Juan Olivera Monteagudo - Job

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"La apertura de la vida sexual de mi hija, Mariana, significó para mí una liberación; por fin la putita se hacía mayor y se marchaba de casa. Lo hizo con un enamoradito, el tal Pedrito que vive un par de pisos más arriba. Un día los encontré en la parte trasera de su automóvil retozando como dos lombrices desnudas. Yo los vi, ellos no se enteraron así que decidí hacerme el desentendido alegrándome la existencia; pero ya han pasado algo más de tres años desde aquella vez y nada, aún no se independizan… es más, ahora lo trae casi a diario a almorzar y el muy hijo de puta ha resultado ser un traga aldabas que es capaz de comerse hasta las servilletas y a mí no me queda más que esbozar una sonrisita de beneplácito y arreglármelas con las cuentas".

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La deseé con todas mis fuerzas; me regocijé de placer, imaginando aquel culo moreno penetrado en diferentes posturas. No me pude aguantar más y me metí al baño. Me masturbé, pensando en esas nalgas anchas y aceitunadas, visualizando su vello­sidad negra y espesa, sus piernas tersas y suaves como la piel de durazno. ¡Y sus tetas! Pequeñas calabazas que se agitaban al compás de mis em­bestidas.

No me avergüenza admitirlo. A mis cincuenta y siete años aún encuentro un indescriptible placer en la masturbación, en ese disfrute íntimo de la violentación propia, carnal y egoísta; es más, desde que la Antonia se ha puesto quisquillosa con el sexo, he regresado con más brío a esa diversión solitaria, volviendo a experimentar aquel agradable deleite del que gozan los adolescentes.

A veces me imagino —cuando me la corro en mi baño— a mi hijo Rubén corriéndosela en el suyo... Separados por un tabique, pero unidos en el mismo placer. Entonces me pregunto: «¿Qué imá­genes surgirán en la cabeza del pobre? ¿Pensará también, como su padre, en el culo y las tetas de la doméstica?».

Me encanta la suciedad mientras me masturbo, mis uñas largas y sucias recorriendo mi pene, su piel áspera y amoratada por el tiempo... Así el pla­cer resulta ardoroso, puro, exento de toda tergi­versación y mi amor es el producto del regocijo de mi cuerpo con mis más recónditos olores y despojos.

En la constructora siempre están hablando de mí. Sé que dicen que soy falso, perverso, avaro y muchas cosas más. En realidad, lo soy… Soy un tío con muchos vicios que busca justificar su exis­tencia con un desquite disimulado hacia este mun­do horripilante al que nunca pedí venir. Eso me decidió a convertirme en el que soy, a mentir, intrigar y hasta matar, de resultar necesario, para disfrutar del día a día que constituye la razón de mi existir.

A veces se burlan de mis maneras sosegadas y mi intimidad de hierro; otras, porque me creen débil por mi tamaño pequeño, mi aspecto apocado —con gafas de intelectual y una calvicie creciente— y mi cara de buena gente. No se dan cuenta de que sus burlas no me dañan, de que soy un anacoreta, y ellos, la chusma. De que sus mentalidades simples y torpes me incomodan y por eso huyo de ellos. De que detesto sus formas comunes, sus modos vulga­res, sus pláticas intrascendentales y sus maneras simplonas de ver las cosas… ¿Es que no pueden observar más allá de sus narices?

A veces tengo que ceder, fingiendo una tímida sonrisa y una exagerada atención, cuando uno de ellos se me acerca y me busca conversación. Pero, gracias a Dios, la mayoría ya respeta mi aisla­miento.

El problema es con los nuevos. El otro día se me aproximó un muchacho; venía de algún pueblo del norte y hablaba con esa manera tan de ellos, maltratando el sonido de las palabras. Detrás de él pude advertir las risas de los otros, que estaban confabulados (supongo que bajo alguna apuesta tonta o absurdo desafío), así que fingí no haberme dado por enterado y les seguí el juego. Cuando el muchacho me preguntaba algo, yo aumentaba las revoluciones de mi taladradora, ahogando sus pa­labras y fingiendo que no lo escuchaba ni pizca. Así nos la pasamos un buen rato, hasta que el muy tonto cedió, volviéndose derrotado. Todos rieron e intercambiaron abrazos y risas de triunfo.

Todos son iguales. Todos rivalizan en estupidez, mal habla, grosería chabacana e incapacidad de avasallamiento intelectual. Carecen de agresión in­teligente, intuición malévola y, por supuesto, alto coeficiente intelectual. Todo eso, alentado por una moralina boba y generacional heredada de sus abuelos, los ha transformado en unas bestias ata­das al yugo de la mediocridad, seres insignificantes y reemplazables, pequeños engranajes de recam­bio.

