Max Liebster - Un crisol de terror

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UN CRISOL DE TERROR relata con todo lujo de detalles el viaje tortuoso de Max Liebster por cinco campos de concentración nazis, incluido el tristemente famoso de Auschwitz. Es un drama de supervivencia, pero sobre todo, una historia de esperanza y de entereza moral.

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A diferencia de mis padres, los Oppenheimer no pensaban en la venida del Mesías. Su Pesach carecía de significado: se reducía al pan ácimo y a una rutinaria visita a la sinagoga, ya que incluso durante la Pascua el negocio tenía prioridad. Mis primos afirmaban que la honradez y el trabajo arduo eran tan importantes como la observancia de la tradición, y que con su integridad ayudaban a la gente a hacer frente a la depresión económica. Desde luego no se puede negar que esa era una mitzvah (una buena obra). Con el tiempo, también yo empecé a sentir el mismo celo por el negocio.

❖❖❖

En 1929 justo cuando empecé a asistir a la escuela de comercio la economía - фото 12

En 1929, justo cuando empecé a asistir a la escuela de comercio, la economía dio ciertas señales de recuperación, pero resultaron ser una mera ilusión, pues la gigantesca ola que comenzó con la caída de Wall Street barrió Alemania sin piedad y sumió a la gente en la desesperación. Julius incluso llegó a quejarse de que yo les salía demasiado caro. Los desempleados, inquietos, hacían cola todos los días para que sellaran sus certificados de trabajo y así constar como indigentes.

Cuando finalicé los tres años de estudios, el ambiente estaba tenso y se respiraba cierto temor y frustración que afectaba a nuestros clientes. En las calles, multitudes de manifestantes marchaban tras las banderas de su partido gritando consignas. Los trabajadores y desempleados mostraban su ira, y cuando se enfrentaban las facciones, lo más prudente era desaparecer. Los disturbios estallaban por todas partes.

Me resultaba irónico ver cómo la misma gente que se enfrentaba en las calles, se reunía después durante las festividades católicas para caminar tras una cruz que el sacerdote mantenía en alto. Ataviado con sus vestiduras ceremoniales, conducía la procesión fuera de la ciudad hasta los campos, y allí otorgaba su bendición. Las imágenes talladas me provocaban profunda repugnancia, ya que la Tora era clara al respecto: “No debes hacerte una imagen tallada”. Todo esto era muy extraño para mí.

La noche de la Pascua de Resurrección, los jóvenes católicos prendían fuego

a un montón de maderas en el atrio de la iglesia, y

tras recibir la bendición del sacerdote

y ser rociados con agua bendita,

se dirigían a las propiedades judías

con antorchas encendidas, gritando: “¡Muerte al judío !”.

(Recuerdos de Alfred Kaufmann, vecino de Viernheim.)

Para mi sorpresa, cuando me gradué de la escuela de comercio, mis primos me pidieron que me quedara como empleado, una oportunidad muy respetable para un joven de 17 años. Transcurrió poco tiempo antes de que los clientes pidieran que les sirviese “Mäx’che”.

Las horas de trabajo parecían interminables, y acababa el día rendido. Apenas tenía tiempo para mí. Raras veces podía asistir a los bailes organizados por la comunidad judía en Mannheim, y ya no digamos a los que de vez en cuando se organizaban en Viernheim, donde vivían más de cien judíos. Me resultaba más fácil asistir a los bailes no judíos de los sábados, que se convirtieron en mi único entretenimiento. La música hacía vibrar hasta la última fibra de mi ser, sobre todo cuando tenía entre mis brazos a una buena bailarina de vals. Acudía a algunos bailes, aún a sabiendas de que la mayoría de las chicas no bailarían conmigo. Me las arreglé para conocer a una joven cristiana excepcionalmente tolerante, que además bailaba muy bien. Se trataba de Ruth, una chica alegre a quien no le avergonzaba bailar con un judío. Cuando bailábamos, me sentía en el séptimo cielo, aunque por otro lado, la música me ponía melancólico, pues me recordaba el sueño de ser solista del coro, como mi abuelo.

