1 ...8 9 10 12 13 14 ...20 Mauricio Macri (2015-2019)
La república sin corrupción y el peligroso camino de la Alianza
Mauricio Macri fue el primer presidente electo en la historia por un partido que no fuera el radicalismo ni el peronismo. Un partido, que, si bien expresaba el reagrupamiento electoral de una derecha neoliberal y antiperonista que, aunque desperdigada desde 1983, nunca representó menos del 25% del electorado, ocupó también un lugar en el espacio político argentino, que había dejado vacío en los noventa la Unión de Centro Democrático (UCEDE), fundada por Álvaro Alsogaray.
Este partido tuvo mucho de articulación y reciclaje de esa derecha conservadora en general inorgánica y por fuera de estructuras partidarias, pero también presentó muchas novedades en el terreno político. Nuevos actores (del mundo de las ONG, universidades privadas, iglesias evangélicas, ex radicales seguidores de López Murphy, dirigentes peronistas con poder territorial de segunda y tercera línea) que se sumaron, muchos ya en el Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, donde el PRO gobernaba desde 2007.2
Esta descripción está incompleta sino no se la enmarca en la coyuntura particular que se abrió en 2001: el PRO es el otro hijo político de la explosión de 2001. El hijo menor del kirchnerismo, que expresa y enrostra que el 2001 no fue solo progresista. Sin las particularidades de la política argentina y las articulaciones que permite, más la coyuntura particular de 2001, estamos frente a una derecha muy parecida a la derecha hemisférica moderna. Las derechas venezolana, brasilera, uruguaya y chilena, solo por citar algunas, tienen una impresionante sintonía en demandas, críticas al “populismo” y al progresismo, eje en la corrupción de la política, que retoman más o menos los prejuicios clasistas y racistas que anidan en lo profundo de cada sociedad. Hoy también integran al mundo de las iglesias evangélicas en una actitud militante contra la llamada por ellos “ideología de género”, con una presencia electoral determinante en Brasil, pero no menor en otros lugares como la Argentina.
La UCR, que fue vital en el triunfo de Cambiemos en 2015, con su voto histórico en la ciudad de Buenos Aires, en el interior de la provincia de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, Mendoza y Jujuy principalmente, pero también en el resto de las provincias, seguía muy golpeada por el fracaso estrepitoso de la experiencia de Gobierno de la Alianza y, en vistas solo de garantizar espacios y territorio, decidió acompañar secundariamente al PRO y conformar Cambiemos. El triunfo ajustado de Cambiemos en el ballotage del 22 de noviembre de 2015 por 680 000 votos, fue reconstruido en el exitoso relato de la propaganda del PRO como un cambio de época que no venía para durar solo cuatro años. Mucho menos planeaba dejar el Gobierno antes de tiempo, como en el caso de Alfonsín y De la Rúa, los dos gobiernos no peronistas desde la recuperación democrática.
El clima instalado de la necesidad de cambio de época que se montaba sobre el desgaste de los doce años de gobierno peronista, el tibio apoyo que recibió el candidato oficialista de parte de buena parte del kirchnerismo, el quiebre del peronismo por el espacio armado por Sergio Massa y algunas gobernaciones peronistas peleadas con el kirchnerismo, sumado a la campaña publicitaria de diseño profesional más eficiente de la historia argentina y el cambio de clima político regional con el declive de los gobiernos progresistas del hemisferio, produjeron un combo demasiado fuerte para no ganar la elección.
Cuatro años después, Cambiemos ha demostrado ser mucho más un éxito como marca y como expresión política, que da cuenta de las demandas ideológicas de una buena parte de la sociedad civil, que como fuerza política con capacidad para gestionar el Estado.
Macri, en su discurso inaugural, no presentó un programa de gobierno, no enunció medidas, solo calibró estados de ánimo y formuló apreciaciones generales: describió el pasado reciente en términos de autoritarismo, corrupción y falta de institucionalidad. El enfrentamiento innecesario y una reivindicación de la justicia independiente que “en estos años fue el baluarte de la democracia e impidió que el país cayera en un autoritarismo irreversible”. Es interesante la defensa de la justicia en el discurso de Macri –“frente a los intentos del kirchnerismo de cooptarla”– y la centralidad que tendrá la justicia, sobre todo la justicia federal, en el discurso de Alberto Fernández, en el cual por primera vez no se apela a formulaciones generales acerca de la necesidad de una justicia independiente y se asume una denuncia durísima contra el entramado entre servicios de inteligencia, periodistas y fuero federal para perseguir opositores y acomodar la justicia a los poderes de turno.
El discurso de inicio de Mauricio Macri transcurrió pocas horas después de que la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner se despidiera frente a aproximadamente 400 000 personas con una reivindicación de su gestión que sería denostada horas después por el nuevo presidente en la Asamblea Legislativa. Nunca en 36 años se había convocado una despedida masiva para un gobierno que se iba. Alfonsín se fue antes de tiempo, Menem se fue sin aplauso, De la Rúa, en helicóptero, dejando más de treinta muertos en todo el país, Néstor Kirchner se fue sin despedida porque quedaba su sucesora que estaría ocho años y que sería reelegida en 2011 con el 54% (el porcentaje más alto en una elección presidencial después de Perón tanto en 1951 como en 1973, en ambas elecciones tuvo el 62%). Cristina Fernández se fue con una Plaza de Mayo llena. Macri se fue con una elección sorpresivamente muy buena en relación a las PASO de agosto de 2019, pero con una Plaza apenas colmada que como máximo llegó a las 100 000 personas: entre tres y cuatro veces menos que la que había logrado juntar antes de la elección con la esperanza de la remontada que le permitiese llegar al ballotage. La Plaza del millón del 19 de octubre de 2019, que no tuvo un millón, pero sí algo menos de 400 000 personas. La derrota, en general, no moviliza. El caso de Cristina y la Plaza del 9 de diciembre sería la excepción a la regla. Hubo derrota, pero ya había épica de retorno. En esa noche de retirada y de épica, nació el canto “vamos a volver”.
Alberto Fernández (2019-2023)
La épica de la reparación en equilibrio
Nunca más a los sótanos de la democracia.
Alberto Fernández produjo uno de los discursos de asunción más importantes de nuestra historia reciente. Cargado de referencias a la historia, recuperó la ideología sin ocultarla ni disfrazarla de lugares comunes. En muchos de los puntos que tocó, anunció líneas de acción. Lo contrario al discurso de asunción de Macri, cuatro años atrás, cargado solo de frases y enunciados generales, con referencias negativas al gobierno anterior.
Alberto Fernández combinó en su discurso lo que logró en su perfil: moderación y firmeza combinadas, toda una novedad en la política argentina. La moderación en Argentina siempre quedó en el baúl de la debilidad y la resignación. Pareciera que Alberto Fernández irrumpió en otra lógica. Un político tradicional que se dejó asesorar, que produjo una campaña efectiva, pero que abandonó a la intemperie toda la batería que parecía haberse instalado en la Argentina para siempre con Cambiemos: la política solo como marketing. Los discursos, caras, gestos, gritos y silencios perfectamente producidos y guionados por profesionales del marketing político y dictados por el uso del big data, que incorpora todas las innovaciones tecnológicas de las redes sociales y los datos que producen para practicar de manera sofisticada un nuevo tipo de guerra psicológica que es sin duda hija de la guerra psicológica aplicada durante la Guerra Fría.
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