Sergio C. Fanjul - La vida instantánea

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La vida instantánea es el reflejo de una generación nacida en los albores de la explosión tecnológica y madurada a golpe de crisis, precariedad y osadía. Un retrato literario construido con la mirada rápida y desprejuiciada de 
Sergio C.Fanjul, una personalísima mezcla de astrofísico, periodista, poeta y contador de historias. Con los pinceles del humor, la curiosidad, el sarcasmo y la música de la mejor literatura, Fanjul va hilvanando el diario de un paseante que triunfa en la era digital como lo han hecho siempre los grandes cronistas.

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A lo largo de muchos años de escritura he publicado varios libros de relatos y poemas, he ejercido como ghostwriter en numerosas ocasiones, he participado en puñados de antologías y, como audaz periodista freelance, colaborado con puñados de medios de comunicación que me han dado de comer durante toda mi vida laboral, sobre todo el diario El País y sus diversos suplementos, tentáculos y estribaciones. Todo me ha gustado, todo me ha servido, pero donde más a gusto me he encontrado siempre juntando letras ha sido en la electrónica libertad de Internet, en sus diversas formas: es donde más yo he sido yo mismo, y donde una voz que reconozco como mía se ha ido formando bit a bit.

El agradecimiento es para todas esas personas que muy amablemente han leído, «gusteado» y comentado este chorro de palabras. Muy especialmente para Liliana Peligro, que está en el origen y fin (y en el medio) de todos estos textos y del resto de cosas del mundo. Por supuesto, también para las sagaces y arriesgadas editoras de Círculo de Tiza, que seguramente con este volumen estarán haciendo historia.

Este libro, y libros como este, son hitos históricos para que algún día se diga en los libros de texto de bachillerato que el post de Facebook también es un género literario.

Los diarios electrónicos

9 de enero de 2017 · 237 likes

Estoy algo nervioso porque mañana es como mi primer día de cole: empiezo en un coworking. Llevo ocho años currando en casa, con la oficina (o sea, la mesa del comedor) a unos escasos cuatro segundos de la cama, y fue para mí un orgullo hacerlo, y hacerlo bien. La gente me decía, pero ¿cómo puedes?, y yo decía, ¡pero si es genial! ¡Currar en casa, qué delicia! Quizá es que era joven e insensato.

Sucede que en los últimos meses entré en un proceso de burnout brutal. Mi productividad cayó en picado al tiempo que aumentaba la temible procrastinación y caí en espirales aún más frecuentes de ansiedad y depresión. Vaya, le cogí asco a mi propia casa, porque la relacionaba con esa angustia de tener que ponerme a trabajar y no acabar de hacerlo. El puercoespín okupa que habita mi estómago no paraba de girar. Hasta escribí un libro de poemas sobre la problemática del freelancer (y tan mal lo pasaba que quedó gracioso).

Así que he decidido salir de casa y compartir espacio de trabajo con otros bucaneros del mercado laboral, porque Madrid está lleno de trabajadores errantes que casi pasan desapercibidos fundiéndose con el paisaje, ocultos en las cafeterías tras la pantalla de su MacBook, pidiendo otro café con el que quedarse dos horas más. Yo me voy a gastar una pasta que espero amortizar en una mayor productividad y me voy a arriesgar, incluso, a pillar la legionela o a hacer nuevos amigos. No sé si es que he madurado o sencillamente lo contrario.

15 de enero de 2017 · 122 likes

La fila del Carrefour de Lavapiés, el sábado a medianoche, es una hilera de hormigas que se pierde en el tatuaje de la reponedora más triste. Tú tendrías que estar roneando en la discoteca, yo he venido a por dos bolsas de palomitas Top Corn Frit Ravich (saladas), y a por una razón para vivir.

Los traperos cubiertos de miel la lían en las escaleras mecánicas que llevan a la sección soviética; los clientes de Airbnb exigen pizzas congeladas; en la cola me veo atrapado entre una hermosa hipster que se lleva una docena de rollos de papel higiénico Scottex doble hoja y un bengalí de mermelada y de limón: ahí estoy, congelado en mitad del mundo y la existencia y la compraventa: todo me es simétrico.

Miro las redes sociales y recuerdo cuando me dijiste que te gustaba el arroz blanco con ajo y las formas más deformes del amor. Según se agota la fila y llego a la caja número siete entiendo que todos vamos a morir, pero este Carrefour seguirá abierto, igual que seguirán las olas del océano Pacífico lamiendo las costas de Japón. Entre estos lineales, allá donde se acaba el suavizante y nadan los atunes en sus latas, en los confines donde el osito de Bimbo juega con los estropajos, se cifra nuestra esperanza.

Al salir nunca sé dónde cojones tengo que dejar la cesta, y fuera me vuelvo a encontrar a ese perrito que mira hacia dentro en busca de su dueño, y que siempre me da tanta pena.

27 de enero de 2017 · 149 likes

Ahora que trato de llevar una vida ordenada, dada mi ya provecta edad, me encuentro con diversos problemas prácticos. El más insidioso: el desayuno. A mí el desayuno, como el uso del paraguas, siempre me ha parecido un vicio burgués, por eso no he desayunado en mi vida, en parte porque siempre he tendido a levantarme a la hora de almorzar (otro vicio burgués, que sí practico).

