Blake Pierce - Antes De Que Decaiga

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De la mano de Blake Pierce, el autor de los éxitos de ventas #1 ONCE GONE (un bestseller #1 con más de 1,200 críticas de cinco estrellas), llega ANTES DE QUE DECAIGA, el libro #11 en la emocionante serie de misterio de Mackenzie White.ANTES DE QUE DECAIGA es el libro #11 en la serie éxito de ventas Mackenzie White, que comienza con ANTES DE QUE MATE (Libro #1), ¡una descarga gratuita con más de 500 críticas de cinco estrellas!La agente especial del FBI Mackenzie White, embarazada de seis meses, cancela su boda formal con Ellington y deciden fugarse para casarse por su cuenta. Durante su luna de miel, consiguen por fin disfrutar de algo de tranquilidad en común, y entonces reciben una llamada sobre un caso urgente: parece que un asesino en serie está estrangulando a mujeres a toda velocidad en la zona de D.C. Y lo más perturbador de todo es que este asesino es tan meticuloso que no deja ni un solo rastro.A Mackenzie se le ocurre una teoría radical sobre quién puede ser el asesino, pero mantenerla puede poner en peligro su trabajo, y su propia vida. En el juego del gato y el ratón más intenso en el que jamás se haya encontrado, tiene que pelear para conservar a su bebé y su salud mental frente a un psicópata diabólico, su propia agencia, y la cacería más importante de su vida.A pesar de su inteligencia, puede que sea demasiado tarde para que salve a sus próximas víctimas, o a sí misma.Un thriller de suspense psicológico de ritmo trepidante con personajes inolvidables y suspense que acelera el corazón, ANTES DE QUE DECAIGA es el libro #11 de una nueva serie, con un nuevo personaje cautivador, que le tendrá pasando páginas hasta altas horas de la noche. ¡Y el libro #12 también está disponible!También de Blake Pierce, está disponible ONCE GONE (Un Misterio con Riley Paige—Libro #1), un bestseller #1 con más de 1200 críticas de cinco estrellas, ¡y una descarga gratuita!

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“¿Y ahora qué?”, preguntó Ellington.

“Sólo hay dos de ellos”, dijo. “Veamos si podemos comprobar sus antecedentes y ver si hay algo que nos alerte”.

Ellington asintió, sonriendo ante su pensamiento veloz. Él la escuchó mientras ella enviaba la solicitud de información. Mackenzie podía sentir sus ojos revoloteando sobre ella de vez en cuando, con su mirada atenta y considerada.

“¿Cómo te sientes?”, le preguntó Ellington.

Mackenzie sabía lo que él quería decir, que se estaba desviando del caso y preguntándole por el bebé. Ella se encogió de hombros, viendo que no tenía sentido mentirle. “Todos los libros dicen que las náuseas deberían terminar pronto, pero no me lo creo. Ya las sentí un par de veces hoy. Y, si te soy sincera, estoy bastante cansada”.

“Entonces tal vez necesites volver a casa”, dijo. “Odio sonar como la clase de marido dominante, pero... bueno, realmente preferiría que ni tú ni mi bebé sufrierais ningún daño”.

“Ya lo sé, pero esto se trata de una serie de asesinatos en un campus universitario. Dudo que se ponga peligroso. Probablemente es sólo un tipo con mucha testosterona que se excita matando mujeres”.

“Me parece justo”, dijo Ellington. “Pero, ¿serás honesta conmigo y me dirás si empiezas a sentirte débil o demasiado cansada?”

“Sí. Lo haré”.

La miró con desconfianza, aunque juguetonamente, como si no estuviera seguro de si debía confiar en ella. Luego se acercó y le tomó la mano mientras se dirigían hacia el centro de la ciudad para buscar un hotel para pasar la noche.

***

Apenas habían tenido tiempo de instalarse en su habitación cuando sonó el teléfono de Mackenzie. Ignorando el número desconocido, lo contestó de inmediato. Podía sentir el tictac del reloj que McGrath había puesto sobre ellos, marcando cada segundo. Sabía que, si esto no se resolvía para cuando las clases comenzaran la próxima semana, en sólo cinco días, a decir verdad, sería cada vez más difícil terminar una vez todos los estudiantes estuvieran de vuelta.

“Al habla la agente White”, dijo ella, respondiendo a la llamada.

“Agente White, soy Charles McMahon, asesor académico de la Universidad Queen Nash. Te estoy devolviendo un mensaje que me dejaste”.

“Genial, gracias por la urgencia. ¿Estás en la universidad ahora mismo?”.

“No. Tengo un montón de trabajo ahora mismo, así que redirigí todo mi correo de voz de la oficina a mi teléfono personal”.

“Oh, ya veo. Bueno, me preguntaba si podría responder algunas preguntas sobre un asesinato reciente”.

“¿Asumo que es sobre Jo Haley?”.

“Lo cierto es que no. Ha habido otro asesinato, hace dos días. Otra estudiante de Queen Nash. Una joven llamada Christine Lynch”.

“Eso es terrible”, dijo, sonando genuinamente sorprendido. “¿Es... bueno, con dos mujeres en tan poco tiempo... crees que hay una pauta? ¿Un asesino en serie?”.

