Aleksandr Skorobogatov - Cocaína

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El protagonista de
Cocaína, la nueva
novela alucinatoria de Aleksandr Skorobogatov, intenta hacer del mundo un lugar mejor a través de las palabras, pero también con la ayuda de un martillo y un clavo gigante. ¿Por qué? Porque, según Dostoievski, tiene que hacerlo. Y también porque nuestro mundo se está volviendo demasiado aterrador. Recientemente abandonado por el amor de su vida, nuestro protagonista pasa sus días vagando por las calles de Moscú con nada más que su imaginación para mantenerla en marcha. Fantasea con batallas épicas en pubs, se asigna el papel de héroe o villano en casos de asesinato, y luego, de repente, recibe una invitación para viajar a Estocolmo: ha ganado el Premio Nobel de la Paz. Un enigmático comité del Premio Nobel lo espera, los muertos resucitan y, además, redescubre su amor anterior. Esto no puede ser verdad, el lector sigue pensando. Pero el autor, siendo el creador de sus personajes, puede hacer con ellos lo que quiera. Y así comienza un intrigante juego de gato y ratón entre autor, protagonista y lector.Cocaína es una celebración sin límites de las posibilidades aparentemente ilimitadas de la imaginación humana. Es
una montaña rusa literaria de la mejor tradición rusa.

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—Sí —respondió él y, al mismo tiempo, los dos se acordaron de algo. Pero no hablaron del tema.

—¿Sigues yendo a pescar?

—Últimamente no —respondió él y empezó a mirarle la cara. En realidad, era algo absurdo eso de mirarle la cara. No estaba bien, incluso era un poco incómodo. Tenía una pregunta para ella, se moría de ganas de oír la respuesta.

—¿Recuerdas cuando íbamos juntos a pescar? —preguntó ella.

El autor asintió.

—Casi nunca pescabas nada…

—¿Cómo que nunca? —me rebelé—. ¿Es que no te acuerdas del lucio bien grandecito que atrapé?

Ella se echó a reír.

—El lucio no era tan grande, no lo era.

—¿Cómo que no? —me rebelé más todavía—. Espera, a ver, ¿de qué estamos hablando? Supongo que se te ha olvidado. ¿No recuerdas que lo pesamos juntos? Kilo y medio. El brazo se me durmió de cargar con él hasta casa.

La joven se reía, y el autor se ofendió. Le dio la espalda, después se sentó en la hierba y se puso a contemplar las hormigas.

—No te enfades conmigo. —Ella se agachó a su lado—. Era una broma.

—¡Qué dices! —dijo el autor con indiferencia—. Ya ves qué tontería, un lucio.

—Te ha sentado mal, lo sé.

—Déjalo, suena ridículo lo que dices.

—Si casi te pones a llorar…

—¿Que casi me pongo a llorar? —el autor se alteró—. Eso no es verdad. Lucios así he debido de pescar unos veinte desde entonces, e incluso alguno más grande.

—¿Sabes qué? He leído tu novela —dijo ella ya muy seria.

—¿De verdad? ¿Y qué te ha parecido?

La joven apretó los labios, era su forma de expresar especial concentración.

—Sabes… No es fácil explicarlo.

¿Es necesario decir que en ese momento el humor del pobre autor se estropeó por completo?

—¿De verdad? —preguntó—. ¿Por? ¿No te ha gustado?

—No puedo decir que no me haya gustado. Incluso diría que al contrario —miraba sorprendida al autor—. ¿De dónde sacas que no me ha gustado?

—¿De verdad? —dijo el autor mirándola agradecido.

—Claro. ¡Si me ha gustado mucho!

El autor soltó un suspiro de alivio y se secó la frente con el dorso de la mano. Hacía un calor terrible. El autor no se había vestido adecuadamente.

Ella sonrió, guiñando los ojos por el brillo del sol; se colocó el pelo que le había caído en la cara.

—Me dio tanta pena el anciano al que matan con un hacha en el guardarropa. Quiero decir que está bien que me diera pena, significa que obligas al lector a empatizar con tu protagonista. Es solo que… es como si su muerte no se hubiera meditado, ¿me comprendes? ¿Para qué sirve, cuál es su finalidad? ¿Y qué le había pasado antes de esa terrible muerte? ¿Tenía nietos, bisnietos?

Con un lápiz de copiado, el autor se apresuró a escribir notas en un cuaderno de campo.

