Muchos otros movimientos sociales, como la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, el feminismo o la abolición de la esclavitud se convirtieron en fuerzas de cambio que abrieron los márgenes de la libertad y lograron imponer cambios históricos trascendentales, lo mismo que el combate por los derechos de las personas de los colectivos LGTBI o contra el apartheid en Sudáfrica.
Ahora está por ver cuál es el papel que la historia reservará a esta corriente de pensamiento crítico en un momento en que los partidos ecologistas han mostrado en general mucha debilidad, han sido fagocitados por los partidos tradicionales deseosos de surfear entre encuestas y opiniones o sólo han podido ser el trampolín de algunas caras de la política.
El espíritu de este movimiento es establecer una dialéctica en la que los comportamientos ciudadanos sean parte de la solución; y en la que una actitud exigente frente a los responsables políticos permita arrastrarles, con el fin de que actúen con un sentido de beneficio colectivo. No puede darse la transformación requerida sin que las acciones no sean completadas y generalizadas desde los poderes públicos.
El gran cambio llegará propiciado por el sello de los ciudadanos. Pero irrumpirá con fuerza cuando la capacidad de arrastre sea tal que mueva a los políticos, que aparecerán en la escena cuando perciban que la sociedad demanda esos cambios.
Los promotores del movimiento por la justicia climática quieren que desterremos de nuestro imaginario la idea de que prescindir del lujo es una renuncia, algo inadmisible. Su argumento es que el futuro nos juzgará por haber vivido ajenos o no a la sociedad del despilfarro, ignorando el abuso de los recursos naturales y las consecuencias climáticas y ambientales que suponía esta enajenación. En el futuro, tal vez las futuras generaciones comparen esta etapa de la historia con la del hombre de las cavernas por quemar el petróleo y provocar un calentamiento del planeta hasta convertir este insensato comportamiento en un legado envenenado para la estabilidad del clima.
Nuevos cimientos, nueva cosmovisión
La respuesta a la crisis climática exigirá, de hecho, una nueva cosmovisión, un nuevo imaginario colectivo, un cambio de valores profundo: una victoria cultural previa para allanar el camino.
Las transformaciones requeridas implican un cambio en las actuales pautas del consumo y de producción. Pero estas se han integrado de tal manera en nuestra vida cotidiana y han conformado hasta tal punto nuestra cultura, que cualquier salida del túnel exigirá casi una reprogramación de nuestros valores.
La victoria (aunque renqueante) de la globalización ha sido paralela al triunfo de un inevitable egoísmo individual como motor económico. Pero quienes quieran salvar un planeta con recursos finitos no tendrán más remedio que aprender las enseñanzas de unas viejas culturas y filosofías que se abrieron paso sobre una idea fundamental, la de compartir, sin que la generosidad o el altruismo fueran sinónimos del vilipendiado buenismo.
Tal vez acabemos haciendo de la necesidad virtud. Tal vez acabemos redescubriendo la filantropía por puro egoísmo; por puro instinto de supervivencia.
¿Tendremos que hacer un sacrificio personal o será un proyecto colectivo el que aglutinará las fuerzas que permitirán recuperar los valores de la equidad y la redistribución como fuerzas motor para encontrar una salida al callejón al que nos lleva una economía destructiva?
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