Emily se quedó sorprendida. No se había esperado una pregunta como aquella.
―Sí ―dijo, pensando en la habitación ahora vacía del señor Kapowski―. ¿Por qué?
―¡Porque quiero ir! ―exclamó su amiga―. Después de todo, es el fin de semana del Día de los Caídos, y necesito desesperadamente salir de la ciudad. ¿Puedo reservarla?
Emily dudó.
―Sabes, eso no es necesario. Puedes venir y visitarnos.
―Ni hablar ―fue la respuesta de Jayne―. Quiero experimentarlo todo: las toallas limpias cada mañana, el desayuno con huevos y beicon. Quiero verte en acción.
Emily se rió. De entre toda la gente con la que había hablado sobre su nueva aventura, Jayne estaba siendo la que más le estaba apoyando.
―Bueno, entonces deja que haga la reserva de manera oficial ―pidió―. ¿Cuánto tiempo vas a quedarte?
―No sé, ¿una semana?
―Perfecto ―repuso, sintiendo cómo algo se agitaba en su estómago―. ¿Y cuándo llegarás?
―Mañana por la mañana ―dijo Jayne―. Alrededor de las diez.
La felicidad de su estómago creció.
―De acuerdo, dame un momento mientras te introduzco en el sistema.
Algo mareada por el entusiasmo, Emily puso el teléfono en espera y fue corriendo hacia el ordenador que había en la mesa de la recepción, donde abrió el programa de reservas e introdujo la información de Jayne. Se sintió orgullosa por haber llenado técnicamente el hostal todos los días desde su inauguración, incluso si no tenía más que una habitación y había abierto el negocio hacía dos días…
Se apresuró de vuelta al teléfono y recuperó la llamada.
―De acuerdo, tienes una reserva durante una semana.
―Muy bien ―dijo Jayne―. Has sonado muy profesional.
―Gracias ―contestó Emily con timidez―. Todavía me estoy acostumbrando a todo. Mi último huésped ha sido un desastre.
―Me lo puedes contar todo mañana ―dijo Jayne―. Será mejor que cuelgue; voy a llegar a mi décima milla y será mejor que ahorre el aliento. ¿Te veo mañana?
―Me muero de ganas ―repuso Emily.
La llamada se cortó y Emily sonrió para sí. No se había dado cuenta de lo mucho que echaba de menos a su vieja amiga hasta que había hablado con ella. Ver a Jayne sería un antídoto magnífico para el desastre que había resultado ser el señor Kapowski.
Agotada por su larga y desastrosa mañana, Emily se encontró cada vez más sumida en la tristeza. Allí donde mirase veía problemas y errores; una pared mal pintada, una lámpara mal fijada, un mueble que no encajaba. Antes todo le había parecido una peculiaridad, pero ahora aquellos detalles la molestaban.
Sabía que necesitaba ayuda y consejos profesionales. No había sido nada realista al pensar que podía llevar ella sola un hostal.
Decidió llamar a Cynthia, la dueña de la librería y una persona que había gestionado un hostal en su juventud, y pedirle consejo.
―Emily ―la saludó Cynthia al descolgar―. ¿Cómo estás, querida?
―Fatal ―fue su respuesta―. Estoy teniendo un día horrible.
―¡Pero si sólo son las siete y media! ―exclamó Cynthia―. ¿Cómo puede ser tan malo?
―Es completamente horrible ―repuso―. Mi primer huésped acaba de irse. El primer día no llegué a tiempo de prepararle el desayuno, y el segundo no tenía suficientes ingredientes y ha dicho que la comida estaba fría. No le han gustado ni la almohada ni las toallas. No sé qué hacer. ¿Puedes ayudarme?
―Voy ahora mismo ―dijo Cynthia, sonando encantada ante la perspectiva de repartir algo de sabiduría.
Emily salió para esperarla y se sentó en el porche, esperando que la luz del sol, o al menos la vitamina D, la animase un poco. La cabeza le pesaba tanto; la dejó caer entre las manos.
Alzó la vista al oír el crujido de la grava y vio a Cynthia acercándose en su bicicleta.
