Chris Kraus - Video Green

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Video Green examina el boom del arte de Los Ángeles impulsado por los programas de graduados de alto perfil a finales de la década de 1990. Sondeando la superficie de los términos críticos en boga, Chris Kraus realiza una brillante crónica de cómo la ciudad de Los Ángeles se transformó, de repente, en el epicentro del mundo del arte internacional y en un microcosmos de la cultura más amplia.¿Por qué está Los Ángeles tan completamente divorciada de otras realidades de la ciudad? Un libro inteligente, analítico y agudo,
Video Green, es al mundo del arte de Los Ángeles, lo que
Mitologías, de
Roland Barthes fue a la sociedad del espectáculo: la autopsia en vivo de una ciudad fantasma.Esta edición de
Video Green de
Chris Kraus es especial. Cuenta con una intervención artística,
Marcapáginas de la artista
Maider López, que surge de una cita del libro. A partir de una reflexión sobre el fetichismo de los objetos, la propuesta de
Maider López consiste en recolectar recuerdos que diariamente usamos como marcapáginas. Gracias a la participación de cientos de personas, diferentes evocaciones a su cotidianidad personal, se incluyen en cada volumen impreso.

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Sin embargo, si un artista negro o chicano que trabajara fuera de la institución montara una instalación que contuviera las palabras “Fuck the Police”, se la reseñaría de forma muy diferente, si es que llegara a reseñarse. Una instalación como esa sería vista como una obra atrapada en la política de la identidad y el didactismo que azotó el mundo del arte de Los Ángeles durante la década de 1990. En un artículo del LA Times de 1996, el crítico David Pagel descartó dos dé-cadas de la obra de Isaac Julien, artista y realizador de cine nacido en India occidental, exhibida en la Margot Leaven Gallery, tildándola de “miope y oportunista”. “Esta conservadora exposición”, escribió Pagel, “sostiene que el grupo social al que el artista pertenece es más importante que la obra que realiza… El arte como autoexpresión terminó en la década de 1950”, concluye Pagel triunfalmente, “aunque esta muestra intente negarlo… Es la investigación de mercado la que encierra a las personas en categorías; el arte solo empieza cuando las categorías empiezan a romperse”.

Mientras que el modernismo creía que la vida del artista poseía las claves mágicas para leer las obras de arte, el neoconceptualismo ha enfriado esta creencia y la ha corporativizado. La biografía del artista casi no importa. ¿Qué vida? Mientras más vacía mejor. La experiencia de vida del artista, si es canalizada en la obra de arte, solo puede impedir el propósito neoconceptual, neocorporativo, del arte. Lo que queremos leer es la biografía de la institución.

En The Collector Shit Project [El proyecto de la mierda de coleccionista] (1993), el curador y artista Todd Alden invitó a numerosos curadores, coleccionistas y artistas contemporáneos de renombre a “donar” muestras de su materia fecal. Cada espécimen fue enlatado, firmado por el artista y numerado. A cada lata se le otorgó un certificado de autenticidad en una edición muy limitada (1 de 1). Collector’s Shit responde, con un poco de ingenio conceptual, al prolongado entusiasmo que se irradió durante una década en el mundo del arte sobre “lo abyecto”, una condición descrita por Julia Kristeva en 1982 en Los poderes del horror: un ensayo sobre lo abyecto. Pero, en retrospectiva, el proyecto de Alden también ofrecía un guiño referencial al artista del Nuevo Realismo Piero Manzoni, que hizo exactamente el mismo proyecto (Merda d’artista [Mierda de artista]) en Italia, en 1961. Expuestas en latas de colores brillantes, y apiladas alegremente como en un estante de supermercado, Merda d’artista fue la crítica mordaz de Manzoni al consumismo de la posguerra: una oferta pública de su mierda. El trabajo de Manzoni, como el de sus contemporáneos del Nuevo Realismo de Italia y Francia, fue pronto absorbido por el Pop Art con base en Nueva York, en el que el mismo imaginario se utilizó con una ironía festiva carente de la furia original. El Pop Art fue esencialmente un gran fuck you al expresionismo abstracto. Al utilizar la iconografía consumista, habló principalmente de cosas que sucedían en el mundo del arte sin preocuparse en absoluto del movimiento consumista que estaba teniendo lugar, en ese momento, en la cultura en general.

