Chris Kraus - Video Green

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Video Green examina el boom del arte de Los Ángeles impulsado por los programas de graduados de alto perfil a finales de la década de 1990. Sondeando la superficie de los términos críticos en boga, Chris Kraus realiza una brillante crónica de cómo la ciudad de Los Ángeles se transformó, de repente, en el epicentro del mundo del arte internacional y en un microcosmos de la cultura más amplia.¿Por qué está Los Ángeles tan completamente divorciada de otras realidades de la ciudad? Un libro inteligente, analítico y agudo,
Video Green, es al mundo del arte de Los Ángeles, lo que
Mitologías, de
Roland Barthes fue a la sociedad del espectáculo: la autopsia en vivo de una ciudad fantasma.Esta edición de
Video Green de
Chris Kraus es especial. Cuenta con una intervención artística,
Marcapáginas de la artista
Maider López, que surge de una cita del libro. A partir de una reflexión sobre el fetichismo de los objetos, la propuesta de
Maider López consiste en recolectar recuerdos que diariamente usamos como marcapáginas. Gracias a la participación de cientos de personas, diferentes evocaciones a su cotidianidad personal, se incluyen en cada volumen impreso.

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Bronk nació en 1918, en Pearl Street, Hudson Falls, en la misma gran casa amarilla en la que murió. Era el único hijo de la rama del norte del estado de Nueva York de una familia colonial holandesa que tenía todo un distrito con su nombre: el Bronx. Bronk asistió a la Universidad de Dartmouth durante mediados de la década de 1930. Se inscribió en Harvard para realizar un posgrado; abandonó después del primer año. Mientras estaba en Dartmouth, Bronk pasó dos veranos en la Cummington School for the Art, donde, ya como un joven poeta, se enamoró de todos los pintores. Eran tan poco verbales, tan intensos, estaban comprometidos con la figuración apasionada que luego se practicaría en la New York Studio School: pinturas llenas de sangre y sudor, una especie de transferencia física. Antes de convertirse en directora de cine, Shirley Clarke pintó a Bronk con diecinueve años como un Cristo de Goya bohemio. Herman Maril, Vincent Canadé y Clarke, que estaban en la residencia de Cummington, se convirtieron en sus amigos de toda la vida. Después de Harvard, Bronk pasó dos años en el ejército y luego regresó a Hudson Falls, donde se quedó para administrar la tienda de su familia en la calle Parry.

Según cuentan los amigos de Bronk, su vida en Hudson Falls tenía una especie de encanto a lo Frank Capra. Los días comenzaban con una caminata de Pearl Street hasta la tienda de McCann, donde recogía el periódico de la mañana. Era miembro del consejo de la Biblioteca pública de Hudson Falls, y todas las damas de allí decían “Buenos días, señor Bronk” cada vez que él entraba. En Pearl Street, todos los vecinos lo conocían como “Bill, el hombre del carbón y la leña”. Mientras tanto, se escribía con Charles Olson, Cid Corman y George Oppen, los grandes padrinos del objetivismo de su era. Mientras afuera los hombres arrastraban gruesas maderas, Bronk permanecía en su oficina, inclinado sobre un enorme escritorio de roble que había pertenecido a su padre, escribiendo oscuros y profundos poemas metafísicos. Como señala su amigo, el escritor Paul Pines, “el interés de Bill en el negocio familiar era mínimo”.

¿Cómo hizo Bronk para sobrevivir? Da la impresión de haber sido ambiguo respecto a su oscuridad completamente buscada. Durante años, se sintió satisfecho publicando volumen tras volumen en una pequeña editorial de un amigo en New Rochelle. Cuando, por insistencia de George y June Oppen, la editorial New Directions finalmente publicó su sexto libro de poesía, Bronk dijo: “Cuando The World, the Wordless (1964) se publicó, me sentí desnudo. Y después, me di cuenta de que nadie estaba mirando”.

Desde un punto de vista biográfico, a Bronk se lo suele comparar con el poeta Wallace Stevens. Los dos asistieron a Harvard; los dos tuvieron trabajos no literarios a tiempo completo. Los dos debieron esperar muchos años para recibir un reconocimiento importante como poetas. Stevens, que publicó su primer libro a los cuarenta y cuatro años, ganó el National Book Award cuando tenía sesenta. Bronk ganó el American Book Award a los sesenta y cuatro por su libro Life Supports: New and Collected Poems, publicado por la editorial North Point Press en 1981. Pero después de eso, volvió a publicar con Talisman House, una pequeña editorial de New Jersey dirigida por el amigo que ahora está a cargo de su obra. Como Bronk, Stevens tenía un trabajo administrativo; era empleado de una compañía de seguros de Hartford, Connecticut. Pero a diferencia de Stevens, Bronk no era un gran defensor de la ética del trabajo. Stevens, un gran modernista, dijo una vez: “El contacto diario con un trabajo le da al poeta el carácter de un hombre”. Bronk tenía poco interés en poseer una identidad de “hombre” y mucho menos “carácter”. “Hay una sensación de que el poema está allí y el poeta simplemente lo transcribe”, le dijo Bronk a un periodista del periódico Times Union, de Albany, en 1982. “Cuando el poema llega, llega como una sorpresa, y es un placer.”

