Emily asintió de mala gana. No sabía si llegaría a cumplir esos diez años. Sólo había considerado el hostal a corto plazo, y ahora parecía que Cynthia quería que invirtiera de verdad en él, que lo convirtiese en algo a largo plazo y sostenible. Empezaba a sonar caro, y Emily no podía permitirse nada caro. Aun así la escuchó con paciencia mientras Cynthia continuaba con las críticas.
―No pongas lirios; hacen pensar a la gente en funerales. Y oh, por Dios, eso tendrá que ir en otro sitio. ―Estaba mirando el gallinero por la ventana―. A todo el mundo le gustan los huevos de granja, ¡pero no ver a esos sucios bichos que los ponen!
Para cuando se fue, Emily se sentía peor que antes. Volví a sentarse en el porche, examinando la lista de cosas que Cynthia le había dejado para que hiciese. En aquel momento Daniel llegó a casa, subiendo por el camino de grava hacia ella.
―No tienes ni idea de lo mucho que me alegro de verte ―dijo Emily alzando la vista―. Mi día ha empezado a ser un asco nada más salir de la cama.
Daniel se sentó junto a ella en el porche.
―¿Y eso?
Emily le relató la historia con el señor Kapowski, cómo Lola y Lolly habían fracasado en lo único que se suponía que debían hacer, le habló de los bonitos zapatos que había echado a perder corriendo entre los excrementos de gallina y del beicon quemado, y terminó con la marcha del señor Kapowski y con las críticas de Cynthia.
―Y ahora respira ―le dijo Daniel con una sonrisita cuando hubo acabado.
―No te rías de mí. ―Emily hizo un mohín―. Ha sido un día muy difícil y me vendría bien tu apoyo.
Daniel se rió entre dientes.
―Algún día recordarás todo esto y verás el lado divertido. Me refiero a en cuanto todo esto haya pasado y manejes el hostal con más éxito de todo Maine.
―Dudo que eso llegue a pasar ―dijo Emily, abandonándose todavía más a su humor sombrío. Ni siquiera lograba imaginar que su hostal se convirtiera en un éxito, y no estaba ni segura de ir a poder mantenerlo abierto a corto plazo―. Lo peor es que sé que los dos tienen razón ―añadió―. Esto no se me da lo bastante bien. Y tengo que hacer todos los cambios que ha sugerido Cynthia. El hostal que manejó de joven era el mejor de Maine; sería una idiota de no acepto sus consejos.
―¿Cuánto habría que hacer? ―preguntó Daniel.
―Mucho. Cynthia dice que debo tener listas otras dos habitaciones cuanto antes mejor y que tienen que estar decoradas en otros colores y tener precios distintos para que los huéspedes sientan que pueden elegir, sentir que tienen el control. Dice que lo más seguro es que la gente se decida por la habitación que tenga el precio medio; no querrán parecer tacaños frente a sus parejas, pero siempre habrá alguien que elegirá siempre lo más barato y otros que elegirán siempre lo más caro.
―Guau ―dijo Daniel―. No me había dado cuenta de que hubiese que planificarlo todo tanto.
―Yo tampoco ―repuso Emily―. Me he metido en todo esto a ciegas. Pero quiero hacer que funcione.
―¿Y qué tienes que cambiar? ¿Cuánto tiempo llevará?
―Pues casi todo ―contestó de mal humor―. Y tengo que hacerlo tan pronto como sea posible. Esto me costará el resto de mis ahorros. He hecho cálculos y sólo me quedará suficiente para mantener el hostal abierto hasta el cuatro de julio. Así que un mes.
Notó al instante el cambio en el lenguaje corporal de Daniel, el modo en que se apartaba casi de manera imperceptible de ella. Era muy consciente de que acababa de poner un límite temporal a su romance además de a su negocio, y parecía que Daniel ya empezaba a poner espacio entre ellos, aunque no fueran más que unos centímetros.
―¿Y qué vas a hacer? ―le preguntó.
―Voy a ir a por todas ―contestó ella con decisión.
Daniel sonrió y asintió.
―¿Por qué hacerlo sólo a medias?
