―Gracias, Rico ―dijo sin respiración, y le dio un beso al anciano en la mejilla arrugada―. No sé cómo agradecértelo.
Rico sonrió de oreja a oreja con una sonrisa que lo decía todo.
Emily se sintió como una niña mientras se apresuraba a la parte trasera de la tienda de antigüedades en busca de Daniel.
―¡Rico me ha dado un descuento de la mitad del precio! ―exclamó en cuanto llegó hasta él.
Daniel pareció asombrado.
―Eso es genial ―dijo.
―Venga ―continuó Emily, impaciente de golpe―. Vamos a sacar todo esto de aquí y a empezar a arreglar el hostal.
Daniel se rió.
―Nunca había visto a nadie tan ansioso por poner punto final a una cita.
―Lo siento ―se disculpó Emily, sonrojándose―. Es sólo que hay tantas cosas que hacer y preparar para cuando llegue Jayne.
―¿Quién es Jayne? ―preguntó Daniel―. No me habías dicho que tenías otra reserva. ―Pareció entusiasmado por ella, aunque algo sorprendido.
Emily se rió.
―Oh, no es eso. Jayne es una vieja amiga de Nueva York.
Daniel se vio súbitamente incómodo. Ya se había sentido juzgado cuando Amy se había pasado de visita, y se sentía bastante reacio a conocer a más de sus amistades.
―Vale ―dijo en un susurro apagado.
―Es muy agradable ―lo tranquilizó Emily―. Y le caerás genial. ―Lo besó en la mejilla.
―Eso no puedes saberlo ―argumentó Daniel―. Nunca se sabe; la gente se cae mal por nada todo el tiempo. Y tampoco es que yo sea el tipo más amigable del mundo.
Emily le abrazó el cuello y frotó la nariz contra la suya.
―Te prometo que te amará, y lo sé porque yo te amo. Así es como son las cosas con las mejores amigas.
No se dio cuenta hasta que acabó de hablar de que había dicho la palabra clave. Le había dicho a Daniel que lo amaba. Se le había escapado sin más, pero no se sintió incómoda ni nerviosa por haberlo dicho. De hecho, le había parecido lo más natural del mundo, pero fue muy consciente de que Daniel no le contesto del mismo modo y se preguntó si se había apresurado demasiado.
Siguieron en aquella posición un rato más, abrazándose en silencio en la penumbra de la tienda de antigüedades mientras Emily reflexionaba sobre el silencio de Daniel.
*
El cielo empezaba a oscurecerse para cuando descargaron las pesadas camas con dosel nuevas de la camioneta de Daniel y las cargaron hasta las habitaciones. Dedicaron las siguientes horas a montarlas y a organizar las habitaciones sin que ninguno de ellos comentase las palabras que se habían intercambiado en la tienda de Rico.
A medida que el cielo iba volviéndose negro, Emily empezó a sentir que la casa se convertía en un hostal de verdad, como si ahora estuviese más comprometida con la idea. En muchos sentidos había alcanzado un punto de no retorno, y no era sólo con el hostal, sino también en cuanto a sus sentimientos con Daniel. Lo amaba, amaba el hostal, y en su mente no cabía la más mínima duda sobre ninguna de aquellas cosas.
―Creo que deberíamos pasar la noche en mi casa ―anunció Daniel cuando el reloj anunció la medianoche.
―Claro ―accedió Emily, algo sorprendida. Nunca había pasado la noche en la casa cochera de Daniel, y se preguntó si se trataba de un intento por parte de éste de mostrar su compromiso con ella después de haber fallado en decirle que la quería.
Cerraron el hostal con llave y cruzaron el jardín hacia la pequeña cochera de Daniel, que se erguía entre las sombras. Daniel abrió la puerta e invitó a Emily a entrar.
Emily siempre se sentía mucho más joven cuando estaba dentro de aquella casa; había algo en la extensa colección de vinilos y libros que la intimidaba. Aprovechó el momento para analizar las estanterías, observando todos los textos académicos que poseía Daniel. De psicología, de fotografía; tenía libros sobre tantos temas. Y, para gran diversión de Emily, todos aquellos libros académicos de aspecto tan intimidatorio aparecían rodeados de novelas negras baratas.
