Frente a él, con la espalda hacia la puerta, había una dama cuya magnífica fisonomía no le desmerecía en nada. Si bien era tan alta como el caballero que acabamos de describir, la dama no tenía ningún derecho a quejarse de una extrema delgadez ya que era evidente que estaba en el último estado de la hidropesía y por su apariencia se parecía mucho a la gran barrica de cerveza del Oktoberfest que se hallaba, abierta por arriba, justo a su lado en un rincón de la estancia. Su cara era particularmente redonda, llena y roja, y la misma ausencia de particularidad, que ya mencioné en el caso del caballero anterior, marcaba su fisonomía, es decir, una sola característica de su rostro merecía una descripción especial. El detalle es que el perspicaz Tarpaulin notó de inmediato que la misma observación podía aplicarse a todas las personas allí congregadas, cada uno parecía haber acaparado para sí mismo una característica fisonómica. En la dama en cuestión, lo característico era la boca. Una boca que empezaba en la oreja derecha y que finalizaba en la oreja izquierda, dibujando un terrorífico precipicio de manera tal que sus muy cortos colgantes de oreja se ahogaban a cada momento en la sima. No obstante, era obvio que la dama hacía todos sus esfuerzos para mantener la boca cerrada y darse un aire de dignidad. Su traje consistía en una mortaja recién almidonada y planchada con un cuellito fruncido en muselina de batista.
A su derecha se hallaba sentada una joven y pequeña dama a la que la obesa parecía proteger. La delicada y pequeña criatura delataba en el estremecimiento de sus dedos corroídos, en el tono pálido de sus labios y en la leve mancha héctica que oscurecía su tez, por otra parte ya grisácea, los claros síntomas de una tisis arrebatada. Sin embargo, un cierto aire de distinción, abarcaba toda su persona. Vestía de manera encantadora y del todo desenvuelta una dilatada y preciosa mortaja del lino más fino de las Indias. Sus cabellos caían en forma de bucles sobre su cuello y una hermosa sonrisa adornaba su boca. Pero su nariz, exageradamente larga, afinada, ondulada, flexible e infectada, colgaba mucho más abajo que su labio inferior. Y esa trompa, aunque ella la movía de forma delicada de vez en cuando, desplazándola de derecha a izquierda con su lengua, le daba a su rostro una expresión un tanto confusa.
Al otro lado de la dama obesa, a su izquierda se encontraba sentado un hombre pequeñito y viejo, hinchado, asfixiado y gotoso. Sus mejillas caían sobre sus hombros como dos grandes botas de vino de Oporto. Con los brazos cruzados y una de sus piernas cubierta de vendajes y apoyada sobre la mesa, parecía verse a sí mismo como si él mereciera alguna consideración. Era evidente que sentía mucho orgullo por cada centímetro de su envoltura personal, pero sentía un gozo aún más intenso al captar las miradas por su color tan vistoso. La verdad es que ese traje, sobre todo, no debía haberle costado tanto dinero y era de tal naturaleza que le sentaba muy bien, pues no era más que una de esas fundas de seda ricamente bordadas, que en Inglaterra y también en otros países, cuelgan sobre las casas de las grandes familias ausentes en lugares muy visibles.
A su lado, a la derecha del presidente, estaba sentado un caballero con largas medias blancas y un calzón de algodón. Todo su cuerpo se sacudía de una manera muy risible a causa de un tic nervioso que Tarpaulin llamaba las angustias de la embriaguez. Sus mandíbulas, recientemente afeitadas, estaban fuertemente amarradas con un vendaje de muselina y sus brazos, atados por las muñecas de la misma forma, no le permitían servirse los licores que había en la mesa libremente. En opinión de Legs, una precaución necesaria dada la expresión embrutecida de su rostro de biberón. Sin embargo, un par de orejas sorprendentes, que sin lugar a dudas eran imposibles de disimular, emergían en el espacio y eventualmente se las veía moverse por un espasmo al ritmo los tapones que saltaban de las botellas.
