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Era la 1:05 de la mañana cuando por fin reservaron una habitación de motel. Aunque Mackenzie estaba cansada, también se sentía activada por el puzle que planteaban la muñeca y la pequeña tetera. Una vez en la habitación, se tomó un momento para quitarse la ropa de trabajo y ponerse una camiseta y unos pantalones de deporte. Encendió su portátil mientras Ellington también se ponía algo de ropa más cómoda. Entró a su cuenta de email y vio que McGrath había encargado a alguien que les enviaran todos y cada uno de los archivos que tuvieran sobre el caso de Salem, Oregón, de los asesinatos en consignas de almacén de hace ocho años.
“¿Qué estás haciendo?”, preguntó Ellington al tiempo que se ponía a su lado. “Ya es tarde y mañana va a ser un día muy largo.”
Ignorándole, le preguntó: “¿Había algo en los casos de Oregón que apuntara a algo como esto? ¿A una muñeca, una tetera… lago por el estilo?”.
“Sinceramente, no me acuerdo. Como dijo McGrath, solo me encargué de hacer limpieza. Interrogué a unos cuantos testigos, ordené los informes y el papeleo. Si hubo algo como eso, no destacó. No estoy preparado para decir que ambos casos estén vinculados. Sí, son chocantemente similares, pero no idénticos. Aun así… puede que no venga mal investigarlo en algún momento. Quizá reunirnos con el departamento de policía de Salem para ver si alguien que estuviera más cerca del caso se acuerda de algo como esto”.
Mackenzie confiaba en su palabra, pero no pudo evitar escanear varios de los archivos antes de entregarse a su necesidad de descanso. Sintió cómo Ellington reposaba la mano en su hombro y entonces, sintió el rostro de él junto al suyo.
“¿Soy muy vago si me voy a dormir?”.
“No. ¿Y yo soy demasiado obsesiva si no lo hago?”.
“No. Tú solo estás siendo de lo más devota a tu trabajo”. Le besó en la mejilla y después se tiró en la cama individual que había en la habitación.
Se sentía tentada de unirse a él, no para ninguna actividad extracurricular, sino simplemente para disfrutar de algo de sueño antes del frenético ritmo que les iba a traer el día siguiente. Pero le parecía que tenía que encontrar al menos algunas piezas potenciales más del puzle, incluso aunque estuvieran enterradas en un caso de hace ocho años.
A primera vista, no había nada que encontrar. Había habido cinco asesinatos, todos los cuerpos fueron hallados en unidades de almacenamiento. Una de las unidades tenía entre sus contenidos unas tarjetas de béisbol por valor de más de diez mil dólares, y otra contenía una colección macabra de armamento medieval. Se había interrogado a siete personas en conexión con las muertes, pero ninguna de ellas había sido condenada. La teoría con la que habían trabajado la policía y el FBI era que el asesino estaba secuestrando a sus víctimas y después forzándolas a abrir sus unidades de almacenamiento. En base a los informes originales, no parecía que el asesino estuviera llevándose nada de las unidades, aunque obviamente era imposible estar seguro de esto.
Por lo que podía ver Mackenzie, no hubo ningún objeto peculiar que se colocara en las escenas. Los archivos contenían fotografías de las escenas del crimen y de las cinco víctimas, tres de las unidades de almacenamiento se encontraban en un estado caótico, sin haber visto jamás el toque obsesivamente organizado de alguien como Elizabeth Newcomb.
Dos de las imágenes de las escenas del crimen eran sorprendentemente claras. Una era de la escena de la segunda víctima, y la otra de la quinta. Ambas unidades se habían hallado en un estado que Mackenzie consideraba caos organizado; había montones de cosas por aquí y por allá, pero las había puesto juntas al azar.
