Max Liebster - Un crisol de terror
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Para entonces, Ida trabajaba de sirvienta, y Hanna, que era callada y estudiosa, se preparaba para ser secretaria en la fábrica de papel.
Yo estaba a punto de convertirme en un hombre: había llegado el momento de mi Bar Mitzvah. En preparación para el gran acontecimiento, iba todos los domingos a la ciudad de Bensheim. Allí vivía nuestro rabino, a la entrada del valle Lauter. Era un pintoresco recorrido de siete kilómetros, que hacía unas veces a pie y otras en bicicleta. El único joven del valle que se estaba preparando la lectura de la Tora para el Bar Mitzvah era yo. El rabino, un hombre respetable, de gran paciencia y sin prejuicios, me ayudaba con la pronunciación del texto. Me costó mucho identificar los extraños caracteres hebreos, y todavía más recordar lo que representaban. Aprendí que lo importante no era entender, sino pronunciar con exactitud el texto hebreo en el lenguaje sagrado de Dios. A los 13 años ya leía con fluidez y esperaba con ansia el día en que se diese por finalizada mi infancia y se me considerase un hombre. Entonces podría formar parte de un minyan (grupo de diez judíos adultos) cuya presencia se requería para celebrar un servicio de oración público, como el Kaddish (oración especial que recitaban los dolientes por los difuntos).
Llegó el gran día y me sentía nervioso, pero emocionado. El rabino se presentó en nuestra pequeña sinagoga y, tras dar la bienvenida, se bajó de la tribuna y se sentó entre los hombres del auditorio. Mi madre y mis hermanas se sentaron en el balcón, el lugar reservado para las mujeres. El corazón me latía con fuerza mientras subía los dos peldaños y abría la pequeña puerta de madera grabada que separaba la congregación de la tribuna. En este lugar especial se guardaban normalmente los santos escritos, dentro de un armario de madera esculpida, oculto tras una cortina de color rojo oscuro. Allí, sobre un púlpito en el centro de la tribuna, me esperaba el rollo de la Tora, abierto por el pasaje de las Escrituras que debía leer e iluminado por un candelabro de siete brazos.
Llevaba días temiendo el momento de la lectura sagrada, y ahora tenía un nudo en el estómago y la sensación de no poder articular palabra. Detrás de mí podía sentir la presencia de toda la comunidad, que, al igual que yo, llevaban sombreros o yarmulkes. Algunos lucían sobre sus hombros el Tallith, un chal de oración de rayas azules y blancas, con costuras y flecos plateados. Algunos acostumbraban a coger los flecos, tocar sus libros personales de oración y besarlos cada vez que aparecía en el texto el santo nombre de Dios. Me habían enseñado que, por ser pecadores, no debíamos pronunciar el nombre más sagrado, que se escribía con cuatro letras hebreas conocidas como el Tetragrámaton, sino que debíamos reemplazarlo por Adonai, que significa “Señor”, o por Adoshem, que significa “El Señor del Nombre”. El nombre sagrado nunca debería salir de nuestros labios pecadores. Utilicé un puntero plateado para señalar las palabras de derecha a izquierda en mi rollo, y leí con seguridad y fluidez. Cuando bajé, todos me felicitaron; me había convertido en un hombre.

Después de la ceremonia, el rabino se presentó en casa. Lo tradicional hubiera sido celebrar una fiesta en honor a nuestro invitado especial y en conmemoración de mi Bar Mitzvah. En cambio, se sirvió una comida sencilla para una reducida lista de invitados. Los únicos que estuvieron en nuestra celebración fueron el hermano menor de mi padre, Nathan Liebster, que vivía en Aschaffenburg y era zapatero como él, y su familia. El hermano de mamá, Adolf Oppenheimer, no estuvo presente, ya que vivía en Heilbronn, no disfrutaba de buena salud y no podía desatender su negocio de ropa de caballero. El tercer hermano de papá, Leopold Liebster, que era sastre y vivía lejos, en la ciudad de Stuttgart, no había sido invitado. A mi padre y a mi tío les separaba algo más que la distancia: Leopold se había casado con una mujer católica, que rehusó criar a sus hijos en la religión judía. Como, por otro lado, Leopold no quería que sus hijos fuesen católicos, los criaron como protestantes.
