Laura Miranda - Ecos del fuego

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¿Es posible pintar la FELICIDAD como un nuevo Norte? ¿Acaso encontramos el AMOR cuando nos animamos a ser? ¿En qué momento SOLTAR el pasado para comprender el presente? Ecos del fuego narra la vida de una mujer diferente, signada por lo inesperado, que resiste su destino sin resignarse. Descubrir las señales puede significar cambiar su vida para siempre. A veces, los sentimientos desordenados son la clave.

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Unos minutos después, ella le devolvió el café y se recostó sobre el césped. Miraba el cielo interrumpido por la torre. El extraño hizo lo mismo.

–¿Por qué miramos hacia arriba si podríamos subir? –preguntó Renata y llamó su atención.

–Supongo que Antonio Porchia tenía razón. Miramos hacia arriba porque de otro modo creeremos que somos el punto más alto –respondió en español.

–Tiene sentido. ¿Cómo te llamas?

–Santino Dumond. ¿Y tú eres…?

–Renata.

–Es evidente, Renata, que a los dos nos sucede algo de lo que no queremos hablar.

–Perdóname, pero no eres muy intuitivo. Estamos solos, suspirando en París y compartimos un café en silencio frente a la Torre Eiffel. ¡Yo diría que no hace falta un adivino aquí para llegar a esa conclusión! –sonrió.

–Tienes razón –admitió y sonrió también–. ¿Entonces?

–¿Entonces qué?

–¿Lloraremos en un rato o inventamos algo?

–No voy a llorar y no se me ocurre qué podríamos inventar –dijo con curiosidad.

Empezaba a disfrutar la compañía de ese tal Santino. Lo miró. Vestía un jean y un abrigo grueso. Sus ojos eran oscuros y tenía el cabello ondulado. Le pareció bohemio y atractivo. No lo hubiera mirado en Uruguay, pero estaba en París.

–¿Qué haces aquí? –preguntó ella.

–Vine a buscar respuestas. Cuando algo me agobia, tomo mi libro favorito y vengo aquí. Es la “torre del poder”.

–¿Por qué la llamas así?

–Porque todo es más pequeño cuando la miro desde este lugar. Piensa en lo que recordabas cuando te sentaste aquí. Ahora mira la torre. ¿Acaso no es pequeño el tamaño de tu pensamiento?

Renata lo hizo. Era verdad, comparado con la imponente estructura de hierro, Elías era solo un paso en miles de kilómetros. El extraño se ganaba su protagonismo.

–¿Qué libro trajiste?

El viejo y el mar , de Ernest Hemingway.

–Tienes personalidad. No cualquiera interpreta a Hemingway –respondió.

Santino sintió un impulso y lo siguió.

–Te propongo algo: vivamos aquí y ahora, como si no tuviéramos pasado ni futuro. Ganémosle la partida a la angustia que nos hizo mirar el cielo.

–¿Y cómo sería eso?

Santino tomó su mano, corrió su guante en busca de la piel y la besó con dulzura. Necesitaba sentir qué le provocaba el contacto físico con esa hermosa mujer, aunque fuera mínimo. Quería percibir su energía antes de ir por su locura. Renata sonrió y el beso tuvo sabor a olvido. Solo pensó en sus latidos que se aceleraron con la sorpresa. ¿Quién era ese desconocido que había echado de sus pensamientos el recuerdo de Elías aunque fuera por solo ese momento?

–Sería así: subimos a la torre, caminamos, corremos, no sé, lo que nos dé la gana. Solo por hoy –dijo. Se puso de pie y estiró su brazo para que ella tomara su mano y aceptara el desafío de esa felicidad temporal–. Sin preguntas.

Renata pensó que no tenía nada que perder.

No solo subieron a mirar París desde los observatorios del tercer piso de la torre, sino que caminaron, conversaron y rieron. Bebieron chocolate caliente en un típico café parisino, visitaron la librería Shakespeare & Company y se besaron varias veces antes del atardecer.

Una Renata que no conocía habitó su cuerpo y su alma. Fueron a Montmartre y, delante del muro de los "Te quiero", fue ella quien buscó su boca y desató lo que luego no pudieron detener durante los siguientes días. Nunca supo de qué manera llegó a una pequeña vivienda muy cerca de allí. Entre muchos objetos y música en francés, ese hombre desapegado a las estructuras, llamado Santino, despertó su sentido más profundo de libertad. Hicieron el amor o algo parecido al amor los hizo a ellos dos. Habían conseguido desarraigar de sus memorias las razones por las que habían observado la Torre Eiffel en silencio, respirando el frío de la soledad y la desilusión, aquel día de noviembre.

