Elina, cuando era pequeña, tenía algunos kilos de más y el pelo con rizos que se erizaban. No le gustaba comprarse ropa y anunciaba su perfil bohemio y relajado. Sin embargo, no era posible que esa fuera la razón del rechazo materno. Era una niña dulce y hermosa. ¿Qué madre podía negarle su amor?
–Nelly, ¿qué puedo hacer para ayudar a Elina?
–No tengo todas las respuestas, pero siento que debes perdonar a Renata, primero. Encontrar tu propia paz y equilibrio.
–¡Ya lo hice!
–No. Sigues pensando que no la entiendes. Debes tratar de comprender qué sucedió para poder perdonarla en serio. Y no juzgarla.
–¿En el incendio?
–Desde que quedó embarazada. Y sí, ese incendio… Debemos averiguar detalles.
–¿Para qué?
–Elina ha generado una enfermedad autoinmune. En algún momento de su vida se originó la causa. ¿Confías en mí?
–No tengo más remedio –respondió con humor.
–Tenemos tiempo. Yo voy a ayudarte. Tú trata de hablar con Elina, que te cuente. Que te hable de Renata y veremos qué pasa.
Bernarda se fue de la casa de su amiga con demasiada información. ¿Acaso esas “otras verdades” de Nelly podían desenredar el nudo de emociones, preocupación y preguntas que cada día se le venían encima con más fuerza?
Antes de subir al taxi, elevó una mirada al cielo y le pidió a su hija que ayudara a Elina.
capítulo 12
Pronto me conocerás bien, todo depende
de una compleja combinación de variables.
Por ahora basta con decir que, tarde o temprano,
apareceré ante ti…
Markus Zusak
Madrid, España.
Melisa había abandonado París y se encontraba en Madrid. De todos los lugares del mundo que visitaba, España era su favorito. No por el idioma, porque hablaba francés, inglés, italiano y portugués, además de castellano, sino porque allí tenía una relación con Pablo, el gerente de una de sus sucursales.
Esa mañana la despertó una caricia en su rostro. Las manos de ese hombre lograban decirle más de lo que era capaz de escuchar en palabras. Sentirlo cerca parecía detener el tiempo para ella. Era algo diferente. La colmaba de plenitud.
Despacio y sin decir nada, Pablo comenzó por besar su cuello mientras ella se entregaba a un nuevo día que señalaba un placer inminente. Sus bocas se encontraron. Sus lenguas, sedientas de repetir la noche y beberse las ganas antes de estallar, se enlazaron en la magia tibia de una lucha por dar más excitación al momento. Estaban desnudos. Pablo se ubicó sobre ella y sus cuerpos se amoldaron como si la única manera de sentirse completos fuera dejar de ser el otro para convertirse en uno solo.
–Te amo, lo sabes –dijo Pablo. Y detuvo su movimiento dentro de ella. Miró sus ojos cerrados y vio su alma.
–No te detengas… –respondió con sus brazos presionándole la espalda como si fuera posible que ese hombre se metiera con mayor intensidad en todo su ser.
Los besos se devoraban las palabras. El deseo consumía cada centímetro de la intimidad que disfrutaban. Y se decían lo que sentían. Se pedían lo que les gustaba. Se descubrían más y mejor en cada puñado de caricias. Sentían su calidez y encendían nuevas posiciones que los encontraban cada vez en el ímpetu de hacer el amor sin prejuicios.
Juntos, sin más sonidos que los de la respiración agitada, el eco de la humedad y el ruidoso silencio del amanecer que afuera marcaba la vida, se entregaron a lo que elegían hacer. Ambos alcanzaron un orgasmo que no les permitió pensar en nada más.
Silencio y sudor fueron la antesala.
–Quédate.
–No puedo, Pablo. Aunque quisiera. Lo sabes.
–¿Es por Dylan? Puede venir aquí.
–No. También lo sabes. Dylan vive en Uruguay con Lisandro, y conmigo cuando regreso. Nunca mudaré al niño.
– Nunca es demasiado definitivo, ¿no te parece? –le hablaba en un tono reflexivo. Pablo jamás reclamaba o cuestionaba. La quería demasiado. El problema era que cada vez la extrañaba más y tanto amor comenzaba a lastimarlo.