The way you wear your hat,

The way you sip your tea,

The memory of all that,

No, no! They can’t take that away from me! 2

La casa de Martin en Binghamton era una construcción modestamente lujosa en una de esas subdivisiones bautizadas con el nombre de la cosa que el promotor inmobiliario tuvo que destruir. ¿Se llamaba Pradera de los Zorros, Escondrijo del Águila, o Cerro de los Castores? No lo recuerdo. Conocí a su hija en la cocina cuando bajé de su habitación por la mañana tambaleando por la escalera. Parecía notablemente madura para tener doce años y haber perdido a su madre hacía tan poco. Tenía esa omnipotencia irrepetible que llega a los doce años, cuando tienes la edad suficiente para observar el juego tal cual es pero no para estar involucrada en él. Martin había meditado mucho sobre la paternidad individual. Le había explicado que, como los niños, los adultos también invitan a amigos a dormir. Utilizaba su vida sexual como un medio para conectarse con su hija, y la alentaba a que lo ayudara a categorizar y puntuar a sus novias. Esas mujeres iban a ir y venir, pero ella siempre estaría allí.

Wallace Stevens escribió que “la imaginación es el poder que nos permite percibir lo normal en lo anormal, lo opuesto al caos, en el caos”. Bronk, por su parte, estaba bastante cómodo con el caos. Era fan del filósofo nihilista Arnold Schopenhauer; sus poemas regresan con claridad estremecedora a las epifanías desconcertantes del ingenio metafísico, entregado en bruto, sin adornos. Son poemas íntimos, aunque casi todos giran en torno a la intangibilidad. Bronk examina la luz y la forma como un doctor de pueblo explora a sus pacientes en busca de sarampión. Como el patricio de pueblo que era, entrega su rigurosa marca de ontología oscura con una pronunciación lenta y astuta. De hecho, tiene mucho más en común con William Burroughs que con Wallace Stevens.

La vida “personal” (es decir, sexual) de Bronk es un secreto bien guardado entre los amigos literarios de Glens Falls que le sobrevivieron. Sus amistades son bastante discretas al respecto. A pesar de que Bronk nunca se casó, apreciaba la compañía de mujeres. También le gustaba la compañía de hombres y muchachos. Hacia finales de la década de 1960, se hizo amigo de Lorin French y Dan Leavy, dos estudiantes de la escuela secundaria de Hudson Falls. Leavy, French y otros muchachos “no atléticos” fueron visitantes asiduos de su casa en Pearl Street. Gracias a la influencia de Bronk, Leavy y French se convirtieron los dos en artistas profesionales, y muchas de sus obras están incluidas en la colección.

Durante la década de los setenta, Bronk visitó Nueva York asiduamente. Frecuentaba mucho el Tin Angle, el bar en Bowery propiedad de Paul Pines. William Burroughs vivía del otro lado de la calle, en un loft llamado “el búnker”, y poetas jóvenes como Eileen Myles limpiaban las mesas. Paul Pines recuerda que Bronk era “muy escurridizo” en ese momento. Más adelante, Pines vendió el bar, se mudó al Caribe, se aburrió y se instaló en Hudson Falls. Pines recuerda las largas caminatas que él y Bronk daban a lo largo del sendero que bordea el río Hudson. Hablaban sin cesar de poesía y cultura y cosas personales. Bronk conocía los trapos sucios de cada casa por la que pasaban. Era un chismoso tremendo y atesoraba cada detalle de las vidas de sus vecinos, aunque como dice Pines, “sus poemas venían de otro lugar. No usaba esa información”.

La desaprobación de Martin de mi cabello y mi maquillaje realmente me molestó. Había ido a la peluquería en Los Ángeles; me había costado trescientos dólares. Me había maquillado (con productos MAC) en la última área de descanso de la autopista antes de Binghamton… hasta había investigado dónde quedaba la parada. Esa mañana, cuando su hija partió para la escuela, me dijo:

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