—No —Nadezhda agitó la cabeza y el pelo le cayó en la cara—, no lo estoy diciendo bien. No importa en absoluto qué le había pasado antes de morir, si tenía nietos o bisnietos y para qué sirve su muerte. Es solo que me pareció que el estudiante lo mata incluso con cierta alegría, casi con placer… ¿Y por qué hacía falta aplastar en el asfalto al infeliz maricón de Nekrásov, que alquilaba un rinconcillo en casa del anciano? Se comprende que el asesino recelara por si el futuro poeta lo reconocía. Pero el asesino sabe muy bien que, en primer lugar, el maricón Nekrásov es sordociego y mudo y que, en segundo lugar, sufre un síndrome de Down muy profundo y, en principio, aunque quisiera, es decir, de estar en condiciones de sentir algún tipo de ganas, ¡no podría denunciarlo! ¡Ni siquiera bajo tortura!

¿Qué otra cosa podía hacer al autor? Sentado en la hierba, espantaba los mosquitos latosos del verano, asentía melancólico, miraba la orilla opuesta del río… No se había hundido por las observaciones de su antigua amada, no, simplemente estaba triste.

—Además, ¿por qué tu protagonista, después de todo ese horror, todavía va y roba al muerto? ¿Para qué se hace con todas las fichas derramadas por el suelo o que el viejo tenía acumuladas en la mesilla? ¿Sabes?, lo que más me alucinó fue la sangre fría con la que tu protagonista roba al muerto.

—Estaba en shock —metiste baza tú.

¡Ay, qué mal te sentías!

Ella se echó a reír.

—No me hagas reír: «Estaba en shock». Ha matado a un hombre, ¿acaso esto no significa nada para ti, como escritor y humanista?

No. Nada de nada, sobre todo como escritor y humanista.

—Y la mezquindad del asesino: recoger con pedantería las fichas en un saquito mientras en un rincón están las perchas nuevecitas del guardarropa, resplandecientes de cromo.

—Dime, ¿por qué me dejaste? —formulé la pregunta que me había estado torturando todos estos últimos años.

Imagino que pronuncié estas palabras demasiado bajas, porque no les prestó atención.

—Me dio la sensación, pero no vayas a molestarte, de que el autor…

De pronto, empezó a reír a carcajadas, pero de tal forma que se cayó en la hierba. La miré desde arriba.

—¡Fíjate!, ¡te he llamado «el autor»! —se reía ella—. ¡Estás aquí a mi lado y te llamo «el autor»!

No pasa nada, si hasta yo mismo a veces me llamo autor.

Se tranquilizó y puso cara de seria.

—Mira, lo más importante es que me parece que apruebas las acciones de tu protagonista, que te falta nada para simpatizar con él.

—Su comportamiento me parece realmente abominable.

—Te estás burlando de mí —indicó ella ofendida.

—Para nada.

—Está bien. Vamos con la escena del encuentro de tu protagonista con su antigua amada…

—¿Qué te ha parecido ella?

Miró al frente pensativa.

—Es difícil decirlo… Ante todo, me parece algo fortuito. En la novela no se dice ni una palabra sobre que tu protagonista hubiera tenido novia y que esta lo hubiera abandonado.

—Es algo que pasa a todas horas.

—Sí, pero en la literatura no hay sitio para lo fortuito. ¿Recuerdas lo que decía Chéjov?, si en la pared hay una escopeta, hay que disparar con ella.

—Su escopeta lleva cien años oxidada —intenté gastar una broma—. Y, además, no tenía ninguna escopeta. Avanzaba con cuentagotas, no tenía tiempo para pasarse por una tienda de caza.

Ella me lanzó una mirada llena de dudas.

—Con todo, me parece que tenía una escopeta, incluso leí en algún sitio que… ¿O era una pistola? Pero, en cualquier caso, no estamos hablando de eso. La conversación entre ellos dos…

—¿No te ha convencido?

—No se han visto en un millón de años, si he comprendido bien. Y, en casos así, la gente habla de otra forma.

—¿Y cómo es esa otra forma?

—Bueno —se encogió de hombros—, recuerdan el pasado, cómo se conocieron, hablan de los amigos…

—Los amigos es un tema doloroso. Sobre todo los amigos-lectores. Y sobre todo esos lectores que te roban a la novia.

—¿En serio? —se quedó pensando un rato—. Tienes razón. Pero, ¿sabes?, aun así me gusta esa escena. Detrás de esa cháchara simple, y como casual de tus protagonistas se oculta tal desgarro, un dolor y una tristeza tan penetrantes, una pena luminosa después de la separación prolongada, la nostalgia por lo que se fue, por algo que era mejor, puro, que no se ha olvidado y que no va a volver —añadió con voz temblorosa por el flujo de sentimientos.

—Gracias.

—Ahora lo comprendo. ¡Con qué finura has descrito todo!

—Me he esforzado mucho.

—Aunque, ¿sabes?... —dijo Nadia, y se quedó pensativa.

—Todo este tiempo he querido preguntarte por qué me…

—¡Ya me he acordado!

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