Rafael Jiménez - Inchaurrondo Blues

Здесь есть возможность читать онлайн «Rafael Jiménez - Inchaurrondo Blues» — ознакомительный отрывок электронной книги совершенно бесплатно, а после прочтения отрывка купить полную версию. В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: unrecognised, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

Inchaurrondo Blues: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Inchaurrondo Blues»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

A principios de los años ochenta, el cuartel de la Guardia Civil en Inchaurrondo, en San Sebastián, es para Eloy, hijo del teniente Navarro, casi una prisión. Eloy tiene poco contacto con el exterior hasta que en una visita al médico conoce a otro chico, Ander. Ambos son apasionados del fútbol y junto a otros chavales organizan partidos dentro y fuera del cuartel, inspirados por la gran Real Sociedad de aquellos años y ajenos a las fronteras ideológicas y casi físicas que imponen los adultos. La amistad, el amor, los descubrimientos infantiles y la magia del fútbol son el nexo de unión entre dos mundos opuestos que amenazan con destruir la frágil felicidad de la infancia.

Inchaurrondo Blues — читать онлайн ознакомительный отрывок

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Inchaurrondo Blues», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

***

Quizá mi infancia convirtió en patria lo que no era más que una aldea de habitantes ciertamente primitivos. Tanto delimitar las fronteras, tanto elevar los muros a la altura de la luna, tanto machacarnos con ser habitantes de un pueblo milenario único en Europa, con un idioma del que aún hoy no se sabe su exacta procedencia, que lo único que consiguieron fue abrumar a los niños que sólo pretendíamos ser dueños de una pelota de fútbol.

Mi niñez caminaba habituándose a un concepto gótico de la vida, donde las hazañas de los gudaris nos eran contadas como auténticos cuentos de hadas y príncipes en medio de un bosque embrujado en el que el ogro tenía siempre un traje verde. El mundo comenzaba en Bizkaia, Guipuzkoa, Áraba, Lapurdi, Zuberoa y terminaba en Nafarroa Baja, porque al otro lado los espacios eran tan repugnantes que ningún niño habría osado atravesarlos.

Los paisajes de mis primeras visiones eran oscuras bifurcaciones que culminaban en el muro del cuartel de Inchaurrondo. La lluvia daba forma a una apoteosis del paisaje y el sentir las gotas de lluvia en mi rostro es ya una experiencia tardía. En mi casa de Inchaurrondo Alto no existían los paraguas; creo que es el lugar del mundo donde, teniendo en cuenta los numerosos días en que llueve, hay menos paraguas por habitante. Nos gustaba la lluvia y mojarnos constituía una experiencia liberadora. Nuestra vida estaba definida por los tenebrosos límites de una rutina impuesta por quienes nos dominaban. Los amos de nuestra vida. Hasta que apareció Eloy.

2. Inchaurrondo, 1983

El balón de cuero con el que Eloy jugaba a fútbol se lo regaló su amigo Blas. Fue su regalo de despedida cuando Eloy se marchó del pueblo, Atarfe, que está en Granada. El balón giraba de una pierna a la otra mientras le daba punterazos de rabia hacia la pared del muro del cuartel de Inchaurrondo. Ese balón era como el mundo, redondo, y en él dibujaba mentalmente dónde estaba situada Granada y dónde Inchaurrondo. A veces Eloy se sorprendía de que la distancia no fuera tan grande, apenas unos centímetros en el balón. Y sin embargo le parecía que se había mudado al otro lado del mundo. En el balón, ya gastado, podía ver el mar, que era el poco color blanco que le quedaba, y las montañas y los continentes, que eran los recuerdos de los punterazos que hacían mella en la pelota. Cuando tenía el balón entre sus pies conseguía olvidarse de que estaba en Inchaurrondo y, si cerraba los ojos, era capaz de jugar como si estuviera en Atarfe.

Algunos niños estaban sentados en el patio del cuartel viéndole pegar con fuerza al balón, hasta que alguno de ellos se atrevía a preguntar si podían hacer un partido. Nadie tenía un balón de cuero en Inchaurrondo. Decía su amigo Blas que era el mismo balón con el que Maradona hacía poesía con su fina zancada y sus dulces golpeos con la zurda. Eso de tener un balón de cuero en el cuartel de Inchaurrondo no era cualquier cosa. Aunque se tratara de un balón viejo. Si no, cómo iban a estar mirándole seis o siete niños esperando a que les dijera:

—Venga, vale, hacemos un partido.

Desde la ventana, Soledad, la madre de Eloy, miraba cómo jugaba. Verlo allí, tan cerca, le producía el sosiego que le faltaba por las continuas ausencias de su marido y tras el umbral de la ventana, ella también se transportaba a Granada, creyendo en vano que ese pedazo de terreno en el que jugaban a fútbol formaba parte de su particular imaginario de tierras cálidas, verdes, con aroma de aceitunas y jazmín. Un trozo de Granada transportado a Inchaurrondo. Su madre estaba siempre ahí, huyendo con la mirada a través de las montañas, de los ríos, de los pequeños pueblos y de las grandes ciudades, en una búsqueda vacilante pero sin tregua hacia su tierra. Donde reinaba la paz, el lugar en el que le preparaba el bocadillo a Sergio, el hermano de Eloy, tras dejar el uniforme de la Guardia Civil de su marido impoluto y planchado con arte como si fuera el traje de un torero.

