–Sí. Ese es el tema.
–No entiendo…
–Me lo devolvió una mujer. Llamó al número que tiene en su identificación y fui a su casa a buscarlo. Vive muy cerca.
–¡No me importa dónde vive! –dijo con brutal honestidad–. Si la nombras es por algo. ¿Qué es?
–Es que no puedo dejar de pensar en ella… –confesó. Al escucharse se sorprendió. Como si al decirlo se convirtiera en una verdad innegable. Se sentía atraído.
–¡Ah, bueno! Esto sí que es genial. ¡Por fin! Cuéntamelo todo.
–Bueno, no hay mucho. Una mujer me llamó para decirme que Batman había entrado por su ventana. Dijo que se lo quedaría sin pensarlo, pero que tenía identificación. Fui a buscarlo y me atendió la abuela, una señora grande que me hizo pasar sin temor alguno. Subimos a un apartamento en un primer piso a dos cuadras de casa. Fuimos a una habitación tan desordenada como jamás vi otra. Ella pintaba. Batman dormía a su lado en un sofá como si fuera su casa. Era todo muy extraño, hasta que giró y sonrió.
–¿Qué pasó entonces?
–Sentí que salía el sol. Mi mundo se dio vuelta. La hubiera mirado por siempre.
–¿Tan linda es?
–No lo sé, pero es diferente. Tenía un jean roto, una camisa blanca holgada. Manchas de pintura de colores, el pelo desalineado. Rizos.
–Bueno, esa descripción puede ser sexy, pero definitivamente no es elegante.
–No. No es ese su estilo. Pero algo en ella me llamaba. Se quedó en mí. Sé que es especial. Sabes bien que esto no me pasa desde Melisa.
–¿La invitaste a salir?
–¡No! No iba a quedar así de osado. Igual no lo pensé, no pude pensar en nada porque no podía dejar de mirarla.
–¿Y ella?
–Ella parecía seguir con su obra cuando la verdadera obra de arte en esa habitación era ella misma. Si hubieras visto cómo alzó a Batman y me lo dio…
–No imagino nada extraordinario en ese hecho más que con cariño –agregó.
–Sí, lo hizo con ternura, pero cuando sus manos rozaron las mías, nos miramos…
–¿Y? –preguntó ansioso.
–Y nada, eso. Nos miramos.
–¿Cómo se llama?
–Elina Fablet.
–Estás fuera de práctica. Tienes su nombre y su dirección y la excusa perfecta para volver a verla.
–¿Cuál?
–Batman. Llévalo y déjalo en su ventana. Entonces, volverá a llamarte.
–Ni loco. Tengo también el número de celular desde el que se comunicó.
–Llámala.
–No.
–Mándale una foto de Batman, no sé, algo, para ver qué responde.
–No lo sé…
–¿Qué cosas había en la habitación?
–No me detuve mucho en eso porque no podía dejar de mirarla –repitió– pero estaba llena de ropa arriba de una cama sin tender. ¿Por qué lo preguntas?
–Para saber si había objetos de hombre y poder inferir si vive con alguien o no.
–No lo sé. No recuerdo que nada llamara mi especial atención. Supongo que no.
–Bueno, pensemos en positivo. Quizá esté sola. El tiempo irá diciendo. Eso espero, lo digo porque yo me estoy involucrando más de lo que me gustaría con alguien que solo puedo ver cuando logra mentirle al esposo, y no quisiera eso para ti.
–Yo no soy así y lo sabes. ¿ Involucrando ? –repitió–. ¿Podrías definirme el alcance de esa palabra en este caso?
–Tengo el mejor sexo que tuve en mi vida.
–Entonces, solo una parte de tu cuerpo está hablando –dijo riendo. Lo conocía bien.
–¡Puede que tengas razón! ¿Y Melisa?
–Está en España.
–No, digo… ¿Sigue sola?
–Melisa nunca está sola. Nos tiene a nosotros.
–Cierto. ¡La separación perfecta!
