que regresar, es muy difícil. La ruina económica las acecha y Lydia, consciente de que tiene que exprimir su ingenio para sobrevivir, recurre al robo.
Cuando un valioso collar de rubíes (regalo de Stalin) desaparece, Chang An Lo, amenazado por las tropas nacionalistas a la caza de comunistas, interviene en la vida de Lydia y la salva de una muerte segura.
Atrapados en las peligrosas disputas que enfrentan a las violentas Triadas (organizaciones criminales de origen chino) de Junchow, y prisioneros de las estrictas normas vigentes en el asentamiento colonial, Lydia y Chang se enamoran y se implican en una lucha atroz que les obliga a enfrentarse a las peligrosas mafias que controlan el comercio de opio, al tiempo que su atracción sin fin se verá puesta a prueba hasta límites insospechados.

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Se bebió el vodka.

Una patada en el estómago. Y luego calor. Un calor que le subió hasta el pecho y la hizo toser. Dio otro sorbo. Esta vez más despacio. Los pozos negros se iban volviendo grises. Otro trago. Sabía horrible. ¿Cómo podía gustarle a nadie esa cosa?

Su madre la observaba, pero no le dijo nada.

Lydia se sentó en el suelo, delante de la estufa, y Valentina le acarició la cabeza.

– ¿Mejor?

– Mmm.

Valentina le recogió el vaso vacío, y lo llenó para seguir bebiendo.

– ¿Te gusta mi abrigo?

– No.

Valentina se echó a reír, mientras acariciaba el pelo suave y hermoso.

– A mí sí.

Lydia echó la cabeza hacia atrás, la apoyó en las rodillas de su madre y cerró los ojos.

– Mamá, no te cases con él.

Despacio, dulcemente, Valentina siguió acariciando el pelo de su hija.

– Lo necesitamos, dochenka -susurró-. En este mundo, cuando necesitas algo, tienes que pedírselo a un hombre. Las cosas son así.

– No. Fíjate en nosotras. Hemos sobrevivido todos estos años sin un hombre. Nos las hemos apañado entre las dos. Una mujer puede…

– Eso son memeces, por usar una de las palabras de Alfred. -Valentina volvió a reírse, aunque esta vez sin el menor atisbo de alegría-. Siempre he conseguido que me contrataran para dar conciertos a través de hombres, nunca de mujeres. A las mujeres no les caigo bien. Me ven como una amenaza. C'est la vie.

Pero a Lydia no le pasaba por alto la soledad de sus palabras.

– No son memeces, mamá. Es verdad. Podemos apañárnoslas.

– Dochenka, no me enfurezcas con tu estupidez. Mírate. Cuando quisiste un conejo, se lo pediste a Antoine. Si necesitas dinero, recurres a Alfred. Sí, sí, no te hagas la sorprendida. Ya me ha contado que fuiste a pedirle unos dólares.

– Eran para… cosas.

– No te preocupes, no te estoy interrogando. En realidad, Alfred estaba bastante conmovido, porque se los pediste a él en vez de salir a robarlos.

– Ese hombre se complace fácilmente.

– Me dijo que era una señal de que empezabas a madurar. Y de que tu sentido de la moral va mejorando.

– ¿Te dijo eso? ¿De veras?

– Sí.

– Pero mamá, yo también pido ayuda a mujeres. A la señora Zarya, a la señora Yeoman, e incluso Anthea Mason me enseñó a preparar un pastel. Y tú me has enseñado a bailar. Y la condesa Serova me enseñó a caminar más recta.

Valentina apartó la mano de la cabeza de Lydia.

– ¿Qué?

– Me dijo que me pusiera…

– Por lo más sagrado, ¿qué tienes tú que ver con esa bruja? -Valentina dio un trago de vodka-. ¿Cómo se atreve? ¿Cómo se atreve a…?

– Mamá. -Lydia se volvió a mirar a su madre, pero su rostro quedaba en la sombra, pues la única vela encendida se encontraba tras ella, sobre la mesa. Sólo sus ojos brillaban-. No te alteres, mamá. Esa mujer no es importante. -Valentina aspiró profundamente el humo del cigarrillo, encendiendo su punta con un fuego brillante, y lo exhaló con furia, como si escupiera veneno. Lydia se frotó la mejilla contra la rodilla cubierta por el abrigo de pieles-. No puede hacerte daño.

Valentina permaneció en silencio, apagó con fuerza el cigarrillo, encendió otro y se sirvió más vodka. Lydia sentía que la cabeza le daba vueltas, y una lentitud plácida, y un peso en los párpados. Tras ellos, la sonrisa de Chang flotaba, envuelta en niebla.

