Sergio C. Fanjul - La vida instantánea

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La vida instantánea es el reflejo de una generación nacida en los albores de la explosión tecnológica y madurada a golpe de crisis, precariedad y osadía. Un retrato literario construido con la mirada rápida y desprejuiciada de 
Sergio C.Fanjul, una personalísima mezcla de astrofísico, periodista, poeta y contador de historias. Con los pinceles del humor, la curiosidad, el sarcasmo y la música de la mejor literatura, Fanjul va hilvanando el diario de un paseante que triunfa en la era digital como lo han hecho siempre los grandes cronistas.

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Me preguntaron muy amablemente dónde estaba la calle Sombrerete (imagínense pronunciar Sombrerete en alemán) porque tenían que arrastrar hasta allí sus trolleys, supongo que en pos del apartamento de Airbnb en el que iban a vivir la auténtica experiencia lavapiesera para regocijo de los flujos de capital internacionales. Muy amablemente les indiqué el camino. Pero añadí mi ataque mental.

Les dije: cuidado en este barrio con vuestras cosas, que aquí se roba mucho y bien y hay bastante inseguridad. Beware pickpockets, y tal. Es solo un comienzo, un virus cerebral, un meme, que se extenderá de Baden-Wurtemberg a todos los länder de la Alemania federal, y de ahí a toda la zona euro, y a la Unión Europea entera, y hasta al Imperio otomano y la Ancient China, y bueno, ya podremos hablar aquí de otras cosas soleadas, como las flores y los menús del día. O eso o nos mandan a los marines a pacificar la zona y a la Mother of All Bombs. Es la Teoría del Caos.

24 de abril de 2017 · 190 likes

Esperanza, fue bonito mientras duró. El otro día me conmovieron tus lagrimones de agua del Canal de Isabel II, que venían a inundar el mundo entero y a salvar solo a parejas populistas embarcadas en el arca de Noé. No llorabas por Ignacio, ni por la corrupción, ni por el hipotético calvario; llorabas porque a ver si te van a trincar a ti, porque, por lo pronto, ya no vas a pasar a la Historia por presidir España, porque ya no serás la Thatcher española, porque ahora igual una señora te llama choriza por Serrano. Esperanza, you sexy motherfucker, me resultabas sexualmente atractiva, como otras personas que caen mal al español medio (Cayetana Guillén Cuervo o Willy Toledo, por ejemplo), eras la domadora del circo en los saraos del Ritz o en los colegios de Villaverde y por ahí, donde llevaste el metro (hubo quien dijo que se iba a llenar el centro de gentuza).

Desde que Pablo Carbonell te quiso hacer pasar por tonta, las cámaras quieren robarte el alma y hacer embutido gourmet (al final va a ser todo culpa de Carbonell, Wyoming y Sara Mago). Casi destruyes el Estado madrileño, eras anarka, y rubia, y malasañera, más que noble, nobiliaria, y privatizaste lo que era de todos en la medida de tus posibilidades, que eran muchas, como cuando la bruja de Embrujada movía la punta de la naricilla. Esperanza, tenías la cara más dura que el cemento Portland, que el diamante, que el grafeno vasco, y según dices, no te hubieras enterado ni de una explosión nuclear en Hiroshima (y eso que sobreviviste a accidentes de helicóptero y tiroteos sin quitarte los calcetines).

Lo que más te dolió fue cuando llegó Manuela y todo el mundo pensó que ella era la tierna abuela y tú la bruja mala. Dicen que cuando mediste a zancadas las aceras de Gran Vía ibas un poco piripi, pero eso me gusta. En fin, que si tu tío Jaime Gil de Biedma levantara la cabeza, te diría que ya vas descubriendo que la vida va en serio, pero como el poeta ya se ha ido, ya te escribo yo este post: como todas las jóvenes neoliberales, venías a llevarte el Estado por delante. Luego descubriste que la corrupción era el único argumento de la obra.

26 de abril de 2017 · 43 likes

Ya me percaté yo de muy niño que muchos de mis mayores gustaban de dormirse con la radio puesta, a lo que mis tiernos oídos infantiles consideraban un volumen estruendoso. Allí, metidos dentro del radiodespertador ochentero, ya se apretujaban los tertulianos con sus discursos aburridos, que a mí me sonaban a chino mandarín; la habitación se quedaba a oscuras, iluminada únicamente por el intelecto de José María García, el Butanito, y la luz rojiza de los mortecinos números que marcaban la hora de la madrugá.

