Alberto Dallal - Los elementos de la danza

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Tras el análisis de los ocho elementos fundamentales que acaecen y convergen en toda acción dancística, el autor describe cuáles son las circunstancias externas –éstas sociales, estéticas e históricas–, que establecen finalmente las características de esta experiencia. En el libro se considera a la danza como el arte más antiguo, toda vez que su materia prima o fundamento es el cuerpo. Propiciatoria de imágenes, movimientos orgánicos y concretos, y de una comunicación vital y directa, el arte de la danza ha acompañado al ser humano a lo largo de su historia y señala indeleblemente la 'fisonomía' cultural de los individuos y los variados grupos sociales.
El autor desarrolla ampliamente su teoría en torno a la cultura del cuerpo, aduciendo que existe una, específica, comprensible y objetiva, para cada generación en cada localidad, región y país. La exaltación básica de este arte que el libro encarna bien podría sugerir que la danza constituye para la humanidad, en las actuales circunstancias históricas (difíciles complejas), una forma de comunión: la universalización práctica e inmediata de un nuevo humanismo.

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Nos referimos en este apartado al movimiento en sí , a una capacidad que surge a partir de la inmovilidad –el no movimiento– y que ocurre mientras dura la energía. El acto en sí del movimiento: fenómeno-base de la realidad misma porque en el universo todo se halla en movimiento o todo es susceptible de estarlo. Todo: lo ínfimo y lo superior, lo concreto y lo abstracto, lo material y lo inmaterial. El movimiento –aunque haya de terminar en cada caso concreto– coincide con una ley general, ineludiblemente estudiada por todas las conciencias, las ciencias y reconocida en todos los aspectos del conocimiento.

En el arte de la danza, el movimiento – en sí , como lo hemos planteado: aislado, para su estudio, del impulso mismo que lo produce– constituye material básico porque sus modos de manifestación indican, por una parte, el probable establecimiento de los códigos, o sea, el apoyo de las técnicas (considerándolas, en este arte, como los conjuntos codificados de ejercicios y rutinas que capacitan a los cuerpos humanos para hacer danza); por otra parte, señalan que el movimiento atañe a las formas a las que da o ha de dar lugar. En el caso de las técnicas, el movimiento en sí converge en dirección de la naturaleza misma de la danza, de lo que ciertos tratadistas denominan la dinámica: movimientos y conjunto de movimientos posibles para un cuerpo humano. En el caso de las formas, el movimiento en sí queda referido casi exclusivamente a las creaciones a que va dando lugar, o sea, a los sucesivos resultados formales que el cuerpo humano va forjando o, por así decirlo, dejando en el espacio. Al movimiento hay que verlo como una estela, una serie, una secuencia, una sucesión de fuerzas concretas que se desplazan en el espacio. El espectador –ya familiarizado con este arte– puede percibir cómo un tipo específico de movimientos produce o puede producir un número variadísimo de formas en el espacio, ya que los bailarines capacitan sus cuerpos para realizar esos movimientos. Puede el espectador, asimismo, clasificar en su mente dichas formas, una vez detectadas y registradas por su sentido de la vista.

Como ha ocurrido en casi todas las manifestaciones del arte contemporáneo, en la danza actual está aceptada, valorada y situada la contraparte física y objetiva del movimiento: el no movimiento o la inmovilidad. El descubrimiento de que en el arte de la música son igualmente importantes –y contundentes– el silencio y los sonidos, de que sin el silencio los sonidos no fluyen ni se acomodan, ha servido para entender la enorme trascendencia que a lo largo del desarrollo histórico de la danza ha tenido la inmovilidad. No se trata de la inmovilidad de las estatuas o las esculturas de piedra, mármol o metal; nos referimos a dos asuntos esenciales relacionados entre sí: 1) el movimiento, en danza, se inicia, desde luego, en un punto o momento de inmovilidad y termina en otro semejante, y 2) una inmovilidad relativa –por ejemplo, que un bailarín permanezca de pie, no mueva ninguna parte de su cuerpo ni se desplace– puede ser danza porque el cuerpo humano contiene una intensidad, una carga, una significación que se origina dentro de ese cuerpo y se refleja en el espacio. A veces percibimos en una pieza de danza sólo el impulso del movimiento : la carga o la preparación que hará posible el surgimiento de un movimiento. Pero en otras ocasiones percibimos, de manera instantánea, un movimiento producido sólo por una concentración, por el manejo del impulso, por el acento otorgado a una actitud, por el conocimiento o la experiencia que el bailarín o la bailarina hacen valer en el espacio. Puede tratarse, por ejemplo, del instante anterior a un salto o la permanencia en estado de alerta de un bailarín que espera su turno mientras su compañera baila. Esta expectante inmovilidad es, desde luego, parte integral de una danza y en ocasiones perturba que los corifeos –bailarines acompañantes y de relleno en algunas obras del ballet clásico– no se integren a las evoluciones de un solista porque no bailan –o sea, no se concentren con la mirada en las ejecuciones que el bailarín principal realiza en el centro–, aun permaneciendo inmóviles. No sólo roban la atención del público, sino que están deslavando el espacio del solista.