Aquella bicicleta oxidada era tanto una imagen de lo más común y bastante inolvidable en Sunset Harbor, principalmente porque la mujer que iba sentada al sillín tenía el cabello encrespado y teñido de naranja y vestía conjuntos llamativos y nada coordinados. Y, para volverlo todo todavía más raro, Cynthia había fijado hacía poco una cesta de mimbre a la parte frontal de la bicicleta y en ella llevaba a Tormenta, el cachorro de Mogsy que había adoptado. Cynthia Jones era, en muchos sentidos, una atracción turística por sí misma.
Emily se alegró de verla, aunque el gran sombrero de verano de puntos rojos que llevaba la mujer hacía que le doliesen un poco los ojos. Saludó a su amiga con la mano y esperó a que llegase hasta ella.
Entraron dentro y Cynthia no perdió ni un segundo; empezó a acribillar a Emily a preguntas mientras subían las escaleras, buscando información desde la presión del agua hasta saber si estaba sirviendo comida orgánica y a quién se la estaba comprando. Para cuando llegaron a la habitación libre, a Emily ya le daba vueltas la cabeza.
Hizo pasar a Cynthia. La habitación, en su opinión, era preciosa. Había un pequeño entrepiso en un extremo en el que había puesto un cómodo sofá de cuero para que los huéspedes pudieran sentarse y admirar la imagen del océano y la habitación estaba decorada principalmente en blanco con acentos azules, incluyendo una alfombra de piel de oveja y muebles de madera de pino desgastada.
―La cama es demasiado pequeña ―dijo Cynthia al instante―. ¿Una doble estándar? ¿Estás loca? Necesitas algo enorme y opulento. Algo de lujo, algo que no puedan permitirse habitualmente. Has hecho que la habitación parezca un dormitorio de exposición.
―Creía que ése era el objetivo ―se defendió Emily débilmente.
―¡Para nada! ―exclamó Cynthia―. ¡Necesitas que parezca un palacio! ―Se paseó por el dormitorio, tanteando las sábanas―. Demasiado ásperas ―continuó―. Tus huéspedes se merecen dormir en una cama que parezca de seda. ―Se acercó a la ventana―. Las cortinas son demasiado oscuras.
―Oh ―dijo Emily―. ¿Algo más?
―¿Cuántas habitaciones tienes?
―Bueno, ésta es la que más lista está. Hay otras dos que sólo necesitan algunos muebles más, y muchísimas que todavía no he conseguido ni limpiar. Todo el tercer piso podría convertirse.
Cynthia asintió y se dio unos golpecitos en la barbilla con el dedo. Parecía estar planificando algunas ideas, pensó Emily, puede que incluso algún gran plan para el hostal que a ella le resultaría imposible llevar a cabo.
―Enséñame el comedor ―ordenó Cynthia.
―Um… vale…
Volvieron al primer piso y, a cada paso que daba, el pavor de Emily crecía. Empezaba a lamentar su decisión de pedirle ayuda a Cynthia. Si el señor Kapowski había hecho mella en su frágil ego, Cynthia lo estaba haciendo añicos con una maza.
―No, no, no, no, no ―dijo Cynthia mientras analizaba el comedor.
―Creía que te encantaba la sala ―argumentó Emily, perturbada. La última vez que había estado allí desde luego había disfrutado de la comida de cinco platos y de los cócteles que Emily misma había preparado, ni más ni menos.
―Y me encanta. ¡Para celebrar cenas! ―exclamó ésta―. Pero ahora tienes que convertirlo en el comedor de un hostal, con mesas pequeñas para que los invitados puedan comer solos. ¡No puedes sentarlos a todos en una gran mesa como ésta!
―Había pensado en crear una sensación de comunidad ―tartamudeó Emily a la defensiva―. Intentaba hacer algo distinto.
―Cariño ―dijo Cynthia―, ni lo intentes. Ahora no. Quizás cuando el negocio lleve diez años abierto y te hayas establecido y tengas buenos ingresos, podrás empezar a experimentar. Pero ahora no te queda más elección que hacerlo tal y como esperan tus huéspedes. ¿Lo comprendes?
Читать дальше