―¡No puede ser! ―exclamó―. ¿Lees a Agatha Christie?
Daniel simplemente se encogió de hombros.
―Leer de vez en cuando a Agatha no tiene nada de malo. Se le da muy bien contar historias.
―¿Pero sus libros no están enfocados a mujeres de mediana edad?
―¿Por qué no lees uno y me cuentas? ―le repuso Daniel con descaro.
Emily lo golpeó con uno de los cojines.
―Cómo te atreves. ¡Tener treinta y cinco años no es ser de mediana edad!
Se rieron mientras Daniel forcejeaba con Emily hasta tumbarla en el sofá, haciéndole cosquillas sin misericordia y consiguiendo que Emily chillase y lo golpease con los puños. Ambos cayeron agotados en una amalgama de extremidades mientras las risitas de Emily iban apagándose. Jadeó, recuperando el aliento y rodeando a Daniel con los brazos antes de pasarle los dedos por el pelo. La actitud juguetona de los dos desapareció, volviéndose más seria.
Daniel se apartó para mirarla a la cara.
―Eres preciosa, sabes ―dijo―. No estoy seguro de si te lo digo lo suficiente.
Emily podía leer entre líneas. Daniel se refería a lo que había pasado antes, al hecho de que no le había respondido que la amaba, y ahora estaba intentando arreglarlo haciéndole cumplidos. No era lo mismo, pero se alegró de oírlo de todos modos.
―Gracias ―musitó―. Tú tampoco estás nada mal.
Daniel sonrió con suficiencia, dedicándole aquella sonrisa torcida que Emily tanto apreciaba.
―Me alegro tanto de haberte conocido ―continuó Daniel―. Mi vida resulta casi incomprensible en comparación con la que llevaba antes de ti. Le has dado la vuelta a todo.
―Espero que eso sea en el buen sentido.
―En el mejor de los sentidos ―la tranquilizó Daniel.
Emily notó cómo se le sonrojaban las mejillas. A pesar de lo mucho que disfrutaba oír decir a Daniel aquellas palabras seguía sintiéndose algo tímida, y todavía dudaba un poco de cómo encajaban y de lo mucho que podía permitirse acercarse a él considerando lo mucho que pendía en el aire todo lo relacionado con el hostal.
A Daniel pareció costarle pronunciar lo siguiente que quería decir. Emily lo observó con paciencia, animándolo con una mirada.
―No sé qué haría si te fueras ―dijo al fin―. No, sí que lo sé. Conduciría hasta Nueva York para volver a estar contigo. ―La cogió de la mano―. Lo que intento decir es que te quedes conmigo. ¿Vale? Sea donde sea, haz que sea conmigo.
Sus palabras emocionaron a Emily profundamente. Estaban cargadas de tanta sinceridad, de tanta ternura. No era amor lo que comunicaban, sino otra cosa, algo parecido o al mismo significativo. Era un deseo de estar con ella sin importar lo que ocurriese con el hostal. Daniel estaba haciendo desaparecer la cuenta atrás y diciendo que no le importaba si Emily no conseguía que el negocio despegase para el cuatro de julio. Él seguiría con ella.
―Lo haré ―contestó, mirándolo con adoración―. Podemos seguir juntos sin importar lo que pase.
Daniel se inclinó y la besó con fuerza. Emily sintió cómo su cuerpo se caldeaba en respuesta a él y el calor entre ellos se intensificó. Entonces Daniel se puso en pie y le tendió la mano, y Emily se mordió el labio antes de aceptarla, siguiéndolo con una ansiosa anticipación mientras la llevaba hacia el dormitorio.
Aquella cita había sido exactamente lo que necesitaban tanto Emily como Daniel. A veces los dos se veían completamente engullidos por el trabajo en el hostal que resultaba fácil dejar escapar aquellas cosas, así que a ninguno les sorprendió cuando no se despertaron con la alarma de las ocho de sus despertadores. Emily en concreto tenía mucho sueño que recuperar.
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