Edgar Allan Poe - Cuentos completos

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El autor norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849) ocupa un lugar relevante en el panteón de los escritores más admirados, imitados y estudiados de la literatura universal. Considerado por muchos como un precursor del cuento corto y de terror como género literario, Edgar Allan Poe escribió también poesía, ensayos y crítica literaria. Fascinado con lo macabro y con un especial talento para ello, Poe también exploró diversos temas y tonos en su obra, con relatos detectivescos, humorísticos, históricos y hasta crónicas periodísticas. Su obra ha inspirado innumerables homenajes e influenciado el estilo de autores como H. P. Lovecraft y Arthur Conan Doyle.Con una vida marcada por la tragedia Poe logró dejar una huella indeleble en la historia literaria de su país y del mundo, como un maestro de la naturaleza humana y de todos sus matices. El presente volumen contiene más de sesenta cuentos, reuniendo todos los relatos publicados durante su vida.

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Cantidad de años antes de que ocurriera esta historia, igual que muchos años después de que ocurrió, toda Inglaterra, pero especialmente la capital, temblaba periódicamente ante el aciago grito de ¡la peste! Gran parte de la ciudad se hallaba despoblada y en los espantosos barrios cercanos al río Támesis, entre los oscuros, delgados y asquerosos callejones y pasajes que el demonio de la peste había seleccionado, y que para entonces se decía que era el lugar de su nacimiento, solo se podía encontrar, presumiendo, el miedo, el sobresalto y la superstición.

Por mandato del Rey, esos barrios estaban condenados para cualquier persona y so pena de muerte estaba prohibido penetrar en sus horrendas soledades. No obstante, ni la orden del monarca, ni las enormes murallas levantadas en la entrada de las calles, y tampoco la idea de aquella espantosa muerte, que era seguro que se tragaba al mezquino al que ningún peligro lograba apartar de la vida, impedía que las moradas sin muebles y sin habitantes fueran despojadas del hierro, del cobre, de los plomos y, finalmente, de cualquier objeto que pudiera convertirse en elemento de lucro en manos de la rapiña nocturna.

Particularmente, se logró comprobar en cada invierno, con la apertura anual de las barreras, que las cerraduras, los cerrojos y los sótanos secretos no habían protegido más que a medias aquellas grandes provisiones de vinos y licores que muchos de los comerciantes, que tenían negocios en la vecindad, advertidos los riesgos, se habían resignado a depositar bajo tan pobre garantía durante el tiempo de exilio.

Mas, entre el horrorizado pueblo, muy pocas personas imputaban aquellos hechos a la acción de manos humanas. Para las clases populares los verdaderos causantes de tal desgracia eran los fantasmas y los duendes de la peste o los demonios de la fiebre. Y permanentemente se narraban historias para helar la sangre en las venas que, con el tiempo, fue rodeando toda aquella masa de inmuebles condenados por el terror igual que un sudario. Incluso, el mismo ladrón, con frecuencia espantado por el horror supersticioso que sus propias fantasías había creado, abandonaba el gran circuito del barrio maldito. Lo abandonaba a las sombras, al mutismo, a la peste y a la muerte.

Justo cruzando una de esas aterradoras barreras que ya he mencionado y las cuales indicaban que la localidad situada más allá estaba condenada, fue donde Legs y el digno Hugh Tarpaulin —que se encontraron frente a ella saliendo de un callejón— tuvieron que interrumpir su carrera de repente. No era una situación de regresar sobre sus pasos y tampoco tenían tiempo que perder, pues los estaban persiguiendo y les iban pisando los talones. Para dos marineros de pura sangre, saltar el complejo andamiaje no era más que un juego de niños y, exacerbados por la reforzada excitación de la carrera y del alcohol, saltaron atrevidamente al otro lado y, así, retomaron su ebria huida con alaridos y gritos, y pronto se perdieron en aquellas enmarañadas y enfermas profundidades.

Si no hubiesen estado embriagados al punto de haber perdido su sentido de la moral, sus pasos tambaleantes habrían sido detenidos por los horrores de su situación. El aire era helado y muy nublado. Entre el alto y fuerte césped que les llegaba hasta los tobillos, los adoquines estaban sueltos en terrible desorden. Casas enteras demolidas cerraban las calles. Los hedores más pestilentes y letales brotaban por todas partes y, gracias a aquella tenue luz que, incluso a medianoche, surge siempre de una ambiente vaporoso y pestilente, se habría podido observar, tirado en las aceras y en las calles, consumiéndose en las habitaciones sin ventanas, la podredumbre de algunos ladrones nocturnos atajados por la mano de la peste cuando perpetraban su fechoría.