Examinando la fotografía de la segunda escena del crimen, Mackenzie escudriñó el fondo, ampliando todo lo que podía sin provocar que la pantalla se pixelara. Cerca del centro de la habitación, encima de tres cajas precariamente apiladas, pensó que había visto algo de interés. Parecía una jarra de algún tipo, quizá algo donde poner agua o limonada. Estaba apoyada en lo que parecía ser un plato de alguna clase. Aunque había otros objetos al azar fuera de las cajas, parecía que hubieran colocado estas en el mismo centro de la habitación.
Miró fijamente la imagen hasta que le empezaron a doler los ojos y todavía no estaba segura de qué es lo que estaba mirando. A sabiendas de que podía no resultar en nada, abrió la página de redactar un email para enviárselo a dos agentes que sabía actuarían rápida y eficazmente, dos agentes a quienes, pensó distraída, Ellington y ella tenían que invitar a su boda: los agentes Yardley y Harrison.
Adjuntó los archivos que había recibido al email y escribió un mensaje rápido: ¿podría alguno de vosotros investigar los archivos de estos casos y ver si hubo alguien que acabara tomando un inventario de lo que había dentro de las unidades de almacenamiento? A lo mejor podéis hablar con los propietarios de las instalaciones de almacenamiento.
Sabiendo que quedaba muy poco por hacer, Mackenzie se permitió finalmente irse a la cama. Como estaba tan cansada y el día se le vino encima como una bola de nieve, se había quedado dormida en menos de dos minutos después de recostar su cabeza en la almohada.
Incluso cuando resurgió la tenebrosa visión de la muñeca del almacén de Elizabeth Newcomb dentro de su mente, se las arregló para ignorarla, por su mayor parte, y meterse en un sueño profundo.
A Mackenzie no le sorprendió lo más mínimo despertarse a las 6:30 para encontrarse con que el agente Harrison ya le había contestado. Era prácticamente un gurú de la investigación y había aprendido deprisa a navegar entre archivos, carpetas, y copiosas cantidades de datos. Su email contenía dos archivos adjuntos y un mensaje directo, típico de él.
Los dos documentos que adjunto son de los inventarios que realizó el FBI. Estos son todo lo que tenemos porque las familias de las otras víctimas rechazaron las solicitudes del bureau de examinar las posesiones almacenadas. El quinto falta porque el propietario de la instalación subastó los contenidos a los tres días de su muerte. Parece algo cruel que hacer, pero la víctima no tenía ningún familiar que viniera a recorrer sus posesiones.
Espero que esto sirva de ayuda. Dime si necesitas algo más específico.
Mackenzie abrió los archivos adjuntos y se encontró con una lista muy simplificada preparada en un sencillo documento de Word. El primero tenía siete páginas. El segundo tenía treinta y seis páginas. El documento más largo era un inventario de una consigna que pertenecía a Jade Barker. El nombre hizo clic al instante en la mente de Mackenzie, sacó las imágenes de las escenas del crimen de los documentos originales y vio que el más caótico había sido el de Jade Barker, el mismo con el posible plato y jarra colocados directamente en el centro de la imagen.
Mackenzie hizo una búsqueda rápida a través de todo el documento y encontró los dos artículos listados en la página dos.
Jarra de juguete.
Plato de juguete de plástico.
Detrás suyo, Ellington se estaba vistiendo. Mientras se abrochaba la camisa, se acercó a ella y miró la pantalla. “Diablos”, dijo. “Hacen lo que haga falta por ti, ¿no es cierto?”.
“Sí que lo hacen”, dijo ella, señalando los dos artículos. Entonces pensó algo durante un instante antes de preguntar: “¿Dónde exactamente está Salem, Oregón?”.
“Al norte del estado. No estoy seguro de dónde”. Se detuvo, le miró con fingida irritación, y suspiró. “¿Estás pensando en irte a pasar el día?”.
“Creo que puede que merezca la pena. Me gustaría echarles un vistazo a las escenas y quizá hablar con algunos familiares de las víctimas”.
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