—¿Pero qué haces mirando constantemente por la ventana? —le preguntaba Antonio, su marido, o cualquier vecina del bloque a Soledad.

—Pues ver a los niños cómo disfrutan detrás del balón. Me hace mucha gracia verlos ahí, sudando, riendo, como si no supieran dónde están.

Eloy creía que esto nunca le iba a pasar, que era imposible que le arrancaran del pueblo. Y menos de esa manera. A traición. Sí. Su padre se lo dijo a la familia uno o dos días antes. Eloy acababa de llegar del río con Blas y al entrar en casa y dejar las huellas de sus pies mojados por todas las baldosas, escuchó cómo su padre se lo contaba a su madre. Decían que era mejor que Sergio, su madre y él se quedaran en el pueblo, que su padre se iría solo, que era lo más sensato. Que esa gente del norte, los vascos, eran muy suyos y no querían ni ver a la Guardia Civil, y el padre no quería que sufrieran en un jardín de árboles sin flores ni hojas, ni tronco, ni vida, ni días, ni sueños, ni paz, ni ríos, sin tiempo ni premura, sin vida y sin alfombras voladoras, ni aceitunas, ni sol, ni brisa, ni amor.

­—Es mejor que os quedéis, Soledad —decía su padre.

­—De eso ni hablar, Antonio. Son quince años los que llevo junto a ti. Tus ojos, tus oídos, tu pelo, tus piernas y tus brazos estarán junto a mí. Estaremos juntos, como las hormigas o como las gaviotas, pasaremos miedo, pero toda la familia estará unida. Yo no me casé contigo para tenerte a mil kilómetros de distancia, para que este pequeño mundo lleno de obstáculos y de fronteras sea como el enfermo que espera a que le digan que tiene que irse de este mundo. No. Nos vamos todos juntos.

***

Cuando tienes doce años y dejas de pronto de ver tu universo, cuando ya no puedes jugar a estudiar cómo matar moscas granadinas sin manchar las paredes blancas, cuando tu amigo no te acompaña a darte un chapuzón al río o cuando el balón perdido entre las praderas de Granada forma parte de un partido de fútbol bajo un tórrido sol que ya no puedes jugar, es cuando a Eloy le subía un escalofrío por la nuca que le hacía correr como un loco por el patio del cuartel de Inchaurrondo, dando gritos de desesperación, como si chillar fuera a curar sus heridas.

Esta mañana, o ayer, o quizá mañana, Eloy se volvería a levantar en la oscuridad de un día más con el cielo gris, con un cielo que penetraba en su cuarto y permanecía dentro de la casa todo el día. Veía la cara de su madre mirando por la ventana, siempre vestida de negro, como si su luto perenne fuera un mal augurio. Su madre andaba todo el día ida, ausente, con ojos vidriosos y mirada semidormida incluso ahora, a las doce del mediodía. Ese día también llovía. Y cuando se acercaba a su madre a abrazarla, se daba cuenta de que en poco tiempo sus piernas y su cintura que tanto le protegían y que eran tan tiernas, se habían vuelto duras, como si fueran una estatua. Ese día también hacía frío. Y Eloy se había vuelto a constipar. En Atarfe no se ponía enfermo nunca. Ignoraba qué tenía este viento del norte, pero sus anginas ya no podían más. Dolían mucho al tragar y a veces no podía ni respirar.

En el libro de sus pequeños recuerdos, no podía sacarse de la cabeza a Belén, la niña de su clase con una larga melena negra que le tenía sin vivir desde que iban juntos a la guardería del pueblo. Sus enormes ojos negros que le miraban y se escondían cuando se daba cuenta, le perseguían en Inchaurrondo. Como los ojos de Blas. No se pudo ni despedir de Belén. Eso tampoco se lo perdonaba a su padre. La verdad es que desde que llegaron aquí, no le perdonaba nada a su padre. Creía que tenía la culpa de todo, hasta de que se le hubieran puesto a su madre las piernas tan duras y tensas y de que su hermano Sergio fuera cada día más insoportable. Aunque aquí era normal que Sergio se encontrara en el paraíso. En el pueblo nadie lo aguantaba. Eloy deducía que se había peleado con la mitad de los niños de su edad y el resultado era siempre el mismo. Por definición, su hermano podía con todos. Era grande como un armario y abusaba de los demás. Dejó una legión de cicatrices en las caras de sus amigos. Y lo peor es que zurraba a sus amigos y a los que no lo eran. Por eso entendía que su hermano se encontrara tan a gusto en Inchaurrondo. Aquí había encontrado a dos o tres armarios como él que se pasaban el día jugando a ser guardias civiles y, según decían, se pasaban el día salvando a la patria. Eloy no sabía de qué la tenían que salvar. Ni qué era una patria. No lo entendía. Rara vez había tenido una conversación más o menos seria con Sergio y lo suyo, más que una relación de hermanos, era una constante colisión entre el rostro y la debilidad de Eloy y los empujones y los «quita de en medio, enano» de su hermano.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «Inchaurrondo Blues»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Inchaurrondo Blues» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «Inchaurrondo Blues»

Обсуждение, отзывы о книге «Inchaurrondo Blues» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.

x