Mi Bar Mitzvah complació a mi padre, que era muy religioso. Mi cama estaba situada en la esquina de su taller, entre montones de pieles y zapatos de cuero. Desde allí, por las mañanas, le veía recitar sus plegarias. Erguido al pie de su cama, con el manto de oración sobre los hombros, el libro de oraciones en la mano, los Tefillin (pasajes de la Tora escritos en pergaminos con envolturas de piel) enrollados en la mano y el brazo izquierdo, cantaba partes de la oración meciéndose hacia adelante y hacia atrás con la cajita de las Escrituras entre los ojos, pendiendo de unas tiras de piel. Yo sabía que cada vez que se retiraba el manto de los hombros para ponérselo sobre la cabeza significaba que había encontrado el santo nombre de Dios. Antes de empezar el día, papá siempre oraba durante una hora, incluso cuando tenía que salir para la ciudad a las cuatro de la mañana, ocasiones en las que se levantaba una hora antes para recitar sus oraciones.
Aunque me parecía tanto a mi abuelo y me hubiera gustado ser un hazzan1 como él, había algo en lo que diferíamos mucho. A mí la sangre siempre me había acobardado. Recordaba la ocasión, hacía muchos años, en la que me había desmayado durante la circuncisión del bebé. Quizás mis padres abrigaban la esperanza de que siguiese los pasos de mi abuelo y llegase a ser shohet, pero ese trabajo no era para mí. Un día me encontraba en la carnicería del kosher cuando le trajeron una vaca para sacrificar. Varios hombres rodearon al animal, le ataron las patas, lo pusieron boca arriba y le sostuvieron la cabeza con firmeza para inmovilizarlo. Después, degollaron a la vaca de un solo tajo y, en un abrir y cerrar de ojos, empezó a salir sangre a borbotones de su garganta. Tras desangrar al animal, el shohet analizó el contenido del estómago y examinó el hígado para asegurarse de que la vaca no hubiese ingerido nada, como por ejemplo un clavo, que la convirtiese en inmunda. Si no se descubría nada en sus entrañas que la profanase, se procedía al descuartizamiento. Sería la tradición, pero ver tanta sangre me ponía enfermo.

El mismo año de mi Bar Mitzvah, Hanna, mi hermana de 17 años, finalizó el curso de secretariado que estaba recibiendo en la fábrica de papel.Tenía el pelo ondulado y los ojos negros, era inteligente, poseía determinación y buenos hábitos de trabajo. Para alivio de mis padres, su jefe le pidió que se quedase en la fábrica. Nuestros problemas económicos empeoraron debido a que los clientes de papá cada vez se demoraban más en saldar las deudas. Las comunidades judías estaban al tanto de nuestra precaria situación, así que contaban con papá siempre que necesitaban a alguien para el Kaddish minyan y eran muy generosos a la hora de cubrir los gastos del viaje, aunque, para desgracia de mamá, si el funeral se oficiaba en una ciudad grande, papá se gastaba todo el dinero que recibía en pieles de cuero.
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En 1929 acabé el colegio, y mis padres decidieron aceptar la oferta de empleo en la tienda de los Oppenheimer. Como quería trabajar e independizarme, dije adiós a mi familia y a mi infancia feliz. Para entonces tenía 14 años y era un joven de campo sin recursos que partía con el objetivo de recibir una educación gratuita y una nueva oportunidad en la gran ciudad de Viernheim. Los Oppenheimer me proporcionarían comida y una habitación a cambio de realizar las labores domésticas para su madre anciana y cuidar de mi propia habitación en el ático. Por fin tendría un lugar para mí solo. En casa solo disponía de una cama.
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