A esta fe sin fisuras en las revoluciones, Camus oponía su voluntad individual de felicidad, aun sabiendo que ‘uno puede avergonzarse de ser el único en ser feliz’; desde la dicha maciza y personal, anhela la dicha en solidaridad. Si todo trabajo humano está condenado a la esterilidad, vive en la obstinación de buscar, buscarse y crear.
Pasados tantos años, no solo nada ha cambiado respecto de su pensamiento, sino que me siento aún más segura de cuanto afirmé, al respecto, en este libro, salvo, quizá en mi actitud religiosa que poco a poco ha derivado hacia una apertura sana, por sincera. Me sigue admirando este pensamiento ateo, aunque ligado a la visión cristiana de la existencia tras las desilusiones de izquierdismos sucesivos y revoluciones –o pretextos de revoluciones– traicioneras, traicionadas e infecundas, a cuya existencia se impone la condición de una naturaleza humana incapacitada para sostener una lucha incesante contra la traición y el mal, pero que busca incesantemente alguna forma –aunque sea solo como esperanza– de perfección.
El agnosticismo no es feliz ni cómodo, no debe serlo. Como no debe serlo la fe. Pero todo ser humano sincero aspira a un mundo mejor y, quizá, a una esperanza que trascienda los muros de su universo y de su tiempo.
Susana Cordero de Espinosa
Cumbayá, octubre de 2017
PREFACIO
Todos, aun aquellos que no conocen a fondo la obra de Albert Camus, saben de la trascendencia de su quehacer artístico, uno de los testimonios más penetrantes que la inquietud por el hombre, característica de la mejor literatura europea del siglo XIX, haya podido dejarnos.
La problemática camusiana, de hondo sabor humanista, vertida gracias a una suprema capacidad artística en lenguaje de extraña asequibilidad, lo ha consagrado como un maître a penser de las actuales generaciones.
Camus recibió el premio Nobel muy joven aún, en 1957. Este galardón le dio fama universal, pero no hubiera bastado para hacerle durar, si no hubiese consagrado el quehacer de un hombre auténtico, artista –pensador en la emoción y la solidaridad– que, penetrado por los problemas de su tiempo fue, ante todo, un hombre en búsqueda, un hombre de acción.
Durante mucho tiempo se catalogó a Camus como escritor existencialista. Equívocos como este se mantienen todavía en un medio como el nuestro, en el que los lugares comunes constituyen, tantas veces, todo conocimiento. La imagen superficial que de él nos hicimos a través de una de sus obras, generalmente de El extranjero, nos lo entregó como el novelista del absurdo o, lo que es aún menos verdadero, como el filósofo del absurdo.
Camus no fue filósofo, y no quiso adherirse a sistema alguno. Tampoco fue un pensador pequeño–burgués cuyas lecciones sirvieran solo para hombres cómodamente instalados ante una taza de café. Conoció la miseria de los barrios pobres argelinos e ingresó al partido comunista, del que se retiró pocos años más tarde; su itinerario es, pues, el de tantos de nuestros jóvenes en busca de una vida auténtica, y su particularidad, la coherencia intensa con su infancia, con su tiempo desolado, con lo que para él fue su deber.
Hay muchos y excelentes estudios sobre Camus, mas nos llegan apenas por sus referencias bibliográficas, sin sernos asequibles, pues en su mayoría están publicados en francés o inglés; en nuestra bibliografía ecuatoriana conocemos apenas un título: Humanismo de Albert Camus, por Juan Valdano1, que examine de manera detenida la singular obra de ese autor.
Impelidos por la urgencia, estudiamos a pensadores nuestros, pero en nuestra realidad no solo ellos están presentes. Escritores hay que serán siempre como hermanos mayores, universales y localizados, imprescindibles para todos. Entre ellos está, sin duda, Camus. Queremos interpretarlo en homenaje a aquellos que saben que todo lo humano nos pertenece y tanto más, cuanto mejor expresa nuestro hoy angustiado, las previsiones de un futuro que cada día se hace presente, anclado en parte fundamental en un pasado –el antiguo humanismo mediterráneo– cuya alegría, tragedia y voluptuosidad animan todavía las reconditeces de nuestro quehacer.