La rodeó con el brazo y Emily se apoyó contra él, aliviada de que hubiese vuelto a hacer desaparecer una vez más la distancia entre ellos. Pero no iba a olvidar fácilmente cómo se había apartado.
Había puesto en marcha la cuenta atrás en su relación, y el tiempo corría.
―Esta cómoda sería perfecta para la habitación pequeña ―dijo Emily, pasando los dedos sobre la cómoda de pino mientras miraba a Daniel.
El corazón se le aceleró al enamorarse, como siempre hacía, de los tesoros que se ocultaban en la tienda de antigüedades de Rico. Notó cómo Daniel también se entusiasmaba mientras miraba el mueble; el que aquel fuera su lugar favorito para tener citas era todo un extra.
Ambos disfrutaban de la excitación de descubrir objetos raros y exóticos para el hostal, pero también les encantaba la infinita fuente de entretenimiento que era el anciano olvidadizo. Aunque la memoria a corto plazo de Rico no era de fiar, su capacidad para recordar el pasado no tenía parangón, y a menudo se lanzaba a explicar anécdotas inesperadas sobre la gente del pueblo, o daba lecciones de historia sobre Sunset Harbor mismo. A menudo a todo aquello también se sumaba Serena, quien, a pesar de ser quince años más joven que Emily, ésta consideraba una buena amiga.
En aquel momento Emily alzó la vista y vio un exquisito espejo de tocador con marco dorado.
―Oh, y eso también iría a la perfección.
Se abrió paso por la tienda, con Daniel siguiéndola mientras saltaba de un guardarropa al siguiente. Emily iba apuntando los precios y los números de las etiquetas de todo aquello que le interesaba, así al final podría darle la lista a Rico. Después de todo estaba haciendo bastantes compras, y lo mejor sería no confundir al pobre hombre.
―¿Qué tal esto? ―le preguntó a Daniel, mirando una gran cama con dosel―. Cynthia dijo que las camas tienen que ser más grandes. Que tengo que conseguir que mis huéspedes se sientan como de la realeza.
Daniel cruzó la tienda desde donde había estado examinando algunos bebederos de piedra para pájaros y se detuvo junto a ella.
―Guau. Quiero decir, sí, desde luego tus huéspedes se sentirán como de la realeza si duermen en eso. Es gigantesca. ¿Ya cabrá?
Emily sacó la cinta de medir y empezó a tomar notas de las dimensiones de la cama, consultando después el diagrama que llevaba en el bolsillo. Había escrito el tamaño de todo para asegurarse de que sólo compraba muebles que encajarían a la perfección en las habitaciones. Su plan era ceñirse inicialmente a la renovación de las otras dos habitaciones, invirtiendo todo el dinero que le quedaba en conseguir que fueran todo lo perfectas posible, y después pasaría rápidamente a ocuparse de las otras veinte habitaciones en cuanto el dinero de las primeras tres empezase a fluir, con lo que cubriría el lado más barato del mercado.
―¡Sí, encajaría en la suite nupcial! ―Sonrió de oreja a oreja. Aquella preciosa cama la estaba entusiasmando. La sencilla idea de poseerla y ponerla en una de sus habitaciones provocaba toda una avalancha de emociones.
Daniel miró la etiqueta con el precio.
―¿Has visto lo cara que es?
Emily se inclinó y leyó la etiqueta.
―En el siglo quince perteneció a un noble noruego ―leyó en voz alta―. Claro que va a ser cara.
Daniel le dirigió una mirada perpleja.
―¿Y por qué no te preocupa? La Emily que conozco ya estaría hiperventilando.
―Ja, ja ―repuso ella con sequedad, aunque sabía que Daniel estaba diciendo la verdad. Era una de esas personas que siempre estaban preocupándose, pero en aquella ocasión algo había cambiado. Quizás fuera el tiempo que corría en su contra, el modo en que se avecinaba la campana que marcaría el final o cómo la arena caía en el reloj de su relación, pero había algo en aquella finalidad que le había hecho deshacerse de las precauciones―. Hay que gastar dinero para ganar dinero, ¿no? ―dijo con audacia―. Si me pongo a escatimar ahora, acabaré pagándolo más adelante. El hostal implosionará.
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