Tchuang Tse (sabio Chino del siglo III a. C.), en su antología de ensayos filosóficos (Les Péres du Sisteme Taoiste de Leon Wieger), cuenta el caso de un joven de familia humilde cuyo talento para las artes marciales fue detectado por un prefecto local del imperio y enviado a la capital para su educación. Un tiempo después, otra familia de la localidad, al ver que el hijo de un vecino había sido beneficiado por poseer talento para el manejo de las armas, se hizo presente ante la autoridad local para recomendar a uno de sus hijos para el mismo oficio. El funcionario imperial en esa coyuntura estimó que el recomendado era un hombre peligroso dadas las condiciones políticas del momento y ordenó que le cortaran un pie.
En esta organicidad del tiempo se distinguen los conceptos de “duración”, por una parte, y de “desarrollo gradual”, por otra. La duración es lo propio de las creaciones humanas realizadas conforme al sentido (Tao); y el desarrollo gradual es el modo natural de crecimiento y el desafío que el tiempo orgánico opone a las pretensiones de las empresas humanas. Un dictamen del I Ching sostiene que una demora conveniente en la realización de un proyecto es lo que el sujeto necesita para templar su carácter, a fin de adaptar sus pretensiones al ritmo de los procesos naturales (I Ching, Capítulo “El Conflicto”).
En la totalidad del texto del libro se presupone que el acontecer tiene raíces trascendentes y procede de un macrosistema de fuerzas combinadas cuya trama abarca el universo todo. En su conjunto ese macrosistema es la expresión del Tao como principio (ser supremo) y como sentido (ley eterna). La ley eterna antes de estar expresada en una preceptiva oral o escrita es la descripción de su manifestación en todas las coyunturas posibles que el organismo del espacio-tiempo pueda hallarse en relación con la vida y los actos humanos.
En una comparación con la Ley de la cultura israelita, esta se revela al profeta líder de los hebreos antiguos como la expresión de la voluntad de Iahvé, pero para un pueblo que se había distanciado definitivamente de la antigua conciencia participativa, por la que el acontecer humano era parte del acontecer natural. La Ley de Israel está destinada a ser el sentido del actuar humano, pero solo en un mundo de hombres, libres ya de su participación psíquica consciente en el orden natural. En ese sentido da la impresión de que la revolución monoteísta se distanció del paradigma natural en el que sus ancestros estuvieron inmersos, porque algo de la religión cósmica quedaba en los cultos paganos.
Pero el interés que puede suscitar para nosotros el I Ching como una codificación de la sabiduría cósmica primigenia es que fue destinada a regir como ley fundamental de un orden civilizado. En este hecho único en el historial de la cultura humana se halla la explicación de la longevidad del imperio chino y su cultura ética, aun en los tiempos más difíciles de su devenir político, como los misioneros jesuitas franceses y españoles del XVII nos informan.
Para el tema que nos hemos propuesto desarrollar en este ensayo, el I Ching, como libro sapiencial, presenta el interés de derivar de esa sabiduría cósmica, que emana de la organicidad original del espacio-tiempo, una concepción del deber ser humano coincidente con la concepción bíblica del hombre. Lo interesante en esto reside en el hecho de que el modelo de hombre subyacente en este libro emerge justamente del paradigma de un orden originario.
Con relación a esto, es interesante recordar que cuando los jesuitas franceses fueron a China a estudiar su cultura in situ, con el propósito de conocer las bases de un orden social que a ellos les parecía digno de ser estudiado, se cuidaron mucho de llamar la atención y ser detectados por las autoridades. Este anonimato de un grupo de religiosos occidentales en China solo pudo ser mantenido por breve tiempo. Eventualmente la información llegó a oídos del emperador, quien hizo llamar a estos religiosos extranjeros, no para hostigarlos ni amenazarlos, sino para saber cómo estos europeos habían asimilado lo esencial de la cultura china, si eso era posible. Los jesuitas comparecieron ante el emperador, quien con mucha amabilidad y protocolo los recibió en la sala del Gran Estudio. Interrogado acerca de sus investigaciones sobre el idioma y la literatura sapiencial china, el sacerdote que hacía de cabeza del grupo fue desafiado por el emperador a leer pasajes del I Ching y a formular comentarios pertinentes, lo cual el sacerdote hizo con entera soltura y mucha inteligencia. El emperador grandemente sorprendido le dijo que nunca se habría imaginado que un europeo fuera capaz de algo semejante. Después le formuló una pregunta interesante para el tema que nos ocupa: si él como sacerdote católico veía alguna incompatibilidad entre el I Ching y su Evangelio cristiano, a lo que el jesuita respondió que no veía ninguna incompatibilidad en el ámbito doctrinal, pero sí en el hecho de que este libro fuera consultado como oráculo.
Debían pasar cuatro siglos antes de que la psicología analítica moderna descubriera la fenomenología del inconsciente para explicar científicamente por qué la consulta del I Ching, mediante un nexo que une el acontecer objetivo y los contenidos profundos de la psique, puede describir con fidelidad la situación en que se halla una determinada persona en medio del juego de fuerzas que están conformando su destino. Con todo, dejaremos de lado este aspecto del I Ching, por cuanto constituye una modalidad cultural ajena a nuestra estructura mental, en tanto que el contenido del texto, por las razones dadas antes, tiene una relación inevitable con el fluido del destino individual y social de los hombres de cualquiera época.
El punto en que incide la concepción ética que se desprende de esta cosmovisión reside en primer lugar en lo que este libro designa con el nombre de “hombre superior”. En la versión castellana realizada por la doctora Lola Hoffmann, la traductora, después de una acucioso estudio, define al hombre superior, mencionado constantemente en el I Ching, en los siguientes términos: “Este representa a un sujeto capaz de examinar y corregir continuamente sus errores, de estructurar su destino (plan de vida) en forma soberana y vivir en comunión con las energías cósmicas visibles e invisibles”.
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