―Eso es un poco dramático ―dijo Daniel riéndose―. Pero entiendo a lo que te refieres. Tienes que hacer ahora la inversión, sentar las bases.
Emily respiró profundamente.
―Vale, de acuerdo. Estoy lista ahora que te tengo de mi lado.
La idea de gastar todo el dinero de sus ahorros y de acabar haciendo equilibrios tan cerca de la bancarrota no era algo que le apeteciera hacer. Ella nunca había sido así, nunca había sido impulsiva; normalmente era cuidadosa y lo consideraba todo, midiendo los pros y los contras de todas las situaciones antes de comprometerse, o al menos así había sido antes de que dejase dramáticamente su trabajo, su apartamento y su novio en Nueva York y saliera huyendo a Maine. Quizás fuera más impulsiva de lo que había creído. O quizás fuera un rasgo que empezaba a salir a la luz a medida que envejecía. ¿Era así como Cynthia había acabado siendo tan excéntrica? ¿Había añadido más colores luminosos a su guardarropa con cada año que pasaba y se había ido tiñendo el pelo de tonos cada vez más extraños? A pesar de lo mucho que quería a su amiga, Emily no pudo evitar estremecerse ante la idea de convertirse en ella.
Obligó a su mente a dejar de buscar comparaciones entre sí misma y la anciana y volvió a centrarse en la tarea que tenía entre manos.
―Supongo que voy a comprarla ―le dijo a Daniel, casi deseando en silencio que él le dijera que no, que le diese una excusa para no hacerlo.
―Genial ―fue toda la respuesta de éste.
En aquel momento se acercó Rico.
―Ellie ―la saludó con una gran sonrisa―. Qué placer verte. ―Al anciano siempre le costaba recordar su nombre.
―Hola, Rico ―contestó Emily―. ¿Tienes más camas con dosel como ésta? ―Recordó la habitación oculta que Rico le había enseñado, el lugar en el que guardaba las piezas más grandes y a menudo más caras que no le resultaba fácil mover. Aquella sala contenía tesoros en abundancia, incluso más de los que había habido en la enorme mansión de su padre.
―Por supuesto ―dijo Rico, dándole una palmadita en el brazo con una mano marchita―. Están atrás. ¿Sabes dónde es?
Emily asintió. Rico les había enseñado a Daniel y a ella el pasillo secreto varios días antes.
―En ese caso, ves a echar un vistazo ―la invitó el anciano―. Confío en ti.
Emily sonrió para sí, preguntándose cómo podía confiar en ella cuando ni siquiera recordaba su nombre. Daniel y ella se adentraron en el pasillo sinuoso y mal iluminado y entraron en la enorme habitación trasera. Al igual que la última vez que había estado allí, Emily se quedó casi sin aliento por el frío y se vio superada por el puro tamaño de la sala. Era como entrar en una cueva o una caverna. Tembló y se abrazó a sí misma. Daniel se percató del gesto y la acercó más a él, y su calidez le resultó reconfortante.
Se adentraron en la sala, pasando junto a armarios y aparadores, escritorios y guardarropas.
―Narnia, allá voy ―bromeó Emily, abriendo las puertas de un guardarropa de madera especialmente ornamentada antes de apuntar el precio y el número en su lista.
Por fin llegaron al rincón donde se acumulaban todas las camas.
―Mira ―dijo Emily, mirando una gran cama con dosel de madera oscura. Habían tallado cada uno de los postes para que pareciesen los árboles originales, y el efecto era casi sobrenatural―. Esto es exactamente lo que necesito. Una más así y las habitaciones más caras serán puro lujo, ¿no te parece?
Daniel parecía particularmente interesado en aquella cama.
―Está muy bien hecha. Quiero decir, se nota por lo bien que ha soportado el paso del tiempo, pero también por el acabado y por cómo usaron un barniz que mejor encajaba con el efecto de madera natural. ―Parecía enamorado, aunque nada más pronunciar aquellas palabras se distrajo al instante con otra de las camas―. ¡Emily, deprisa, mira ésta!