Un crisol de terror - фото 13 Julius y Hugo no tenían tiempo para la música y al final yo t - фото 14 Julius y Hugo no tenían tiempo para la música y al final yo también me volqué - фото 15 Julius y Hugo no tenían tiempo para la música y al final yo también me volqué - фото 16

Julius y Hugo no tenían tiempo para la música, y al final yo también me volqué por completo en el negocio. Llegó el momento en que los dos solteros tenían que elegir novia, quien según su criterio, debía ser judía y contar con una buena dote, requisito que consideraban imprescindible para una vida próspera. A mí todo este asunto me recordaba más la compra de unos muebles que la elección de una compañera para toda la vida. Mis primos discutieron los términos del acuerdo matrimonial con su madre, quien dio su opinión y vivió justo lo suficiente para ver a sus hijos casados: a Julius con Frieda, y a Hugo con Irma. El nacimiento de Doris, la primogénita de Julius y Frieda, resultó ser un verdadero consuelo tras la muerte de la abuela. Yo me convertí en su tío favorito.

2

El día de noviembre que nos escapamos parecía interminable. Una espesa niebla emergía del valle y ocultaba el tenue sol de otoño. Doris tenía siete u ocho años y era demasiado pequeña para entender que huíamos con el fin de salvar la vida, pero estaba inquieta e irritable porque percibía nuestra preocupación. La humedad, las corrientes de aire en el interior del coche y la tensión nos helaban hasta los huesos. No sé por qué, tal vez por el frío y la ansiedad, Julius y Hugo se turnaban para salir del coche y dar patadas al suelo como caballos nerviosos. Al caer la noche decidimos no pernoctar en el bosque, donde habíamos aparcado los vehículos, pues podían venir los cazadores por la mañana temprano. Además, los coches no nos protegerían del frío. Ese lugar había sido un buen escondite durante el día, pero ¿y ahora?

Decidimos ir a una posada aislada, situada en la zona más remota de las montañas Odenwald, donde nadie nos conocería. Como la niebla amortiguaba la luz de los faros y el ruido del motor, nuestro viaje a través de las montañas pasó más desapercibido. El desasosiego aumentaba a medida que nos acercábamos al lugar donde esperábamos pasar la noche. ¿Sería esta decisión nuestra ruina? Nosotros nos considerábamos alemanes. Los Oppenheimer estaban completamente integrados, tan solo su apellido les identificaba como judíos, y mi apellido, Liebster, era alemán y significaba “el más querido”. Mis primos siempre habían sido muy discretos. En Viernheim, ni siquiera colocaban el candelabro en la ventana, como hacían los demás judíos. Sin embargo, ahora temíamos ser descubiertos. En nuestros papeles, como en los de todos los judíos, constaban los nombres “Israel” o “ Sara”, por imposición de los oficiales nazis.

Aquella noche en la posada me obsesionaba la idea de que el temor al nazismo se extendiera como una plaga por todo el país. La gente había cambiado tan repentinamente, que se hacía difícil distinguir entre el amigo y el enemigo. Me sentía como una presa solitaria acechada por una fiera desconocida e incomprensible.

❖❖❖

En enero de 1933, el presidente von Hinderburg nombró inesperadamente canciller del Reich a Adolf Hitler. Yo para entonces solo contaba 18 años, y oía a algunos de nuestros clientes calificar de peligroso el acontecimiento. Sus voces pronto se acallaron, ya que los camisas pardas *organizaban redadas de opositores políticos, confiscaban sus papeles y libros, y disolvían sus reuniones. De repente cesaron las estruendosas marchas y los enfrentamientos en las calles. Los lugares públicos volvían a ser seguros, por lo que los niños podían jugar de nuevo en la calle. Ahora un solo partido, el Partido Nazi (el NSDAP) **, controlaba el país. Alemania se había convertido en un estado policial, pero el pueblo agradecía el retorno a la calma, que para muchos compensaba la pérdida de libertad de algunas personas. En todo caso, la gente no se atrevía a expresar sus sentimientos. La amenaza de ser tachados de disidentes paralizaba de miedo a la mayoría de los ciudadanos, dispuestos a conformarse a la creciente presión.

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