1. Juan Valdano, Humanismo de Albert Camus, Cuenca, Publicaciones de la Universidad Católica de Cuenca, 1973.
SIGLAS
EE = L’Envers et l’Endroit
N = Noces
C = Caligula
E = L’Étranger
MS = Le Mythe de Sísyphe
M = Le Malentendu
LAA = Lettres à un ami allemand
ES = L’État de siège
J = Les Justes
P = La peste
HR = L’Homme révolté
Et = L’Été
Ch = La chute
ER = L’Exil et le Royaume
DS = Discours de Suède
AI = Actuelles I
AII = Actuelles II
Nota: La paginación corresponde a las siguientes ediciones críticas:
Albert Camus, Théâtre, Récits, Nouvelles, Paris, Gallimard, “Bibliotèque de la Pléiade”, 1962 (que aparecerá después de la sigla como Théâtre…), y
Albert Camus, Essais, Paris, Gallimard, “Bibliotèque de la Pléiade”, 1965 (que aparecerá después de la sigla como Essais).
INTRODUCCIÓN
I PRECISIONES TEÓRICAS Y METODOLÓGICAS
El tema a la luz del que queremos abordar la obra de Camus es el de la moralidad. La inquietud de Camus parte de dos polos y entre ellos se dilata en cada una de sus obras: su amor al mundo, su afán de permanencia en cada instante de vida y de lúcida alegría, y su conciencia de la muerte.
Contra la primera exaltación de Bodas, en su “El viento en Djémila” –ensayo incluido en la obra de aquel título– estaba inserta la comprensión de que todo muere. Esta convicción no llamaba entonces a la rebelión en su manifestación madura, pero significaba asumir la desesperanza en la esperanza, desesperanza que no es desesperación, aunque en El revés y el derecho Camus afirmó que “no hay amor de vivir sin desesperación de vivir”.2
Vida y muerte, dos extremos de los que surgen valores opuestos, dos núcleos enfrentados, primero, como mi vida y mi muerte y luego, como elementos esenciales de la condición humana, motivos de soledad tanto como de solidaridad. Vitalmente va Camus accediendo a aquellos valores, sobre ellos intentará una reflexión en sus dos obras ideológicas e irá diseminándolos como una semilla en cada uno de los momentos creativos.
En entrevista concedida a Le Figaro Littéraire, el 21 de diciembre de 1957, Camus afirmaba:
Tenía un plan preciso cuando comencé mi obra: en primer lugar quería expresar la negación bajo tres formas: novelística, fue El extranjero. Dramática, Caligula y El malentendido. Ideológica: El mito de Sísifo. Preveía lo positivo bajo tres formas también. Novelística: La peste. Dramática: El estado de sitio y Los justos. Ideológica: El hombre rebelde3.
Para entonces, Camus había publicado ya la mayoría de sus obras. Al intentar a posteriori una aclaración de lo que quiso hacer en ellas, nos introduce en un universo sencillo, dilucidable, en el que hay una evolución del no al sí, de la negación a la afirmación, de la duda a la certeza, de la nada al ser.
¿Qué quería decir Camus, cuando intentaba expresar “la negación” y “lo positivo”? ¿Qué valores constituyen los polos de este universo? Los valores negativos ¿no esconden promesa o positividad alguna? Los positivos ¿lo son en positividad total, en afirmación sin fisuras? De ser así, vida y muerte pudieran separarse, no serían las dos caras de una misma realidad, sino dos realidades que se repelen una a otra. Puesto que el mismo Camus experimenta que la separación es imposible, averigüemos de qué manera se cumple aquella afirmación suya sobre la intención que le guio en su crear.
Intentemos entender qué es lo que Camus llama la negación, cuáles son los valores insertos en este momento creativo. Examinemos los valores que exalta en la obra resultante de su intención de manifestar la positividad.
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