Así que si ahora madrugo (a eso de las diez) para ir al coworking, me veo en el trance de desayunar, qué dilema. Lo primero, porque no tomo café: con mi acusada tendencia a la nerviosidad absoluta, un cafelito mañanero puede sumirme en un ataque de pánico. Luego porque no me gusta el dulce, cosa que descarta el cruasán, la caracola, el brioche y otras bollerías, así como toda la panoplia galletil. Me congratulan bastante los huevos fritos con beicon, los huevos revueltos y todo tipo de frankfurts, solo que preparar eso en casa de buena mañana y sin servicio es un engorro, mientras que comerlo fuera se me sale del presupuesto.

Un buen pincho de tortilla siempre alegra la vida ciudadana, pero pedirlo es como participar en una ruleta rusa. El sándwich mixto es casi la opción más factible, pero a diario me aburre. Por supuesto que rechazo de plano todo tipo de panes con semillas, tostadas cuquis y cafés con un corazón tatuado en la espuma, fruto de la gentrificación rampante. Así que me acabo apretando un sol y sombra cual albañil que, por ladrillos, junta letras.

8 de febrero de 2017 · 74 likes

Salió Sílvia Pérez Cruz en la ceremonia de los Goya, con esa voz umami y reventona, primavérica y celeste, esa voz de jamón serrano (del güeno), y cantó una coplilla que incluía la frase esa de «gente sin casas y casas sin gente». Es una frase hermosa, a la vez ingenua y revolucionaria, que no sé de dónde salió, si es que salió de algún dónde, pero que ha sido tradicionalmente utilizada por el movimiento okupa.

Ingenua porque no acaba de entender cómo funciona el capitalismo, y revolucionaria porque ataca su mismo fundamento: aquí hay gente sin curro y gente con demasiado, gente que tira comida y gente que no la tiene, gente con tres chalets y gente sin vacaciones. Porque aquí no se distribuye a cada uno según sus necesidades ni se le pide a nadie según sus capacidades, como dicen las escrituras rojas.

A mí lo que más me preocupa es el tema robótico: se supone que las máquinas nos iban a librar de la bíblica maldición del trabajo, y lo que al final van a hacer los descendientes de Número 5 de Cortocircuito es dejar a la mitad del personal en el paro y que eso se lo ahorren los de siempre. Pero para cantar esto, mejor que una coplilla, un tecnillo de los Kraftwerk.

9 de febrero de 2017 · 77 likes

Esos dos que se están besando acaban de salir del bar, del Josealfredo, afortunadamente no hay mucha gente fuera: otro tipo, yo que fumo, un gato, y esos se han puesto ahí en medio de la calle a darse el lote, se están abrazando por todas partes, se están comiendo como si estuvieran muy famélicos y no hubieran probado bocado al menos en tres días; a él, que lleva una horrenda cazadora amarilla salmonela y unos pantalones blancos, se le ha caído la copa al abrazarla a ella con la mano derecha, es decir, cuando ha querido dar más énfasis a la escena y abrazarla con la mano (la derecha) con la que sostenía la copa; entonces la copa, un vaso de tubo lleno de ron Pampero con Coca-Cola (lo sé porque le oí pedirlo en la barra), se le ha caído, o él la ha dejado caer, quién sabe, y se ha roto en el suelo en decenas (que no miles) de pedacitos, como si una gota de vidrio del tamaño de un puño se hubiese estrellado contra el suelo ahí, al lado de esos dos, y se hubiese quedado desperdigada como una pequeña cantidad de agua, shattered que dicen muy gráficamente en inglés; ahora el suelo está lleno de gotitas de vidrio, y por ahí pasa también un reguero de alcohol o de orina (no llego a olerlo desde esta pared) que discurre en medio de las piernas de esos dos que se están besando; ella las lleva desnudas, las piernas, una minifalda muy torera que él, por fin a dos manos, puede manipular a gusto como si estuviese manipulando la masa para hacer el pan (precisamente a esta hora deben de estar los cientos de panaderos de la ciudad amasando el pan que comeremos mañana, es decir, dentro de unas horas, si es que comemos pan), al tiempo que se amasan esas lenguas como babosas rosas, se pueden ver desde aquí, las babosas, ni siquiera las mantienen dentro de la boca, puedo ver su brillo desde aquí, el brillo de esas dos babosas de carne que parecen estar luchando a muerte al tiempo que a él, detrás del pantalón blanco hortera, se le forma una erección, por qué no decirlo, como una breve barra de pan, si es que hay barras de pan breves o se puede utilizar ese adjetivo para adjetivar el pan nuestro de cada día: a mí me da un poco de vergüenza todo esto, me da vergüenza verlo, la verdad, menos mal que somos pocos: yo que estoy aquí fumando, el tipo que toma el aire enfrente porque debe de estar borracho, el gato callejero que ya no está, el coche aparcado, la farola que da luz a todo esto y a esos dos que se están besando que, digo yo, deben de acabar de conocerse.

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