—Probablemente. Pero, confía en mí… sería mejor dejarlo para mañana. Meterse en eso ahora solo nos mantendrá despiertas hasta tarde y arruinará mi sueño.
—Oh, esa clase de historias.
—Exactamente.
Terminaron sus copas de vino y pagaron sus cuentas. Camino de sus habitaciones, Kate pensó en la historia DeMarco acababa de contarle —de ese triste vislumbre de su pasado. Le hizo darse cuenta que sabía muy poco acerca de su compañera. Si tuvieran una relación de trabajo normal, viéndose casi todos los días en lugar de uno o dos cada cuantos meses, eso sería muy diferente. La hizo preguntarse si estaba haciendo lo que le correspondía para conocer en verdad a DeMarco.
Se separaron para entrar en sus respectivas habitaciones —la de DeMarco ubicada cruzando el pasillo con respecto a la de Kate —y esta sintió la necesidad de decir algo. Algo, para hacerle saber a DeMarco que apreciaba su disposición a abrirse.
—De nuevo, me disculpo por lo de anoche. Apenas me estoy dando cuenta de que no te conozco suficientemente bien como para tomar por ambas decisiones como esa.
—Está bien, de verdad —dijo DeMarco—. Debería haberte contado anoche acerca de eso.O
—Necesitamos hacer un esfuerzo por conocernos. Si una va a confiar su vida a la otra, eso es de alguna manera necesario. Quizás fuera del trabajo, en algún momento.
—Sí que sería bueno —DeMarco hizo entonces una pausa mientras abría su puerta—. Dijiste que estabas pensando algo… acerca del viejo caso. El caso Nobilini. Hazme saber si necesitas alguien con quien contrastar ideas.
—Lo haré —dijo Kate.
Dicho eso, entraron en las habitaciones, finalizado así la jornada. Kate se descalzó y fue directamente hasta su portátil. Mientras lo encendía, llamó al Director Durán. Como lo esperaba, él no contestó su teléfono, pero la línea fue redirigida a la asistente del director, una mujer de nombre Nancy Saunders. Kate introdujo una solicitud para que copias digitales de los archivos Nobilini fueran enviadas a su correo electrónico tan pronto como fuera posible. Ella sabía que DeMarco había traído algo de ese material, pero era lo más general del caso. Kate sentía la necesidad de volver a las particularidades del caso, hasta los detalles más menudos. Saunders prometió que lo haría, haciéndole saber que los tendría para las nueve en punto de la mañana siguiente.
Cass Nobilini, pensó Kate.
Había pensado en la mujer casi de inmediato, luego que Durán le mencionó la posible conexión. Había pensado en ella de nuevo al escuchar el llanto y los gemidos de Missy Tucker al llorar a su marido asesinado, y de nuevo mientras hablaba con los amigos de Jack Tucker.
Cass Nobilini, la madre de Frank Nobilini. la mujer que había encontrado insultante e impropio de parte de los medios insistir con lo del asesinato de su hijo, solo porque había trabajado en una ocasión como consejero financiero de gente popular en el Congreso. Kate sentía que había sido una tonta al pretender en algún momento que este caso no iba de alguna manera a llevarla de regreso a Cass Nobilini.
Fue este pensamiento el que permaneció con ella por el resto de la noche, quedando en el centro de su mente mientras se acostaba en la cama rendida de sueño.
***
Todavía podía ver la escena del crimen en su mente. El desgaste y la antigüedad del recuerdo lo hacía ver algo desdibujado, pero la bruma desaparecía siempre que soñaba con eso. En sus sueños, era tan claro como ver televisión.
Y lo vio esa noche, habiéndose dormido poco después de las nueve, aunque moviéndose y gimiendo un poco a medida que se aproximaba la medianoche.