– ¿Adonde vas estos días, Lydochka? Al salir de clase, quiero decir.

– A casa de Polly. Estamos trabajando juntas en una tarea de clase. Ya te lo había dicho.

– Sí, ya sé que me lo habías dicho. -Dio otro trago de vodka-. Pero eso no significa que sea verdad.

En ese momento, Lydia estuvo a punto de contárselo. De hablarle de Chang, de sus saltos imposibles, del pie herido, de sus férreas creencias, de su boca, que se curvaba hasta formar una perfecta… La bebida le había soltado la lengua, y las palabras ansiaban brotar de su boca, necesitaba contárselo a alguien. A alguien.

– Mamá, ¿qué te dijeron tus padres cuando te casaste con un extranjero?

Para su horror, notó que la rodilla de su madre empezaba a temblar, y cuando alzó la vista, vio que las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Lydia le acarició la rodilla tiernamente, una y otra vez,

Y comprobó que las pieles del abrigo eran casi tan suaves como el pelo de Sun Yat-sen.

– Me desheredaron.

– Oh, mamá.

– Habían planeado casarme con el hijo mayor de una buena familia rusa, de Moscú. Pero Jens Friis y yo nos escapamos juntos, y nos maldijeron por ello. Me desheredaron. -Se secó las lágrimas con el anverso de la mano en la que sostenía el cigarrillo, para evitar quemarse el pelo.

– Pero vosotros dos os amabais, y eso es lo único que importa.

– No, durocbka, no seas tonta. Eso no basta. Se necesita más.

– Pero erais felices juntos, lo erais, siempre me lo has dicho.

– Sí, lo éramos. Pero mírame ahora. La maldición de mi familia me ha llevado a esta situación.

– Eso es una tontería. Las maldiciones no existen.

– No te engañes, cielo. Lo único en lo que ese monstruo de Confucio acertó, entre todas esas sandeces sobre las mujeres, es en que hay que obedecer a los padres. -Dio unos golpéenos al vaso, sobre la cabeza de Lydia-. Y eso es algo que tú deberías aprender, gatita callejera. Los padres saben qué es lo mejor para sus hijos.

Lydia sintió unos deseos irreprimibles de echarse a reír. No podía controlarlo. La risa surgía de la nada y ascendía hasta estallar, por más que tratara de impedirlo. Y una vez que empezó, ya no pudo parar. Enterró la cara en el regazo de su madre, tratando de ahogar las carcajadas.

– Eso es por el vodka -susurró su madre-. Qué tonta.

Pero ella también se echó a reír.

– ¿Sabías -le preguntó a Valentina- que Confucio dijo que una madre amorosa debería alimentar a sus abuelos con la leche de su pecho cuando ya no pudieran comer alimentos sólidos?

– ¡Dios mío!

– ¿Y que -prosiguió Lydia entre risas- un hombre debería cortarse los dedos y dárselos de comer a sus padres en tiempos de hambruna?

– Pues bien, dochenka, ya va siendo hora de que te cortes los tuyos y me los des.

Lydia se sentía débil de tanto reír, las lágrimas le rodaban por las mejillas, y le costaba tanto respirar que le daba el hipo.

– ¡Qué niña tan mala! -exclamó Valentina de pronto-. ¡Mira, aquí tenemos a la alimaña!

Lydia volvió la cabeza y vio unas orejas blancas y alargadas que se movían, inquietas, a su lado. Sun Yat-sen se había bajado de la cama y había acudido a investigar qué era tanto ruido. Lo cogió en brazos, le besó la punta de la naricilla rosada, volvió a apoyar la cabeza en el regazo y al instante se quedó dormida.

Capítulo 31

El día de Navidad fue duro, pero Lydia lo superó. Su madre tenía resaca, de modo que apenas hablaba, y Alfred se sentía incómodo haciendo de anfitrión en su apartamento de soltero, un lugar pequeño y bastante lúgubre que quedaba justo delante del Barrio Francés.

– Debería haber reservado mesa en un restaurante -comentó por tercera vez cuando se sentaron a la mesa, mientras la cocinera les mostraba un ganso asado en exceso.

– No, mi ángel, así es más hogareño -le tranquilizó Valentina, forzándose a sonreír.

«¿Mi ángel?» «¿Hogareño?» Lydia se horrorizaba. Con todo, compartió con él los ritos de la Navidad, y trató de mostrarse complacida cuando él le plantó un sombrero de papel en la cabeza.

Dos momentos álgidos hicieron que el resto le pareciera casi tolerable.

– Toma, Lydia -le dijo Alfred mientras le alargaba una caja grande, plana, envuelta en un bonito papel de regalo y atada con una cinta de raso-. Feliz Navidad, querida.

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