Max Liebster - Un crisol de terror

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UN CRISOL DE TERROR relata con todo lujo de detalles el viaje tortuoso de Max Liebster por cinco campos de concentración nazis, incluido el tristemente famoso de Auschwitz. Es un drama de supervivencia, pero sobre todo, una historia de esperanza y de entereza moral.

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No me imaginaba lo difícil que iba a ser para mí el cambio del valle de Lauter a Viernheim. La ciudad tenía 20.000 habitantes y estaba a tan solo 25 kilómetros de casa, pero era como si estuviera en otro continente.

Viernheim se asentaba en un amplio terreno, donde las plantaciones de espárragos y tabaco se extendían bajo un cielo interminable. Durante siglos, las crecidas del Rin habían fertilizado el suelo de las llanuras. Al no contar esta próspera región con la protección de las montañas, quedaba expuesta a los cuatro vientos, y eso me hacía sentir vulnerable.

Viernheim abastecía de trabajadores a la planta de Mercedes-Benz y a otras fábricas de las cercanas ciudades industriales de Ludwigshafen y Mannheim, de forma que la población la constituían obreros de las fábricas y granjeros. En el centro de la ciudad se hallaba el Ayuntamiento, la iglesia católica, varias tiendas pequeñas y el negocio de mis primos con sus cuatro escaparates. Las casas de los ricos, bien cuidadas, se apiñaban alrededor de la iglesia, un poco más lejos se encontraba la escuela de comercio y, unos bloques más atrás, la sinagoga.

Nuestro horario de trabajo comenzaba al amanecer y no concluía hasta mucho después de cerrar el almacén. Antes de abrir, por la mañana temprano, tenía que limpiar la tienda, desembalar la mercancía y reponer los estantes. Una vez a la semana debía limpiar los cuatro escaparates y redecorarlos sin ningún dinero, tan solo con ingenio. Durante toda la jornada, día tras día, subía y bajaba la escalera para coger los productos que pedían los clientes, ordenaba la mercancía, ayudaba a mis primos y a mi tía, e incluso reparaba los coches. Pero eso no era todo, pues los Oppenheimer tenían clientes fuera de la ciudad a los que yo les suministraba muestras y pedidos. Aunque solo tenía 16 años, mis jefes me confiaban el Citroën de la empresa. Incluso con la ayuda de un cojín, apenas podía ver por encima del salpicadero, y a otros conductores y peatones les daba la impresión de que el coche iba solo. Me daba la risa cuando la gente se aterrorizaba al pensar que se encontraba ante un coche sin conductor.

Los letreros con la leyenda “Tienda alemana”

son una verdadera bendición [...].

Aquí [un alemán] puede estar seguro

de que no entrega su dinero ganado con

esfuerzo al enemigo de todo lo alemán: el judío [...].

Un verdadero alemán comprará solo en tiendas alemanas.

(Diario del pueblo de Viernheim, 10 de diciembre de 1934.)

Ya que la mayoría de los ciudadanos cobraban el sábado, era muy frecuente que nos pidieran que fuésemos el domingo para pagarnos parte de sus cuentas pendientes. Julius y Hugo concedían créditos sin interés, y algunos clientes se aprovechaban de su generosidad y no les pagaban. Los domingos, la contabilidad nos mantenía muy ocupados. Yo me sentía orgulloso de mi trabajo, incluso de las pequeñas tareas, como la de enrollar los trozos más pequeños de cuerda, aplanar cajas o doblar papel de envolver. Los dos hermanos, que dirigían su negocio con eficacia y orden, apreciaban mi diligencia.

❖❖❖

Con los Oppenheimer conocí una vida completamente distinta a la típicamente judía. De hecho, en su casa apenas se notaba que fuesen judíos. Para mi sorpresa, su madre no encendía los dos candelabros del sábado judío el viernes por la noche ni colgaba cuadros de Moisés o Aarón en la pared. Tampoco tenían dos juegos de cuchillos: uno para la carne y otro para los productos lácteos, como en mi casa, donde si el cuchillo de la carne tocaba algún producto lácteo, mi padre lo enterraba durante siete días para purificarlo. Aunque los Oppenheimer quizás consumiesen en casa comida kosher, cuando viajábamos a las montañas Odenwald, a veces comíamos en restaurantes en donde el olor a jamón ahumado era inconfundible, y los clientes degustaban bandejas de carne empapada en salsa de leche.

