Se enfrentaron entonces al problema de amarrar el ombligo, para desunirlo de la placenta. Alguno lo resolvió desanudándose la cabuya con la cual se ayudaba a sostener los pantalones, y sacó uno de los cordones que la formaban, y lo trenzó bien, finito, y lo utilizaron. Y como ninguno había llevado machete ni navaja, El Pichón aprestó los dientes estupendos y poniendo entre ellos el cordón umbilical lo cortó a la altura deseada. Todo un poco primitivo, pero la eficiencia no dejaba de ir con el grupo. Cuando pude ver el amarre que le habían hecho al cordón me reí un poco, lastimosamente, porque el nudo abultaba demasiado. Me dijeron que no importaba, porque no tardaría más de ocho días en caerse.
El bebé parecía sanote. No lo habían bañado en forma, y parecía engrasado, con tal cual lampo de sangre por el pelo o el cuello. Uno podía creer que en la cabeza tenía pelo como para dos, flechudo. Miraba a todo, descubriéndolo, y se negaba a chupar de la teta henchida, de areola y pezón morados, que Merlinda se empeñaba en que sujetara con los labios. Ella traía en la piel marchita, y en los mechones de la cabeza, pegotudos de sudor, escritas las horas difíciles que tuvo durante tres días. Costaba creer, así mirada, así escrita de sufrimientos y rayada de gritos, que fuera la misma moza garrida que en muchas veces vio uno pasar, deslizada, algo ambiguo en ella, pero bello, de entre jaguar y serpiente, el paso deslizado suavecito entre una indecisión del paso y el vuelo. Algo así también con sus maneras: a ratos uno creía ver en ella cosas en putrefacción, hediondas, que no lograba precisar. Se quedaba indeciso entre pensarla buena o mala.
Añadieron que a la placenta, grasosa y estorbosa, no tuvieron con qué enterrarla. Y como tampoco querían cargarla de vuelta, algo así como un asco respetuoso se los impedía, la tiraron, sin más, en un rastrojo. Pelos, que se había retardado, me contó después que había visto a un perro muy entretenido masticándola. A un perro voraz, que miraba receloso en toda dirección, con miedos de que algún otro garoso saliera a disputarle la presea impensada. Alguna especie de extrañeza debió vérseme, porque añadió:
—La barriga de un perro también entierra. Tal vez un poquito más demoradamente. Usted siempre está pensando en cómo no se puede hacer las cosas. Pero hay muchas maneras, a más de las suyas. Y, total, los perros de por acá nunca comen bastante.
A la mancha húmeda y roja de la hamaca la había reemplazado otra mayor, más bermeja. La parida me dijo:
—Deme una gaseosa. Usted siempre mantiene. Vengo seca como yesca.
Le traje una botella y un vaso, pero ella chupó directo de la botella, con una avidez suprema. Le pregunté:
—¿Quiere más?
Dijo que sí, que gracias, y acabó apurando tres botellas. Una sed así me gusta para calmarla. Ella comentó:
—Me era como la sed del diablo.
Alguno, que al parecer no la miraba bien, enderezó:
—¡De diabla!
Todos rieron con risas grandotas, desparramadas. Pero ella no. Ella frunció los ojos que tenían trazos rojizos del llanto pasado, y torció un poco la boca. Miró al guasón como apuñalándolo. El comentario no le gustó. Solamente en muy después entendí el porqué de la corrección. Después contó que su marido, El Pichón, demoraría en llegar. Que fue a Chigorodó por algunas cosas. Que no me extrañara de que no estuviera.
Los demás, que también tenían seca la garganta, se habían acercado a la caneca que recogía el agua de la lluvia, y repusieron el líquido que los sudores habían evaporado. Buches grandes que al bajar abultaban la garganta como un puño bajando.
Iban a seguir, cuando recordé algo, y los detuve. Subí por el costal, lleno hasta el tope de retales, y apretujado al máximo, que me había traído de Medellín. Porque había oído y visto a la mujercita del mayordomo que a la modista que le tomaba las medidas para confeccionarle un traje le decía de guardarle “hasta el último retal”. La otra dijo:
—Sí, ya sé. Son para Merlinda, o para Fela.