La relación con Manzoni y su historia concomitante no representaron demasiado en la repetición de Alden de 1993. Lo más importante fue “lo abyecto”, y la obra tuvo un éxito notable. Montones de coleccionistas le enviaron montones de mierda. Los que no lo hicieron le enviaron cartas, que también se exhibirían. Y luego, tuvo la suerte de que la muestra fuera cancelada por el lugar que había elegido para montarla, el almacén Crozier. Crozier era donde almacenaban sus obras las galerías de alta categoría de Nueva York. Cuando el gerente supo el contenido real de la muestra de Alden, se sintió razonablemente impresionado. “No puedes”, le escribió en una carta al artista, “realizar una exhibición de excremento”. Finalmente, todo el asunto se mostró en la Art Matters Foundation en Nueva York. Alden, que acababa de graduarse del posgrado de arte de Whitney Studio, se tomó la abyección con mucha seriedad. En aquel momento, el programa del Whitney promulgaba dos cosas: la comprensión de lo que realmente significaba “lo abyecto” para Kristeva, y la crítica institucional. “Le di forma a mi incapacidad para representar lo abyecto”, le dijo Alden a Sylvère Lotringer en una entrevista, años más tarde (More & Less, 2000), “a través de una suerte de configuración semiótica, al presentarla en una lata en la que el excremento obtiene sentido por medio del lenguaje, y no, por medio, sabes…”. “¿De la mierda?”, preguntó Lotringer.

Estamos viviendo una vida cotidiana tan despreciable y trivial que la pornografía se vuelve la única réplica apropiada.

SEGUNDA PARTE: ARGUMENTO

Al trazar la profesionalización del mundo del arte en su libro Art Subjects (1999), Howard Singerman describe la forma en que las decisiones institucionales se llevaron a cabo en la década de 1950 para separar los programas de arte de las facultades de Humanidades, de modo que estuvieran basados en la experiencia y la práctica. Influenciadas profundamente por el impacto del experimento de Charles Olsen en Black Mountain, Yale y Harvard implementaron nuevos posgrados de arte basados en la práctica y la crítica en el taller. Este cambio fue una bendición a medias. Si bien proporcionaban una formación más realista que dos años más de historia del arte, la formación institucionalizada con un grupo de compañeros de los posgrados también significaba dos años de confusión institucionalizada. Como recordó Jack Goldenstein durante el apogeo del conceptualismo de CalArts en la década de 1970, los profesores hacían muy pocos comentarios negativos sobre el trabajo de los alumnos. La aprobación se expresaba a través de un ligero movimiento de cabeza. Obtenías ese movimiento o no.

Recuerdo haber visto un horroroso video de un estudiante de posgrado del Art Center, en el que él se “ofreció como voluntario” para ser atado como un pollo y colgado del techo como una piñata para el proyecto de un amigo. Este proyecto formaba parte de la “mini reseña” del amigo. El estudiante en cuestión ya tenía tres errores en su contra. Era muy inteligente y poseía una licenciatura en algo no artístico de una universidad de la Ivy League; había sido un judío observante; esperaba utilizar sus preocupaciones sociales y espirituales como una base para el arte que hacía en la escuela y que iba a desarrollar después. Su aceptación a hacer de pollo fue un último intento desesperado de integrarse en la diversión y ser parte del grupo. Recuerdo haber visto cómo el rector y el tutor académico de ese momento caminaban en círculos alrededor de esta “piñata” viviente durante media hora, le daban golpecitos y lo empujaban, hacían comentarios denigrantes sobre la construcción de la obra, y arrojaban ceniza de cigarrillos sobre el envoltorio de papel maché.

Nadie quiere dejar de ser cool. Sin embargo, este proceso de humillación de dos años es esencial para el desarrollo de valor dentro de los parámetros del arte neoconceptual, que es elusivo por naturaleza. Sin este proceso, ¿quién sabría qué fotos cibachrome de letreros urbanos, qué video de calcetines dando vueltas en una secadora, qué pinturas monocromas minimalistas son olvidables y cuáles están destinadas a ser arte?

Hasta hace poco tiempo, no había ninguna posibilidad en absoluto de desarrollar una carrera artística en Los Ángeles sin asistir a uno de los varios posgrados de arte de alto perfil. Nueva York siempre tuvo una multiplicidad de mundos del arte, cada uno con sus propios premios y castigos y recompensas. El juego allí siempre se trató en observar quién de las escenas de galerías experimentales y alternativas tendría éxito en “cruzar” desde Williamsburg hacia Chelsea y más allá. En Los Ángeles, los espacios alternativos como la Galería Zero One de Hollywood, Highway, el espacio de performances de Santa Mónica e incluso el espacio LACE (Los Ángeles Contemporary Exhibitions), de más alto perfil aunque sin fines de lucro, han sido guetos sin salida a los que no concurre nadie del mundo del arte y mucho menos los ambiciosos estudiantes. Curiosamente, esta situación ha comenzado a cambiar con la gentrificación del centro y los barrios del noreste. Espacios de arte infrafinanciados han abierto en Chinatown, el centro y Echo Park, frecuentados por “civiles” relacionados: residentes que trabajan en campos tangenciales al arte como el cine y la moda, el marketing online, la organización comunitaria y el derecho.

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