La tienda abría incluso los sábados, después de todo era el día de cobro, el mejor para hacer negocio. Ya que tenía que cerrarse durante las fiestas católicas, al igual que todas las otras tiendas, ¿cómo se iba a cerrar también durante las fiestas judías, como Rosh-Hashanah (la fiesta del Año Nuevo judío)? Y, aunque por supuesto celebraban el Yom Kippur (el Día de Expiación), no se podía comparar con la forma en que se celebraba en mi casa.

Durante mi infancia, en este día tan sagrado, mi familia ayunaba y asistía a los servicios especiales de la sinagoga, incluido el Kol Nidrei, la inolvidable oración melódica que anulaba cualquier voto imprudente que se hubiese hecho durante el pasado año. Antes de pedir a Dios que nos perdonase, nos pedíamos perdón unos a otros. Mi familia se preparaba a conciencia antes del Yom Kippur. Mi padre cogía un pollo por las patas mientras el animal batía las alas, y tras balancearlo sobre su cabeza y la mía (yo era el único hijo varón), pronunciaba unas palabras en hebreo. Después entregaba el animal para el sacrificio ritual. El Yom Kippur empieza por la noche. Todos nos dábamos un baño completo, lo que no dejaba de ser una incomodidad si consideramos que había que calentar el agua en la cocina. Solo entonces podíamos asistir a la sinagoga.

Unos días después del Yom Kippur se celebra la Succoth (fiesta de las Cabañas). Nos sentábamos todos juntos dentro de una cabaña que mi padre había construido en el jardín, y allí orábamos y comíamos. Cuando anochecía, podíamos ver las estrellas entre las hojas de las ramas que cubrían la cabaña. Las paredes estaban adornadas con uvas y frutas como expresión de gracias por la cosecha anual, y la frágil cobertura de la cabaña nos recordaba las tiendas en las que moraron nuestros antepasados en el desierto del Sinaí.

En casa de los Oppenheimer no había ni cabañas ni oraciones de gracias, tan solo el negocio. Rara vez se mencionaba la Succoth, y nunca, la Hanukkah. A diferencia de otras familias judías de Viernheim, que encendían velas en sus ventanas, las de mis primos permanecían oscuras.

Pensé que al menos participaría en la limpieza ritual de la Pesach (la Pascua), empaquetando y retirando los utensilios de cocina khometz: platos, tenedores y cucharas que habían tenido contacto con levadura. Cuando vivía con mi familia, calentaba la cocina al rojo vivo y buscaba hasta la última miguita de pan leudado. Tan solo entonces podíamos traer a la cocina los utensilios especiales de la Pascua para utilizarlos durante la semana de las Tortas Ácimas. Sin embargo, los Oppenheimer nunca llevaban a cabo esta limpieza ritual de su cocina.

Echaba de menos a mi familia y el ambiente festivo de la Pesach, con la mesa decorada que resplandecía a la luz del candelabro. Y todavía más extrañaba la seder (cena pascual), en la que todos nos sentábamos a la mesa, cada uno con su Hagadah (el libro de oraciones de Pascua). Como era el varón más joven, me correspondía formular las Cuatro Preguntas. La primera era: “¿Qué hace a esta noche diferente de todas las demás?”. Entonces mi padre cantaba la historia escrita en el Hagadah, que relataba la liberación de la esclavitud de Egipto. Sobre la mesa estaban los símbolos Haroseth: manzanas ralladas con canela, que por su color representaban la arcilla que usaban los israelitas para hacer los ladrillos, y rábano picante molido, que nos hacía saltar las lágrimas a todos.

Cerca de la mesa, mi madre preparaba el lecho pascual. Extendía una colcha de lino fino sobre el sofá y colocaba una almohada de seda a la cabecera. Envolvíamos un poco de matzoh y llenábamos un vaso de vino tinto, por si llegaba el Mesías y quería participar de la comida. Dejábamos el vino y el matzoth fuera durante toda la semana de las Tortas Ácimas, después poníamos este último detrás del cuadro de Moisés. Cuando era niño, solía mordisquear en secreto la comida del Mesías.

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