Sergio C. Fanjul - La vida instantánea
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Sergio C.Fanjul, una personalísima mezcla de astrofísico, periodista, poeta y contador de historias. Con los pinceles del humor, la curiosidad, el sarcasmo y la música de la mejor literatura, Fanjul va hilvanando el diario de un paseante que triunfa en la era digital como lo han hecho siempre los grandes cronistas.
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13 de marzo de 2017. 185 likes
Me acabo de cruzar con la alcaldesa Manuela Carmena por la calle Argumosa, en la que sobrevivo. Iba con su jefe de prensa, Jesús Duva, que fue profe mío, y otras personas que no supe identificar. Le dije:
—¡Alcaldesa!
—Vaya —dijo ella—, ¿y tú quién eres?
—Me llamo Sergio y no tengo sindicato ni esperanza. La vida me resulta una monótona sucesión de días idénticos, con la única salvedad de que vamos envejeciendo. El Ibex 35 controla nuestros designios desde la sombra y no permite que nuestra calidad de vida regrese a los estándares socialdemócratas. Oh, la poesía ha perdido su razón de ser en esta época en la que los robots están prestos a dejarnos sin trabajo. La ilusión voló, aflora el desencanto y las droguillas ni siquiera son lo que eran. Alcaldesa, fenezco.
Entonces Carmena me cogió con las manos de Carmena y me apoyó la cabeza contra el pecho de Carmena. Los dedos de Carmena, como en un titular de prensa, me revolvieron el pelo.
—Fanjul, don’t worry —me dijo la amable señora—. Te voy a poner una avenida.
Ahora, para celebrarlo, me he ido a comer un menú del día. Tallarines con gambas, merluza a la plancha, cortado, 10,50 euros. La vida cobra otro matiz.
15 de marzo de 2017 · 204 likes
Desde que Liliana trabaja fuera, la casa está triste, el aire se aburre de estar quieto y el parqué extraña sus pisadas élficas: un silencio freelance recorre Europa. Cocinar para solamente uno es la muerte de la madre de Bambi, así que estoy comiendo pésimo: como Whopper (es más, como doble Whopper), como pizza Tarradellas cuatro quesos con latas de atún, como Chilli Cheese Bites, y torcidas de fresa, y tallarines parmesanos de sobre Gallina Blanca, y devoro uñas, y pelusas, y pequeños pedazos de gotelé. Liliana, los camellos del barrio te echan de menos, el árbol de enfrente quiere que admires sus progresos primavéricos y el espejo del baño ya no tiene a nadie brillante a quien reflejar. Los electrodomésticos amenazan con una huelga salvaje de carácter revolucionario si no les das una fecha de regreso. Yo me asomo a la balconada, la gente pasa y disimula, me fumo un piti, hablo largo rato con la tostadora, que me cuenta cosas increíbles sobre ti, todo tipo de tips y curiosidades. De ahí extraemos kilométricas listas de tus principales virtudes (la séptima te va a sorprender). Cada hora y media repaso mentalmente tu jepeto, porque tengo miedo de olvidarlo, de que un día, cuando vuelvas al anochecer, si es que vuelves, piense que eres una loca que se ha colado en casa a matarme para siempre.
27 de marzo de 2017 · 111 likes
Durante tres años y medio, poco después de llegar a Madrid, viví muy cerca de la plaza del Callao. Era extraño ser arrojado al centro del universo español casi recién llegado de provincias. Mi casa, nuestra casa, estaba, por fortuna, en una calle escondida y muy tranquila donde cantaban los pájaros, se oía el rumor de las hojas besadas por la brisa y los niños molestaban; pero, aun así, a veces me resultaba agobiante estar inmerso en el territorio donde sucedía todo.
Ponía la tele y veía un anuncio rodado en Callao. Veía una peli y salían los alrededores de Callao. Las noticias políticas sucedían muy cerca. La boda real nos cogió allí mismo, casi en primera fila, y la policía vino a pedirnos el DNI casa por casa. Aquel día histórico, como he contado tantas veces, no pude regresar del after hours porque la Gran Vía estaba cortada para que pasasen Felipe y Letizia (me enganché a otro reafter, tranquis). Veía entonces mucho cine japonés y coreano, porque estaba de moda y porque en aquellas pelis no salía la plaza del Callao.
Ahora, la verdad, no vivo tan lejos, pero supongo que me he acostumbrado al ajetreo capitalino. Total, que el otro día me topé con una foto de Callao sin peatonalizar (es un decir, más bien sin hormigonear y comercializar) y me entraron dudas sobre si yo había conocido la plaza de esa guisa. No me sonaba. Pero, claro, durante aquellos tres años y medio la plaza era aún recorrida por incesantes vehículos circunvalantes. La memoria es plastilina.