Yo soy muy curioso. Siempre he querido saber los “para qué”, y los “cómos” y los “por qué”. Anduve pensando de qué pudiera servirle “hasta el último retalito” de un traje de tela barata a una de las dos citadas, y no pude dar con la razón. Así es que cuando la que iría a estrenar subió a barrer le pregunté. Contestó, sonreída:
—¿No ha podido saber, verdad? Con lo que a usted le gusta saberlo todo. Me lo imagino pensándolo. Pero no logrará acertar, así es que le diré que Fela y Merlinda van a parir. Y entonces todas las mujeres de la región guardamos los retales. Cuando las visitemos de cortesía, después del parto, se los llevaremos. Ellas los usarán como pañales. Así se evitan el comprar pañales y estarlos lavando, que es lo peor. ¿Cómo le parece?
—¡Es lindísimo!
Añadió:
—Pero ahora la cosa está tan mala, con la escasez de trabajo para los hombres, que casi ninguna mujer puede estrenar. Así es que los retales serán pocos.
Había olvidado el asunto. Pero lo recordé cuando, en la ciudad, acompañé a mi señora a la modistería. Allá, con las costuras, trabajaban cuatro, y vi que tiraban los pedazos sobrantes de las telas a la basura. Rogué que me los recogieran, si les llevaba un costal.
—Por supuesto —dijo la modista—. Pero ¿para qué le sirven? Le conté de las barrigas de Merlinda y de Fela, y del empleo de los retales, y se admiró. Le pareció bellísimo el asunto, como a mí. Me dijo:
—Tráigame el costal. En quince días se lo lleno, bien apretado. Yo lo había traído, en mi última venida. Lo saqué arrastrado, porque pesaba, y se lo entregué a un amigo de El Pichón, diciéndole a Merlinda del contenido. La cara se le puso a radiar sonrisas, tal que yo le hubiera regalado una ternera. Supo decir:
—Con lo que hay ahí alcanza hasta para Fela. Partiré con ella. Ahora los retales están escasos.
Se fueron. Muy al rato sentí de nuevo que la perra avisaba, y el hocico puntudo señalaba el camino de venida de Chigorodó. Pero no asomé mis narices: sabía que era El Judío-Mercachifle. No quería verlo. Llegaba solo: ni los otros lo querían, ni él quería a nadie. Desde arriba lo execré y lo insulté mentalmente.
Aún me agencié y llevé a la región otros dos costalados de retales. Fela, a los pocos días del parto de oropéndola de su amiga, parió normalmente, y los retazos se requerían en cantidad acá y allá. Las dos se admiraron de que en los costales llegaran pedazos “tan grandes”. Eso, según sus modos del ahorro. A esos “tan grandes” no los utilizaron como pañales, sino que, industriosas, fabricaron camisillas y pantaloncitos para sus pedazos de carne parida. En más de una vez, cada una, por separado, se refirió ante mí de esos “retales tan grandes”. La admiración por el despilfarro de otras se les atragantaba y no les pasaba. Y agradecían, iterando, enviándome platos de los que estimaban mejores de los de su repertorio alimenticio, pero que, salvo el pescado frito, yo desechaba luego sin que el mayordomo o su mujer lo percibieran, porque eran ajenos a mi gusto. Pero al pescado que yo mismo me agenciaba no conseguía nunca darle el tueste exquisito que ellas sí.
Pelos y el otro se reincorporaron a su labor de desgranar el maíz, pero yo me fui al piso superior y me enfrasqué en la tarea aburridora de las cuentas de la finca. De ella, era lo único que no me gustaba. Entre sumas y multiplicaciones estuve oyéndoles por un rato la cháchara sobre las incidencias de la tarde, pero luego callaron y solo oía de vez en cuando el puño de maíz que caía en el costal. Era como unas milésimas de sonido, muy igual a un susurro que apenas se capta.
Casi a las seis de la tarde sentí que, cautelosos, unos pies descalzos subían la escalera. Como la perra no daba señales de inquietud miré sin cautelas la entrada de Pelos. Me dijo, baja la voz:
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