“Aún no lo sabemos”, dijo Mackenzie. “Esperábamos que pudieras rellenar los huecos. Vi en el sitio web de la universidad que sólo hay dos asesores académicos para el departamento de ciencias políticas, y que tú eres uno de ellos. También sé que tanto Jo Haley como Christine Lynch compartían el mismo asesor. ¿No serás tú por casualidad?”.

Se escuchó una risita nerviosa y tensa de McMahon al otro lado del teléfono. “No. Y de hecho, esa es una de las razones principales de que tenga asignado tanto trabajo en este momento. El otro asesor académico de nuestro departamento, William Holland, dejó su puesto unos tres días antes de las vacaciones de invierno. Ahora me encargo de la mayoría de sus estudiantes... y probablemente me tenga que encargar de todo ello hasta que encuentren un sustituto. Tenemos un asistente que me ayuda cuando lo necesito, pero he estado muy ocupado”.

“¿Tienes alguna idea de por qué renunció Holland?”.

“Bueno, hubo rumores de que se había involucrado con una estudiante. Hasta donde yo sé, nunca hubo ninguna prueba que sustentara esto, así que pensé que era sólo un rumor. Entonces, cuando simplemente renunció, así sin más, hizo que me preguntara si había algo de cierto en todo ello”.

Sí, eso hace que yo también me lo pregunte, pensó Mackenzie.

“Por lo que usted sabe, ¿hizo alguna vez algo más que pudiera haber sido turbio? ¿Era el tipo de hombre que se sorprendía con noticias como ésta?”.

“No puedo responder con certeza. Quiero decir.... solamente lo conocía porque trabajábamos juntos, pero no lo conocía mucho fuera del trabajo”.

“¿Así que voy a asumir que no tienes ni idea de dónde puede vivir?”.

“Lo siento, no”.

“Ya que lo tengo.... señor McMahon, ¿cuándo fue la última vez que habló con Jo o Christine?”.

“Nunca hablé con ellas. Me asignaron a ambas cuando me entregaron los estudiantes de Holland, pero la única vez que me comuniqué con ellas fue por medio de un correo electrónico masivo que se envió a todos los estudiantes afectados”. Se detuvo aquí y añadió: “Sabes qué, dada la naturaleza de todo lo que ha sucedido, probablemente podría conseguir la dirección de Holland para ti. Sólo necesito hacer unas llamadas”.

“Te lo agradecería”, dijo Mackenzie. “Pero no lo necesitamos. También yo puedo conseguir esa información. Pero muchas gracias por tu tiempo”.

Dicho eso, Mackenzie terminó con la llamada. Ellington, sentado al borde de la cama con un zapato quitado y el otro puesto, había estado escuchando todo el tiempo.

“¿Quién es Holland?”, preguntó.

“William Holland”. Le contó a Ellington de lo que se había enterado gracias a su breve conversación con McMahon. Al hacerlo, también se sentó al borde de la cama. No se dio cuenta de lo cansada que estaba hasta que se le cayeron los pies del suelo.

“Haré una llamada para obtener su información”, dijo. “Si trabaja en la universidad, es muy probable que viva por aquí”.

“Y si es nuestro hombre”, dijo Mackenzie, “probablemente mi llamada y el mensaje que he dejado le han asustado”.

“Entonces supongo que tenemos que movernos con rapidez”.

Mackenzie asintió con la cabeza y se dio cuenta de que había vuelto a poner su mano sobre su estómago. Ahora era algo casi habitual, como alguien que se muerde las uñas o se golpea los nudillos con nerviosismo.

Hay vida aquí dentro, pensó ella. Y esta vida, si los libros son correctos, está sintiendo las mismas emociones que yo siento. Está sintiendo mi ansiedad, mi felicidad, mis miedos....

Mientras escuchaba a Ellington buscando una dirección física para William Holland, Mackenzie se preguntó por primera vez si había cometido un error al ocultarle el embarazo a McGrath. Tal vez estaba tomando un gran riesgo al seguir como agente en activo, en el campo.

Una vez que este caso termine, se lo diré, pensó ella. Me centraré en el bebé y en mi nueva vida, y-

Aparentemente, sus pensamientos habían captado toda su atención, porque Ellington la estaba mirando ahora, como si esperara una respuesta.

“Lo siento”, dijo ella. “Estuve en Babia durante un minuto”.

Ellington sonrió y le dijo: “Está bien. Tengo la dirección de William Holland. Vive aquí en la ciudad, en Northwood. ¿Te apetece hacerle una visita?”.

Si era honesta, lo cierto es que no le apetecía. El día no había sido demasiado agotador, pero al meterse de lleno en un caso después de un viaje a Islandia y de no haber dormido mucho en las últimas treinta y seis horas, todo esto estaba empezando a afectarla. Mackenzie también sabía que el bebé que crecía dentro de ella estaba absorbiendo parte de su energía y pensar en eso la hacía sonreír de verdad.

Además, aunque el tipo fuera digno de interrogarlo o de ponerlo bajo custodia, probablemente no tardarían tanto. Así que puso su mejor cara y se levantó.

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