Si siguen así, me veré obligado a hacer uso de mi gran poder.

El único que me cae algo bien es el Loco del Cochecito Blanco, como lo llaman. En realidad, me empezó a interesar desde que me enteré de que había matado a un compañero suyo en la cons­tructora anterior de donde vino. Según cuentan, dejó caer toda su carga de grava sobre un tipo con el que no se llevaba bien; se investigó y se llegó a la conclusión de que había sido un accidente de trabajo, pero los que lo conocen hablan de un asesinato; alegan que el Loco se las tenía jurada por una pelea acerca de unos zapatos y que, al parecer, no aguanta pulgas.

El Loco del Cochecito Blanco es un tío perturbador que siempre anda de aquí para allá, manipulando su mini excavadora con una teme­ridad diabólica. A una velocidad y con una ha­bilidad pasmosa, aparece de un momento a otro, recluido entre esos barrotes de protección que la recubren. Mueve con gran habilidad las tenazas de su pequeña máquina, sorprende a todo el mundo con su viveza para arremeter, esquivar y manipular los materiales, con una precisión que asusta al que se le atraviesa. Pero eso a mí me agrada. Me agra­dan su intrepidez, su exactitud, su manera de bur­larse de la cara que ponen, su exclusión, su encierro en esa cajita metálica y las leyendas que se tejen en torno a él.

Debe de resultar gratificante matar a quien más odias. Acabar drásticamente con aquel que te inco­moda. Burlarte de los temores tontos que se tienen al delito, a la moral o la ley.

Soy consciente —y estoy orgulloso de ello— de que gozo de una maldad recurrente. Como las moscas recorren con fruición las llagas del cuerpo de sus víctimas, mi maldad busca alguna herida abierta en que regocijarse. Pero asesinar..., supon­go que aún no he odiado lo suficiente. Posi­ble­mente un día, más adelante.

En cuanto a eso de mi gran poder, estuve reme­morando la última vez que hice uso de él... Recordé al Santiago, el tonto encalador que me torturaba con su maldito buen humor. «¡Eh, Jacobo!», me gritaba desde el lugar en que estuviera —a veces desde un tejado y muchas otras desde lo alto de un andamio—, para luego echarse a realizar acroba­cias infantiles.

¡Cómo odiaba a ese tipo! ¡Cómo odiaba su constante regocijo, su manera aquella de mostrarse contento en el sitio menos indicado (a veces a once grados bajo cero o a cuarenta sobre cero), mientras que uno se las tenía que arreglar como podía! «¡Eh, Jacobo! ¡Mira esto!», y se ponía a torear sobre las chapas.

Un día que ejecutaba un lance de torero sobre un andamio —para el tonto deleite de los demás trabajadores—, me lo quedé mirando con un odio atroz; deseaba con todas mis fuerzas (en realidad, era una orden suprema) que se cayera, que se ven­ciera la puta chapa o que resbalase… Y así fue. El espectáculo duró apenas unos segundos; un lado de la chapa cedió y el Santiago quedó colgando de su correaje de seguridad. Aquello elevó una sarta de júbilo entre los presentes; el tonto del Santiago festejó su buena suerte, pendiendo en el andamio. Pero yo estaba seguro de que aquello no pararía ahí, pues maldije con todo mi ser la sonrisa de triunfo que se dibujó en su rostro. Mi odio y mis órdenes de que la correa cediera se habían tornado tan fuertes que el arnés se partió, soltando al Santiago, que cayó de más de veinte metros de altura.

Nadie pudo explicarse aquello. Solo yo, oculto en un rincón, era consciente de que, simplemente, había obedecido una orden mía.

El impacto resultó mortal. Entre los escombros y la grava sacaron su cuerpo incrustado en los hierros.

El jueves pasado, cuando salí del trabajo, me en­contré con el borracho del Juan Francisco; estaba ebrio como una cuba cuando me lo tropecé en la parada de autobuses. Intenté evadirlo y esquivar su mal aliento —mezcla de cigarrillo de liar y vino barato—, pero me resultó imposible. Me invitó a beber un trago en el bar de enfrente mientras venía el autobús, así que tuve que aceptar. «Total», me dije, «solo será cuestión de unos minutos; me aprovecharé de su invite, disfrutaré de una buena copa de vino y me ahorraré algunas monedas».

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