Ahí, recuerdo, donde había un quiosco y autobuses rojos, en esa barandilla metálica que ya no está, me sentaba a esperar a los entonces exiguos coleguis para ir a incendiar Malasaña, en la medida de nuestras posibilidades. Recuerdo que entonces eso me llenaba de nervios ante los prodigios nocturnos que se avecinaban, y también recuerdo que a la vuelta, en Callao, al final de la noche, los chinos ambulantes, como dealers del denostado carbohidrato, aún vendían callejeramente arroz tres delicias y tallarines con gambas, y que aquello me parecía el cielo, aunque dijese la peña que estaban aliñados con saliva y semen oriental. Como el Marqués de Sade en aquel cuento guarro pensaba yo: ¡que me engañen siempre así!
1 de abril de 2017 · 253 likes
Una vez tuve una novia que siempre que estaba en casa se ponía una gorra de visera verde oliva. La llamaba su «gorra de andar por casa». En aquellos momentos de amor primerizo me parecía un rasgo genial de su personalidad, un punto excéntrico que la hacía aún más atractiva. Qué cosa, su «gorra de andar por casa». Qué persona tan especial.
Pronto empecé a visitarla con frecuencia en su apartamento, por Conde Duque, e incluso a pasar allí algunas noches, sobre todo durante los fines de semana. No tardó en regalarme una gorra de visera verde oliva: era mi propia gorra de andar por casa. Lo cierto es que me hizo mucha ilusión, porque con esa gorra en la cabeza yo entraba también en su excitante y creativo mundo.
El siguiente paso fue arrejuntarnos en un único piso, por Atocha. Al fin y al cabo, no tenía sentido pagar dos alquileres y tener siempre un inmueble inutilizado. Con la confianza y la convivencia dejé de ponerme la gorra de andar por casa. Es curioso: al principio solo me la quitaba cuando ella estaba fuera, currando en el teatro, y en cuanto escuchaba el ruido de las llaves girando en la cerradura me la volvía a colocar. Yo sabía que aquello de la gorra no era otra cosa que una costumbre divertida y excéntrica, pero de alguna manera tenía miedo de que ella me viera en casa sin la gorra. No quería decepcionarla.
El tiempo lo hizo todo más laxo: no cuidábamos tanto nuestro aspecto, hablábamos menos, salíamos poco y yo volvía a beber cada noche en el salón. Entonces, no sé por qué, dejé de ponerme mi gorra de andar por casa. Ella montaba en cólera: «Ponte tu gorra de andar por casa», me decía, y yo le respondía que era libre de ponerme o no ponerme lo que quisiera, que la gorra era mía y la casa también. Y la cabeza, claro. Ella decía que no podía vivir conmigo ni mantener una relación si no cumplía las normas que habíamos establecido desde el principio, si no me ponía la gorra de andar por casa. Yo le dije que eso no era una norma sino un juego ingenuo, y hasta estúpido. Ella me dijo que me fuera a la mierda. Yo le dije que eligiera: o yo o la gorra sobre mi cabeza. Ella me dijo que eso era una elección imposible, porque si yo me iba tampoco iba a poder dejar la cabeza con la gorra puesta, así que me rechazaba a mí, a mi cabeza y a la gorra.
Apenas unos días después yo ya estaba viviendo en otro apartamento que encontré barato en Marqués de Vadillo. En las noches más tristes me aliviaba mirando su Facebook. Movido por la nostalgia, una tarde bajé al bazar chino y me compré una gorra de visera verde oliva. Una gorra de andar por casa.
4 de abril de 2017 · 76 likes
Ahora soy un almorzador solitario. Como Liliana se pasa el santo día en una oficina lejana, yo salgo a comer el menú del día. Es una experiencia agridulce. A mí me gusta porque soy un acérrimo foodie de los menús del día. Y porque almorzar solo todo el rato tiene un punto romántico. Yo soy un periodista freelance, pero cuando me veo a mí mismo sorbiendo la sopa sobre el mantel de cuadros y observando fríamente al personal circundante bien podría ser un agente de inteligencia en misión secreta, un novelista depauperado o un comerciante que recorre el mundo trajinando con materiales extraños. Otras ventajas de comer solo son que uno elige restaurante (cada día pruebo uno) y que, como no tomo postre ni café, tampoco tengo que esperar a que otros lo tomen, cosa que odio, sobre todo cuando me entra el sueño de la sobremesa. Además, al no comer en casa (es muy triste cocinar para uno solo) me ahorro el riesgo de ser atrapado por los largos tentáculos de la cama en una siesta sin fin. Como ven, la vida freelance es un continuo combate contra las propias perezas y contra la propia soledad. Comer menú del día es uno de los pocos vicios que me permito, una de las pocas alegrías que me da la vida. Sin embargo, después de comer así, arroz caldoso con langostinos y almejas, albóndigas guisadas con patatas fritas, sin postre ni café, como hoy, al regresar al coworking unas veces me siento animado y otras desolado. Mi madre me dice que no es sano, pero no sé si se refiere al menú o a la melancolía. Lo que es seguro es que regreso empachado. Pese a todo, me he propuesto un reto: jamás, y cuando digo jamás es jamás, comeré de tupper.
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