El sexto y último, sentado frente al de rostro de biberón, mostraba un porte especialmente tieso y hablando seriamente, al estar afectado de parálisis, debería sentirse muy poco incómodo dentro de su embarazosa vestimenta. Estaba vestido (traje tal vez único en su género) con un divino ataúd de caoba absolutamente nuevo. La parte alta se levantaba como una tapa y cubría su cabeza como un capuchón, dándole a todo su rostro una fisonomía de interés extraordinario. En ambos lados aparecían fabricadas unas bocamangas, tanto por bienestar como por distinción. Sin embargo, este atavío le impedía al infeliz cualquier movimiento y lo obligaba a quedarse quieto en su lugar igual que a sus compañeros y, como estaba apoyado contra su tarima e inclinado de acuerdo a un ángulo de cuarenta y cinco grados, sus dos grandes ojos, aún en su cabeza, giraban y dirigían hacia el techo sus aterradores globos blancuzcos, como totalmente asombrados de su gran tamaño.
Delante de cada invitado se hallaba medio cráneo, el cual servía, a los efectos, de copa. Sobre sus cabezas colgaba un esqueleto humano, mediante una cuerda atada a una de sus piernas y sostenida por una argolla al techo. La otra pierna, que no estaba atada, colgaba del cuerpo en ángulo recto, haciendo bailar y retozar a toda la carcasa trémula cada vez que el viento soplaba y se abría paso en la sala. El cráneo de aquella horrible cosa colgante tenía dentro de sí cierta cantidad de carbón encendido que lanzaba sobre toda la sala un brillo indeterminado pero vivo, iluminando los ataúdes y todo el equipo del empresario de pompas fúnebres que se veía en la habitación amontonado, a gran altura, contra las ventanas e imposibilitando que ningún rayo de luz pudiera salir hacia la calle.
Frente a esta extraordinaria reunión y a su decorado aún más extraordinario, nuestros dos marineros no se comportaron con toda la discreción que se hubiera podido esperar de ambos. Legs, recostándose contra la pared cercana donde se encontraba, abrió su boca y dejó caer su mandíbula inferior mucho más abajo de lo que solía hacer y abrió sus grandes ojos ante el panorama que a ellos se ofrecía, mientras, Hugh Tarpaulin, se inclinó un poco para colocar su nariz al nivel de la mesa y, apoyando sus manos sobre las rodillas, estalló en una risa desenfrenada e inesperada, o sea, en un prolongado, escandaloso y ensordecedor rugido.
Mientras, sin sentirse ofendido frente a un comportamiento tan prodigiosamente grosero, el gran presidente le sonrió con mucha gracia a nuestros intrusos —les hizo una seña colmada de decencia con su cabeza de plumas negras— e incorporándose, tomó por un brazo a cada uno de ellos y los llevó hacia un asiento que las otras personas de la reunión acababan de preparar para ellos. Legs no opuso la menor resistencia y se sentó en el sitio que le señalaban mientras que el galante Hugh, quitando su caballete del lado de la mesa, fue a sentarse con gran alegría al lado de la damisela tísica y, llenando un cráneo de vino tinto lo engulló en honor de una reciprocidad más íntima. Pero, ante semejante presunción, el rígido caballero del ataúd parecía particularmente molesto y aquello hubiese podido traer las más serias consecuencias si, en aquel instante, el presidente no hubiese golpeado con su cetro sobre la mesa para llamar la atención de todos los asistentes ante el siguiente alegato:
—En esta feliz ocasión que se nos ofrece, se convierte en nuestro deber...
—¡Deténgase! —lo interrumpió Legs con ínfulas de gran seriedad—, deténgase allí, le digo, y primero díganos quién es usted y qué hacen aquí, vestidos como horrorosos demonios y tragándose el retuercetripas de nuestro modesto compañero Will Wimble el enterrador y todas las provisiones que él tenía reservadas para el invierno.
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