Ita pensó en su hija, Renata, que en paz descansara. Elevó la mirada buscando a Dios y su amparo. Él sabía que no había podido entender su comportamiento. No la amaba menos por eso. Hubiera querido abrazarla. No estaba y su ausencia dolía. En silencio, la evocó y le suplicó que ayudara a su nieta, después de todo era la madre. Si eso no había ocurrido de la mejor manera mientras vivía, que se ocupara de ella al menos desde la eternidad.
Mientras, Stella y Elina miraban las noticias, el presidente francés, Emmanuel Macron, habló ante la prensa, a pocos metros de Notre Dame. Aseguraba que lo peor había sido evitado y advertía que la catedral sería reconstruida.
–¿Lo ves? –dijo Stella–. No debes angustiarte más.
–No es solo París. Es el fuego, no puedo con él. Me trae recuerdos que prefiero olvidar y justamente hoy, que ha sido un día terrible…
Entonces, sonó su teléfono celular. Era Gonzalo.
–Hola…
–Te extraño –dijo su voz que sonaba a música.
Elina sonrió.
capítulo 7
La vida no te está esperando en ninguna parte,
te está sucediendo…
y si te pones a buscar significados en otra parte,
te la perderás.
Osho
Lisandro conversaba durante los últimos minutos de sesión con Julieta, una paciente por la que sentía especial cariño. La joven de diecisiete años, según su madre, tenía problemas de conducta y era rebelde por naturaleza.
–No resisto estar con Mercedes. Me controla, me exige y no me deja ser yo. Es insoportable –la llamaba por su nombre en vez de mamá porque era un modo de poner distancia.
–Es algo extrema esa posición. Puede que no lo haga de la mejor manera, pero es tu madre y no dudo que quiere lo mejor para ti.
–Li –así le decía–, no te conviertas en un psicólogo común. ¿Por qué estás tan seguro de que quiere lo mejor para mí? ¿Porque en la mayoría de los casos es así? –se respondió así misma preguntando–. Bueno, en este no –replicó.
–¿Por qué crees eso?
–Porque no haría las cosas que hace si quisiera lo mejor para mí y la familia. Papá es distinto –agregó.
–¿Qué hace ella?
–Por sus actitudes, lo engaña –confesó lapidaria–. ¿Sabías que cuando nací el cordón umbilical de cincuenta y cinco centímetros estaba enredado alrededor de mi cuello? Me lo contó mi tío, que asistió el parto. ¿Qué te dice eso?
–¿Qué debería decirme?
–¡Que intenté suicidarme en su vientre para no tener que aguantarla! ¡Una bebé con un gran instinto! –dijo con ironía.
Julieta era muy inteligente. Solía interpretar los hechos y buscar simbolismos. Lisandro disfrutaba de su sagacidad.
–Tal vez haya sido así –concedió–, pero no es menos cierto que permitiste que tu tío hábilmente impidiera que ese cordón te ahogara. ¿Eso que te dice?
–Que mi tío no conocía bien a mi mamá.
–¿Qué te dice de ti? Olvida a tu madre por un momento.
–¿Qué no fui lo suficientemente intuitiva?
–No. Te dice cómo eres. Habla de tu capacidad para dar oportunidades y de que, en el fondo, creíste que ella podía hacerlo bien –Lisandro conocía a Mercedes, por eso le hablaba sin dudas. Ella misma lo había consultado antes de llevar a Julieta. Era una mujer difícil pero no era mala. Egoísta, sí, pero no mal intencionada. No obedecía al modelo de madre que hace todo por sus hijos, sino a la que piensa en ella misma, convencida de que los hijos se irán un día cualquiera dejándola atrás.
Julieta se quedó pensando por unos instantes.
–Creo que no tienes razón. Solo deseo tener dieciocho para irme.
–¿Adónde irás?
–No lo sé, pero seré mayor de edad. Ya no podrá molestarme.
–Es cierto, tendrás los años, pero no los medios. Dependes económicamente de tu familia.