***

Pero, como suele suceder con los encantamientos, aquello terminó el mismo día que un pasaje de regreso, poco tiempo después, traía a Renata a enfrentar la decisión más importante de su vida.

Los primeros días del mes de diciembre, un resultado positivo confirmaba su embarazo. No lo deseaba. No quería pensar en las posibilidades.

¿Cuál era el origen de esa vida que le arrancaba el futuro? Un mundo de dudas se atrevía a latir y crecer en sus entrañas.

capítulo 15 Consecuencia Eres libre de tomar tus decisiones pero prisionero - фото 11

capítulo 15

Consecuencia

Eres libre de tomar tus decisiones,

pero prisionero de sus consecuencias.

Pablo Neruda

Mayo de 2019. Montevideo, Uruguay.

Lisandro despertó con el sonido de su celular vibrando que indicaba una llamada. Miró la pantalla. Era Julieta Weber, su paciente, pero era pasada la medianoche. Se incorporó en la cama y atendió.

–Hola, Li… Perdón por llamarte tan tarde pero no sé qué hacer –dijo la joven. Sonaba muy acongojada–. Algo horrible sucedió.

–Tranquilízate. ¿Dónde estás?

–En mi casa.

–Bien –respondió. Primero debía averiguar que estuviera segura. Sin duda el problema era con su madre–. Ahora cuéntame.

–Bueno. Yo salí con mi novio y después de tomar una cerveza fuimos a un hotel. En realidad, fui yo la que insistió porque quería saber cómo era –aclaró–. Siempre dormimos en su casa. ¿Estás ahí? –preguntó.

–Sí, te estoy escuchando. ¿Qué sucedió?

–Bueno, supongo que conoces esos lugares. Llegamos y Fran dejó el auto en el estacionamiento. Todo estuvo perfecto hasta que salimos de la habitación –dijo y se puso a llorar al recordar.

Lisandro imaginó algo parecido a lo que después escuchó.

–Deja de llorar y continúa.

–Un hombre salía de la habitación de al lado justo en el mismo momento, yo miré para abajo porque me dio vergüenza y, entonces, vi el calzado de la mujer que lo acompañaba. Eran las botas floreadas que mamá compró en España. Me quedé sin aire y levanté la vista… Imagina el resto.

–¿Qué hiciste?

–Le dije que era una basura y corrí al auto. Franco me siguió y me trajo a casa. Quería que me quede con él, pero yo estoy furiosa y quiero contarle a papá. ¿Qué hago?

–Escúchame bien. Esto es lo que harás: quiero que llames a Franco y le pidas que te pase a buscar. Ve a dormir a su casa. ¿Tu papá está despierto?

–No.

–Mándale un texto para que no se preocupe al despertar. Luego, nos veremos en la consulta y decidiremos juntos cómo continuar. Si antes de eso me necesitas, puedes llamarme, pero evita confrontar hasta que podamos analizar qué es lo más sano para ti.

–La hija de puta no para de llamarme. No la he atendido.

–No lo hagas. Llama a tu novio y avísame si puede ir por ti.

Minutos después, Julieta volvió a llamarlo.

–Mamá acaba de entrar a la casa. Fran está viniendo. ¿Qué hago? No quiero verla.

–Irá a tu habitación. Dile que por ahora no hablarás con ella y que esta noche no dormirás allí.

–No cortes.

–No lo haré. Si hay problemas la comunicas conmigo.

–Espera… Fue directo a su dormitorio –un mensaje le indicaba que su novio estaba afuera–. Fran llegó –le avisó.

–Okey. Sal de la casa y procura descansar. No hagas nada hasta que hablemos y si hay dificultades vuelves a llamarme. ¿Está bien?

–Sí… Gracias.

–Tranquila. No me agradezcas, hiciste bien en llamar.

Lisandro se quedó despierto pensando en la situación. Fue a la habitación de Dylan y lo vio descansar. Batman a su lado dormía también. Recordó a Elina por asociación. Su gato ya no era solo su mascota. Sonrió. ¿Volvería a encontrarla?

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