Nunca fui yo niño, ni chaval, ni hombre de radio. Quién me iba a decir que acabaría, en uno de mis múltiples desempeños laborales, hablando en un programa radiofónico de M21 sobre poesía y alrededores (se llama Poesía o barbarie). Sobre todo en aquellas clases de radio en las que la gran maestra jedi de las ondas, Macu de la Cruz, nos ponía a locutar y yo me ponía tan nervioso que parecía un rapero hasta las cejas de anfetas.

Total, que ahora yo también escucho la radio por las noches, me pongo podcasts de anarquistas, de arte excéntrico, de historias curiosas, de misterio, de economía global, y así me voy quedando plácidamente dormido a la par que absorbo diversas informaciones: del radiodespertador al radiodormidor. Ya entiendo yo, ahora que soy un señor de mediana edad, eso de temer al silencio y la oscuridad de la noche en laborable, que es cuando se nos aparecen los miedos, los fantasmas, las ansiedades, los insomnios, y a aquellos que somos hipocondríacos cardíacos nos retumban los galopes del corazón en los oídos, en el pecho, en el colchón, como si la cama-saltamontes kafkiana fuese a empezar a brincar y a salir de viaje por la ventana hasta la Hispania Citerior, donde la brisa hace la vida más tal.

30 de abril de 2017 · 139 likes

Oh, Liliana, los skinheads te traen ramos de flores y tú flotas sobre las aceras chocolateadas: cuando te ven llegar, los cajeros del súper se ponen contentos y les importan una mierda sus condiciones laborales. Generas tanto bienestar que resultas contrarrevolucionaria, los niños antilloran a tu paso, y no solo antilloran sino que sienten otra panoplia de emociones que aún nadie ha bautizado, de lo escasas.

Oh, Liliana, los skinheads, me refiero a los skinheads buenos, te preparan tartas de queso con arándanos y los árboles del barrio te hacen reverencias cuando vas a reciclar el papel y los envases. Eres Big Data, tienes Dual-Core para amar el doble y comes demasiados yogures de ciruela, pero nueve de cada diez expertos dicen que eso es sano.

Oh, Liliana, la gente arroja tortillas de patata cuando pasas por la calle Lavapiés, y caen de los balcones y ruedan calle abajo como si fueran las ruedas del carro en el que el Sol cruza el firmamento cada día. Oh, Liliana, eres glutamato monosódico y canela en rama. Te adoran los parques y jardines, los traperos, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Voy a hacerte un contrato indefinido porque, oh, Liliana, deberías ser consejera delegada en el Ibex 35.

1 de mayo de 2017 · 244 likes

Primero de Mayo: tú antes molabas. Hoy es el día ese que cierra el Carrefour 24 Horas de Lavapiés. Hace un par de años, tal día como hoy, me asomé al balcón de casa y al ver las negras verjas del Carrefour bajadas (muy pocos han podido ver esa insólita imagen) pensé que ocurría algo terrible, una invasión alienígena, una guerra nuclear, y estuve a punto a darme a las benzodiazepinas. Luego caí en la cuenta de que era el Día del Trabajador, y bueno, pues mucho mejor. Pero ¿quién es hoy la clase trabajadora?

Hoy en día los oficinistas altivos, los diseñadores web, los analistas Big Data, los coachs y nutricionistas, los escritores de éxito, los periodistas freelance, pensamos que somos clase media, que más que una clase es una manera de estar en el mundo. Aunque trabajemos, creemos que la clase trabajadora es otra, la que tratan de cambiar los estilistas de Cámbiame, la que llevan al circo de Mujeres y hombres y viceversa, los forococheros, los que viven al otro lado del río o regresan a casa en autobús, allá a lo lejos, por donde el sol se pone. El trabajador, como el hipster, es siempre el otro.

Mientras tanto vamos perdiendo derechos a ritmo de plusmarquistas, reformas laborales y leyes mordaza mediante. Hasta nos han puesto un smartphone en la mano y un iPad en casa para que no tengamos escapatoria. Nos creemos unos bon vivants con Netflix, Primark e Instagram, pero somos unos arrastraos con ínfulas. ¿Cómo no serlo, si la izquierda se derrumba y la peña pasa olímpicamente de los sindicatos?

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