EL IMPULSO DEL MOVIMIENTO

Danzar, bailar significa mover el cuerpo en el espacio. Pero este movimiento no puede ser cualquier movimiento: para ser danza debe contener, además, significación: un hálito, un acento, una carga impuesta por el bailarín, por el danzante, por el artista, que diferenciará a este movimiento de todos aquellos que otros seres humanos y animales realizan, consciente e inconscientemente, para sobrevivir en la naturaleza, en el universo. Los movimientos propios de la danza y de los danzantes están impregnados de significación, de la misma manera que los versos de un poema –palabras ubicadas una detrás de otra, aparentemente como todas las demás– poseen una significación que las hace poesía y no lenguaje o redacción común.

¿Podríamos imaginarnos la vida del ser humano sin danza? ¿Habría sido lo mismo la existencia colectiva? Desde luego que no. La danza hizo transitar los movimientos humanos de la inmovilidad o de la utilidad hacia los confines del arte: decir algo con el cuerpo, mostrarlo en movimiento mediante la creación de formas bellas, intensas, tremendas, interesantes. En general, todos los movimientos que el hombre y la mujer realizan individual y colectivamente poseen un significado, un contenido; de eso no cabe la menor duda. La mayor parte de esos movimientos persiguen un objetivo y son infinitos, inacabables. Pueden quedar, tarde o temprano, registrados y clasificados: salto, desplazamiento, golpe, arrebato, etc. Responden a una nomenclatura y se incorporan a códigos establecidos dentro de cada cultura, dentro de cada comunidad. Nadie puede negar, por ejemplo, el significado de los movimientos que un obrero realiza en una fábrica o que un campesino efectúa para preparar la tierra y sembrar la semilla; éstos, como las palabras de un idioma, responden a una nomenclatura: pueden emitirse sus definiciones y sus significados. Sin embargo, la significación –como la intensidad, la carga, el acento, el hálito en un poema– es el sentido que se le da o se le otorga a los movimientos de una secuencia o de una obra para que ésta sea, cabalmente, danza. La diferencia entre los movimientos que cualquier ser bello o bien dotado físicamente realiza a lo largo del día y los movimientos de un bailarín y una bailarina bien preparados radica en la conciencia del artista y del espectador de que esa significación existe , vive, late, sobreviene, está allí: son los movimientos de un cuerpo apto, capacitado para y por la danza, impregnados de significación, y no los movimientos habituales, espontáneos, inexpresivos o superficialmente bellos de una jornada de trabajo o de un deporte competitivo.

No obstante que la danza es un producto del ser humano, o sea, el resultado de un impulso natural, al mismo tiempo se deriva de la inventiva del hombre y de la mujer; se trata de un producto cultural. Es, ante todo, histórico, realizado por un ser humano concreto, particular, en un instante y un espacio precisos (lo registre alguien o no). Esto lo sabemos porque la significación existe. Incluso si un coreógrafo programa una danza carente de significación –como algunas obras de Merce Cunningham, artista estadunidense de la segunda mitad del siglo XX–, este proyecto es la significación de esa pieza de danza particular y es, por tanto, una obra de arte. Cuando hablamos de significación nos referimos a un elemento cultural, es decir que pertenece al ámbito de las acciones supraestructurales de la colectividad, acciones que el ser humano hace históricas. Se trata del otorgamiento de un sentido creativo , de arte, a un conjunto de formas. Todos los seres vivos poseen la capacidad del movimiento. Pero la danza es una acción privativa del ser humano, único ser en la naturaleza que puede impregnar sus movimientos de significación: el movimiento del cuerpo humano intensifica al acto, a la acción, y expresa lo que el ejecutante pretente por medio de su lenguaje dancístico.

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