La escena: Frank Nobilini, asesinado en el callejón y aún sosteniendo las llaves de su BMW. El caso eventualmente la había llevado a su hogar, una casa de cuatro habitaciones en Ashton. Ella había comenzado por el garaje, donde había percibido el débil olor de recortes de hierba producto de un reciente corte de césped. Había sentido como si estuviera en un lugar embrujado, como si el espíritu de Frank Nobilini estuviera por alli, esperándola. Quizás en el espacio vacío donde se suponía que estaba su BMW, aunque en ese tiempo, estaba en un estacionamiento a varias cuadras de donde fue hallado su cuerpo. El garaje estaba frío como una extraña tumba. Era una de un puñado de escenas de su pasado que siempre regresaban de la manera más vívida, por razones que ella nunca había comprendido.
No había habido pistas de ningún tipo en la casa, ni indicios de porqué alguien podría querer matarlo. Uno pensaría que quizás era por su muy bello auto, pero las llaves habían quedado en su mano. La casa estaba limpia, de manera casi inquietante. No había rastros de documentación, nada destacable en las libretas de direcciones o el correo. Nada.
En su sueño, Kate estaba parada allí, en el callejón. Estaba tocando la todavía pegajosa mancha de sangre en la pared, de la misma manera experimental que un niño podría usar para tocar una gota derramada de sirope en la mesa de la cocina. Se volvió y miró detrás de ella, pues quería ver el callejón, pero lo que vio fue el garaje de los Nobilinis. Como si hubiera sido invitada a entrar, subió por los escalones de madera que conducían a la puerta que comunicaba con la cocina. Se movía de la manera que solo los sueños permiten, fluidamente, casi siendo proyectada en lugar de mover sus piernas. De alguna manera terminó en el baño, mirando en la pared la gran instalación de ducha y bañera combinadas. Estaba llena de sangre. Algo se movía bajo la superficie, haciendo que las pequeñas burbujas subieran hasta la misma. Cuando una reventaba, salpicaba con mínimas gotas la porcelana de la pared.
Retrocedió, saliendo del baño hacia el pasillo. Allí, Frank Nobilini venía caminando hacia ella. Detrás de él, su esposa, Jennifer, simplemente observaba. Ella incluso hizo un gesto inofensivo con la mano para saludar a Kate mientras su difunto marido avanzaba tambaleante por el corredor. Frank caminaba casi como un zombie, lentamente y con un paso demasiado vacilante.
—Está bien —dijo alguien detrás de ella.
Se giró y vio a Cass Nobilini, la madre de Frank, sentada en el piso. Lucía cansada, derrotada… como si estuviera aguardando la espada del verdugo.
—¿Cass…?
—Tú nunca ibas a resolverlo. Estaba más allá de tu comprensión. Pero el tiempo… tiene una manera de cambiar las cosas, ¿no es así?
Kate se volvió hacia Frank, que aún avanzaba. Al pasar él junto a la puerta del baño, Kate vio que parte de la sangre se había salido de la bañera hacia el piso, derramándose hacia el corredor. Cuando Frank puso el pie en el mismo, produjo un sonido de chapoteo.
Frank Nobilini le sonrió y levantó su mano hacia ella —ligeramente podrida y manchada de negro. Kate retrocedió lentamente, levantando sus propias manos hasta su rostro, y dejando escapar un grito.
Despertó, sintiendo que el grito estaba atorado en su garganta.
Esa maldita casa. Ella nunca había comprendido porqué la inquietaba de esa manera. Quizás porque los gritos y gemidos de Jennifer Nobilini, en una casa de tanta perfección… le habían parecido surrealistas. Como algo salido de una artística película de horror.
Kate se incorporó hasta quedar sentada y lentamente se arrastró hasta el borde de la cama. Respiró profundo varias veces y miró el reloj: 1:22. La única luz en la habitación provenía de los números en el reloj de alarma y el débil resplandor de las luces de seguridad en el exterior, que apenas brillaban a través de las persianas cerradas.
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