–No. Nunca es la verdad. No pido que lo entiendas, pero así es.
–¿Sigues enamorada de él? ¿Es eso?
–Amor, ya te lo expliqué muchas veces. Lisandro y Dylan son las dos personas por las que yo haría todo en esta vida, pero no estoy enamorada de él. Lo quiero mucho, claro que sí, porque es un gran padre y porque gracias a él he tenido la posibilidad de ser madre. Sé que no soy como otras mujeres, pero amo a mi hijo a mi manera. Y los tres funcionamos bien. Mudarnos aquí contigo no es una posibilidad.
–¿Me sigues amando?
–Por supuesto. Tú eres el hombre que elijo. Mi pareja.
–Pero pareja es estar juntos, Melisa. No solo cuando vienes a Madrid, sino siempre. Tener proyectos. ¿Cómo imaginas tu futuro? Porque el mío lo veo contigo.
Melisa sintió angustia. Ser como era le dolía en momentos como ese. Se había enamorado de Pablo, pero su independencia y su libertad eran vulnerables a ese sentimiento. Buscaba las palabras para no romper el hechizo. Le encantaba estar con él.
–Yo soy la misma mujer que conociste. Nunca te he mentido. Mi lugar es el mundo, pero mi hijo es el sitio adonde siempre regresaré. Y él vive con Lisandro. Jamás intentaría que eso cambie. Soy nómade, pero ellos son mi alianza con la estabilidad y el límite que decidí ponerle a mi modo de vivir. De verdad, te amo, pero no voy a vivir aquí.
Pablo la acercó hacia su pecho y ella apoyó allí su cabeza. Acostados, siguieron hablando sin mirarse a los ojos.
–Te quiero conmigo, cada día, no cuando tu agenda marca Madrid. Te necesito. Quiero una familia.
Melisa se apartó del abrazo.
–No quiero lastimarte, pero yo ya tengo una familia.
–No conmigo. Trae a Dylan, quiero pasar tiempo con él y veamos qué sucede.
Por un instante, la idea invadió a Melisa como una posibilidad.
–Lo pensaré –se animó a decir. Lo cual era en sí misma toda una revelación contra sus convicciones. ¿Acaso era capaz de modificar algo de lo que había construido junto a Lisandro? ¿Qué diría él?
–Es un buen comienzo –respondió antes de llevarla en andas hasta la ducha donde bajo el agua volvieron a empezar el ritual de sentirse.
***
Montevideo, Uruguay.
Lisandro y Juan tomaban un café en el bar de siempre. El tema de conversación comenzó siendo María.
–No la soporto, amigo. Es mala y ventajista. Quiere dinero y más dinero.
–No es mala. María hace lo que puede, ella se imaginó casada para siempre y, por tu culpa, está sola y dolida. No es ventajista. ¿Qué dices? La conozco bien.
–¿De qué lado estás? Me llamó un abogado. Te digo que pretende todo lo que gano y lo sabe. Conoce mi economía. Soy psicólogo como tú, no somos ricos. Hubiéramos estudiado otra cosa de querer serlo.
–Estoy del lado de Antonia. Tú y ella están equivocados. Nada de lo que hacen está bien. ¿Por qué no intentas hablarle?
–Porque no se puede.
–Eres psicólogo. No tomes el camino más fácil. Tú sabes que eso no es cierto –lo provocó.
–¿Y si tú la llamaras?
–No. No corresponde. No voy a meterme.
–Te envidio. Lo sabes. Tú y Melisa…
–Ya sé: “una separación soñada” –repitió y ambos rieron–. Prométeme que intentarás hablar con María y te cuento algo –propuso a modo de canje emocional. Su amigo era demasiado curioso como para no preguntar y él, por raro que se sintiera, quería compartir lo que le ocurría.
–¿Qué pasó?
–¿Hablarás con María?
–No me extorsiones. ¡Cuéntame!
–Batman se escapó.
–¿Lo encontraste? –Juan amaba los animales y Batman era un regalo que él le había hecho a Dylan, era su padrino.
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