Pero no sería la fuerza de las visiones, de los sobresaltos y de los obstáculos de cualquier tipo, la que detendría la huida de aquellos dos hombres que, espontáneamente temerarios y, sobre todo esa misma noche que atiborrados hasta las orejas de coraje y de humming-stuff se habrían arrojado valerosamente, todo lo erguidos que su condición les hubiera permitido, en las mismas garras de la muerte. Adelante, siempre adelante iba el siniestro Legs, haciendo resonar los ecos en ese solemne desierto con gritos similares al espantoso aullido de guerra de los indígenas, y junto a él, siempre a su lado, avanzaba el barrigón Tarpaulin, agarrado de su compañero, mucho más ágil y superando a este último en sus hábiles esfuerzos vocales con mugidos de bajo que surgían de lo más profundo de sus estentóreos pulmones.

Era evidente que habían llegado a la plaza fuerte de la peste. A cada paso o a cada caída, aquella carrera se hacía más espantosa y más infecta, los caminos más angostos y más complicados. De vez en cuando caían rocas y grandes vigas de los techos descalabrados y daban prueba, a través de esas pesadas y funestas caídas, de la asombrosa altura de las casas vecinas. En ocasiones era necesario hacer un poderoso esfuerzo para poder pasar entre los frecuentes montones de escombros, y no era extraño que sus manos se posaran sobre algún esqueleto o penetraran algún amasijo de carnes descompuestas.

Repentinamente, los dos marineros chocaron contra un amplio edificio de apariencia deplorable. De la garganta del delirante Legs brotó un grito más agudo que de costumbre y desde el interior fue respondido por una rápida y continuada explosión de gritos bestiales, diabólicos, casi eran estallidos de risa. Sin sentir miedo de aquellas resonancias que por su naturaleza, en un lugar como aquel y en un momento como ese, hubieran detenido la sangre en corazones irremediablemente incendiados, nuestros dos borrachos se arrojaron contra la puerta con la cabeza gacha, la tumbaron, y se lanzaron en el medio del piso con una oleada de maldiciones.

El lugar en el cual fueron a parar resultó ser el almacén de un negociante de pompas fúnebres. Pero una puertecilla, abierta en un rincón del suelo vecina a la puerta, daba a una serie de bodegas cuyas profundidades, como lo reveló el sonido de las botellas que se rompían, estaban bien surtidas de su acostumbrado contenido. En medio del salón, había una mesa puesta y en medio de la mesa, lo que parecía un inmenso recipiente lleno de ponche, junto a botellas de vinos y licores que rivalizaban con potes, jarras y frascos de cualquier forma y de cualquier especie desparramados sobre la mesa en gran abundancia. Rodeándola, sobre bastidores fúnebres, estaba sentado un grupo de seis personas. Voy a intentar describirlas una por una.

Frente a la puerta de entrada, y un poco más alto que sus compañeros, estaba sentado un personaje quien parecía dirigir la reunión. Era un individuo descarnado de gran tamaño, y Legs se quedó boquiabierto al hallarse frente a alguien más flaco que él. Su cara era muy amarilla como el azafrán, pero ninguna de sus facciones, salvo una sola, eran lo bastantemente notable como para hacer una descripción exclusiva.

Esa característica única era una frente tan anormal y tan horriblemente alta que se podría creer que era como un gorro o un sombrero de carne sobrepuesta a la piel de su cabeza. Su boca quejumbrosa estaba marcada por una expresión de gentileza espectral, y sus ojos, como los de cualquier otra persona sentada a la mesa, resplandecían con ese brillo singular que otorgan los humos de la embriaguez. Este señor estaba cubierto de pies a cabeza con un hábito ricamente bordado de terciopelo de seda negra, que flotaba descuidadamente alrededor de su cuerpo a la manera de una capa española. Su cabeza estaba copiosamente cubierta de esas plumas con las que engalanan los carruajes funerarios y que él movía de un lado al otro con un aire de estudiada afectación. En la mano derecha aguantaba un gran fémur humano, con el que había golpeado, según parecía, a uno de los partícipes de la reunión para solicitarle una canción.

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