Emily se rió cuando Daniel le tiró de la mano para enseñarle otra cama ricamente decorada. Aquella tenía un barniz más pálido y casi parecía salida de una cabaña de troncos de Islandia. Había patrones tallados en el cabecero y en los postes; era toda una belleza.
―Mírala, ¡es una pieza entre un millón, Emily! ―dijo Daniel con entusiasmo―. Tallada a mano. Una carpintería magnífica. ¡Si la compras ya habrás conseguido que el hostal aparezca en el mapa!
Emily sintió cómo una sensación de calidez se extendía por su interior. Era verdad; las camas que había encontrado en la tienda de Rico eran sorprendentes y únicas. Ahora comprendía lo que Cynthia había estado intentando decirle con lo de tratar a sus huéspedes como si fuesen de la realeza. Desde luego ella se sentiría como una princesa si durmiese en una de ellas.
―Sabes ―comentó, pasando los dedos por la madera de uno de los postes―. Si compramos las camas, habrá una condición.
―¿Oh? ―preguntó Daniel, frunciendo el ceño.
Emily apretó los labios y arqueó una ceja.
―Tendremos que probarlas todas. Para comprobar su calidad, por supuesto.
―Quieres decir… ¡Oh! ―Daniel captó lo que Emily estaba sugiriendo implícitamente y movió las cejas en un gesto travieso. De repente la perspectiva de comprarlas era mucho más tentadora―. Oh, bueno, por supuesto… ―musitó, rodeando a Emily con los brazos y acercándola a sí―. No podría descansar por las noches si no experimentase de primera mano aquello por lo que pagan tus huéspedes.
La besó en el cuello de manera seductora y Emily se rió.
―Voy a ir a darle a Rico la lista ―dijo ésta, apartándose de su abrazo―. Y a despedirme de todo mi dinero.
Daniel silbó entre dientes.
―Vas a hacerlo muy feliz. ¡Seguramente le hagas ganar todo un mes de ingresos en una sola venta!
―Me niego a pensar en eso ―dijo Emily, haciendo ver que se tapaba los ojos con las manos para evitar mirar las etiquetas con los precios.
Dejó a Daniel en la gran sala trasera y fue en busca de Rico.
―Evie ―dijo éste cuando volvió a la tienda―. ¿Has encontrado lo que querías?
―Así es ―contestó Emily―. Me gustaría comprar tres guardarropas, un tocador, dos escritorios, seis mesitas de noche, una cómoda alta, dos cajoneras, tres alfombras y tres camas antiguas.
―Oh ―musitó Rico, algo sorprendido cuando le tendió la lista de los objetos y sus precios―. Eso es bastante. ―Empezó a sumar las cantidades lentamente en la reliquia que era la caja registradora.
―Estoy amueblando otras dos habitaciones del hostal y rediseñando la otra.
―Ah, sí, eres la chica del hostal ―comentó Rico, asintiendo con la cabeza―. Tu padre estaría tan orgulloso de lo que has conseguido, sabes.
Emily no puedo evitar removerse de pura incomodidad. Aunque apreciaba las palabras amables del anciano, pensar en su padre siempre la hacía sentir incómoda.
―Gracias ―repuso en voz baja.
―Bueno ―continuó Rico con voz gastada―, puesto que eres una clienta tan valiosa y estás haciendo algo que beneficiará a todo el pueblo, voy a hacerte un descuento. ―Presionó algunos botones más, haciendo aparecer un número sobre la polvorienta pantalla.
Emily lo miró entrecerrando los ojos, sin estar segura de estar viéndolo bien.
―Rico, eso es un descuento del cincuenta por ciento. ―No sabía si el anciano había introducido aquella cantidad por error. Lo último que quería era robarle por accidente.
―Así es. Has recibido el descuento especial por el Día de los Caídos en Sunset Harbor. ―Rico le guiñó el ojo.
Emily tartamudeó, todavía con la sobre su tarjeta. No se podía creer su generosidad.
―¿Estás seguro?
Rico agitó la mano para hacerla callar. Procesó la venta y Emily se quedó allí de pie, algo aturdida.
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