–Buscaré un trabajo.
–Es una alternativa, pero no es tan sencillo. Iremos paso a paso.
–¿Por qué no has dicho nada sobre lo que te dije?
Lisandro sabía que se refería a la infidelidad de su madre.
–Porque mi paciente eres tú y lo importante es que yo te ayude a que puedas ser aliada de tu carácter. Que controles tus impulsos y que aceptes los padres que te tocaron en suerte. Con quién, según tus sospechas, duerme tu madre no es el centro de esta terapia –Lisandro suponía que Julieta estaba segura. No era una joven que se atreviera a decir algo así si no estuviera totalmente convencida.
–No es un dato menor.
–No. No lo es. Si te parece, la semana que viene hablaremos sobre cómo te afecta esa decisión. Ahora quiero que te centres en comprender que ocupas el rol de hija en esa casa y, aunque tu madre no haga lo que tú esperas de ella, debes respetarla. El matrimonio de tus padres no es asunto tuyo. Juzgarlo, tampoco.
–Está bien… –dijo de mala gana. Quería realmente a Lisandro y confiaba en él. Por eso lo escuchaba.
Se despidieron con un abrazo que la joven le dio, como al final de cada sesión. Él lograba una empatía poco habitual con sus pacientes. Internamente rio al pensar en la teoría del cordón enredado.
***
La reunión de padres del kínder de Dylan ya había comenzado cuando Lisandro llegó. Eran todas mujeres. Pensó que debía llamarse reunión de madres. Se sintió observado de pies a cabeza. Lejos de sentirse bien al saber que allí había miradas de deseo, estaba incómodo.
La maestra habló sobre el desempeño de los niños, los proyectos anuales y una obra teatral que estaban organizando en la que los padres serían los actores de un cuento. Lisandro amaba ocuparse de su hijo, pero lo irritaba ver que las maestras se dirigían a los adultos del mismo modo que a los niños.
–A ver, papis… ¿Quién se anima a ser príncipe? –la mirada fue directo a Lisandro.
–¿Cuál es el cuento? –preguntó.
– Blancanieves .
–Pues hay allí siete enanitos, así que, o deberá aumentar la convocatoria masculina, o las presentes deberán actuar de hombre –dijo con una sonrisa. A partir de allí, todas comenzaron a hablar a la vez y él se abstrajo.
Pensaba ya en lo siguiente que tenía que hacer, que era ver a su amigo Juan. Había decidido no participar ni como príncipe ni como enano, y no podía decirlo en ese lío en el que no se respetaban los turnos para hablar. Su hijo era varón, pero además pensaba que ese mensaje subliminal para las niñas de que un príncipe vendría a rescatarlas distaba mucho de la realidad. Según su mirada, ese no era el rol de las mujeres. Su hermana, Belén Bless, vivía en Buenos Aires y, aunque no se veían seguido, tenían una relación muy cercana. Ella se reiría mucho cuando le contara que, otra vez, las reuniones del kínder eran todo lo que no le gustaba.
***
Como cada jueves, Juan esperaba a su amigo Lisandro en la cancha donde jugaban al paddle durante un turno de una hora y media. Luego, bebían algo en el bar del club y conversaban. Ambos eran hombres de rutinas deportivas y de hacerse espacio para estar en contacto.
Juan se había divorciado siete meses atrás y la relación con su ex, María, no podía ser peor. Tenían una hija de doce años, Antonia, que era rehén de todos sus problemas no resueltos. Un caso de manual. Juan la había engañado varias veces y la última de todas ellas había colapsado la capacidad de tolerancia y perdón de María. Todavía enamorada de él, pero lo suficientemente indignada y furiosa, no podía reconocer otro sentimiento que no fuera ira y enojo. Peleaban por todo y, por supuesto, el dinero era quizá la mayor demanda. Juan, aunque no deseaba volver, anhelaba una tregua, algo de paz.
–Estoy cansado, no se conforma con nada. A veces, la desconozco –dijo a modo de confesión cuando tomaban un refresco.
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