La conversación continuó en torno a Elina, pero Juan no logró convencerlo de que la llamara. ¿Por qué se resistía tanto a acercarse si después de mucho tiempo era la primera vez que se sentía distinto frente a una mujer?
capítulo 13
Poner fin a los plazos, a las esperas, a las condiciones.
Poner fin al miedo a ser y al temor a no haber sido.
Apagar el fuego de las causas perdidas.
Poner fin... y seguir, porque la vida no siempre está de espaldas.
Laura G. Miranda
Era sábado y no permitiría que el tal Sjögren lo arruinara, lo había decidido. Se levantó temprano, puso el libro de cuentos de Hemingway en su mochila pequeña, colocó gotas en sus ojos, tomó una botella de agua, se puso gafas de sol y montó su bicicleta vintage.
Escuchaba música con sus auriculares. Ride , de Twenty One Pilots, parecía dedicarle su letra. Pedaleaba rumbo a la playa sintiendo la brisa en su rostro. Era una sensación placentera. Pensaba en Gonzalo… Con él todo sería más fácil, pero la vida le negaba también esa posibilidad. Sus caricias se habían quedado pegadas a su piel y era tan dulce que el solo hecho de escucharlo le daba tranquilidad. Le había prometido que volverían a verse y ella elegía creerle. En su cara se dibujó una sonrisa al recordar a Batman. Ese irresistible gato bicolor había irrumpido por la ventana de su dormitorio luego de rascar el vidrio para que ella le abriera.
De pronto, estaba reviviendo la sensación de rozar la mano de su dueño. Lisandro Bless , había dicho. Recordaba su nombre, toda una odisea para su distracción. Es que le había gustado. Era lindo y transmitía paz. Con tristeza, supuso que era casado. Y además tenía un hijo. En ese sentido, Elina no enfrentaba sus principios. Hombres comprometidos no entraban a su vida.
Todavía le divertía evocar la manera en que Ita, sin previo aviso, lo había dejado entrar al apartamento y luego a su dormitorio. Su abuela no cambiaba más, era confiada por naturaleza. Cuando le reclamó que debía ser más cautelosa, le había respondido: “Vivo contigo. Corro más riesgos con tu desorden, tropezando con cosas todo el tiempo que dejando entrar al dueño de un simpático gato superhéroe”. Volvió a sonreír.
Bordeando el boulevard, continuaba la lista de reproducción con Heathens , Stressed out y Lane boy de Twenty One Pilots. Entre los reveses de sus recuerdos, comenzó a acelerarse su respiración. De pronto, se detuvo y miró hacia el horizonte. El sol quemaba y la imagen del fuego avanzó sobre ella. Una ráfaga de momentos que no podía olvidar. Llamaba a su madre. Se había ido de la música y de su realidad. ¿Por qué lo que su memoria había retenido del incendio era parcial? Ella sabía que no era todo. Intentó volver con su mente a esa noche. Recordaba la desesperación, el calor agobiante, el fuego signando su vida, la delineada imagen de la luz de las llamas como un destello en la parte baja de la puerta de su habitación. Miró su mano, siguió hacia su antebrazo descubierto y la cicatriz la enfrentó al momento en que se había quemado intentando salir a buscar a Renata. La toalla la había protegido en el segundo intento. Siguió pedaleando y el sonido de los objetos ardiendo se mezclaba con la música. La acústica eran chispas que crujían el incendio de aquella noche mientras su entorno era el de un día de sol. Se detuvo y bebió agua. Continuó sin soltar sus pensamientos.
Lo tenía grabado con exactitud, aunque en cada oportunidad su memoria selectiva parecía detenerse en algunos detalles y no en otros. Sin embargo, con esa certeza que se siente cuando se sueña y cuando se intuye, sabía que había ocurrido algo más entre el momento en que había logrado abrir la puerta de su habitación y vio abierta la del dormitorio de su madre, y su decisión de arrojarse por la ventana. ¿Por qué lo había eliminado de su consciencia?
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