Max Liebster - Un crisol de terror
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Trabajaba en el jardín desde que salía el sol. Arrancaba las malas hierbas, sembraba las semillas y cultivaba con esmero las verduras en hileras. Recogíamos cestas de fruta madura del pequeño huerto de ciruelos. Mamá les quitaba las semillas y las llevaba a casa de los vecinos, que tenían en la bodega una pila para hacer mermelada. Allí revolvía la mezcla una y otra vez para que no se quemara. El intenso aroma ascendía de la cuba de cobre en ebullición, llegaba hasta el patio del colegio y me atraía a casa durante el recreo en busca de una rebanada de pan con mermelada, que una vez envasada, nos duraba todo el invierno.
Un día tras otro, mamá nos preparaba comidas sencillas y deliciosas. Las patatas constituían la base de nuestra comida, por eso le compraba al carnicero kosher grasa para hacer salsa, el único aderezo del que disponíamos. ¡Cuánto trabajaba para mantener los utensilios de los lácteos separados de los de la carne! Y es que ser fiel a la tradición judía suponía guardar los dos juegos de utensilios en cajones diferentes y lavarlos por separado. No es de extrañar que casi nunca la viese sentada.
Casi siempre la tía Settchen estaba acostada bajo un grueso edredón, pero en ocasiones se sentaba en su sofá, envuelta en mantas. Entonces le veíamos los ojos, oscuros y hundidos, y los dedos, largos y huesudos, que a veces extendía para pedir un té de hierbas digestivas. Siempre esperaba con ansiedad su pequeña pensión. Todos los meses, el día 10, decía: “Dentro de cinco días será el 15 y ya habrá pasado la mitad del mes, ¡y solo quedarán dos semanas más para recibir mi paga!”. Se sentaba y miraba por la ventana que había cerca de su silla. Los ojos se le encendían repentinamente tan pronto como divisaba a sus primos Julius y Hugo subiendo la calle, ya que cuando hacían negocios en los pueblos y granjas cercanos, pasaban por casa y siempre tenían palabras amables, sonrisas y un poco de dinero para ella.

Ida odiaba el colegio, pero no temía el trabajo duro, así que en 1924, a los 16 años, dejó los estudios y se puso a servir. Quería independizarse lo antes posible. Por aquel entonces yo tenía casi 10 años y me alegraba de poder librarme de sus diligentes cuidados. Nunca más volvimos a jugar juntos. Me deslizaba con mis amigos por la calle Binn, cubierta de nieve, o por el helado río Lauter. Corría por las praderas y me revolcaba en los montones de hojas crujientes. También observaba las cabras de los vecinos y jugaba con el boomerang, que en un breve descuido me marcó de por vida al golpearme de lleno en la barbilla.
El Felsenmeer (el mar de piedras) era mi lugar de juego favorito. A veces, mi familia paseaba hasta allí durante el sábado, ya que estaba cerca de casa, dentro de los límites permitidos para viajar durante ese día de la semana.
Desde la cima de Feldberg, que culminaba a 514 metros y terminaba en la pradera, parecían bajar rodando cascadas de rocas lisas. Cuenta la leyenda que un gigante que vivía en la montaña de Hohenstein combatió con el gigante de Feldberg y le lanzó las enormes piedras, bajo las que quedó sepultado, atrapado en un abismo aterrador. Si los montañeros pisaran con demasiada fuerza las rocas, todavía podrían oírle rugir.

Cuando mis amigos y yo bajábamos corriendo por el sendero del Felsenmeer, el eco de nuestras carcajadas infantiles se oía claro y fuerte por todo el majestuoso bosque. Si nos quedábamos callados, nos parecía oír gruñidos bajo las rocas. A veces vislumbrábamos el ojo del gigante, que se tornaba azul o gris oscuro, según el color del cielo. El ojo atisbaba desde el fondo del pedregoso río, con cuya agua cristalina saciábamos la sed, nos refrescábamos la cara y nos salpicábamos unos a otros. El manantial todavía se llama Friedrichsbrunen, nombre tomado de una antigua leyenda alemana.

cubiertas con mantos proferían hechizos espeluznantes y votos sagrados, pidiendo a los espíritus que salieran del abismo. Sin embargo, para mis amigos y para mí, el bosque con su río de piedra encantado ya no escondía ningún secreto. Saltábamos de un monstruo a otro, compitiendo para ver quién llegaba antes al Riesensäule. Esta columna gigante, un pilar caído, medía más de nueve metros de largo y cuatro de ancho. Tallada en una sola pieza de granito azul, la habían erigido los romanos alrededor del 250 d.C. y tenía una hornacina de 60 centímetros de alto que podía albergar un ídolo. El pilar Riesensäule sobrevivió a la marcha de los romanos y fue el lugar de culto de una antigua tribu germánica que ejecutaba danzas sagradas a su alrededor en primavera. Más tarde se convirtió en un santuario cristiano dedicado a san Bonifacio. Las danzas de la fertilidad continuaron durante más de diez siglos de la mano de ritos católicos, hasta que a mediados del siglo XVII, un sacerdote católico llamado Theodore Fuchs se convirtió al protestantismo. Tras establecerse como ministro de Reichenbach (1630-1645), prohibió las danzas paganas. Cuando se dio cuenta de que su prohibición había resultado en vano, tomó la drástica medida de derribar el pilar.
Los niños permanecíamos completamente ajenos a las preocupaciones propias de la generación de la posguerra. Oíamos hablar a los adultos sobre la guerra mundial y la odiada ocupación francesa del Rhur, la tierra de las minas de hierro, o la inflación. Se lamentaban del constante encarecimiento de los comestibles y de la devaluación del marco. Un artículo que costaba 40 marcos en 1920 (cuando yo tenía cinco años), al año siguiente costaba 77, y un año más tarde, 493. Y si este grado de inflación ya era elevado (los precios se doblaban y triplicaban en un año), todavía fue peor en 1923, cuando se descontroló por completo. El mismo artículo que en 1920 valía 40 marcos, en enero de 1923 valía 17.972; en julio, 353.412; en agosto, 4.620.455; en septiembre, casi 99.000.000; en octubre, 25.000 millones, y en noviembre, más de 4 billones. Se necesitaba una carretilla llena de dinero (21.000 millones de marcos) para comprar una barra de pan. Yo lo único que sabía era que mi padre me daba billetes de 10.000 para jugar.
Los adultos discutían de política con frecuencia –socialistas, comunistas, partido obrero, partido de centro– palabras carentes de significado para nosotros, los jóvenes. Pero lo que sí sabíamos era que la gente, incluidos algunos de nuestros padres y hermanos mayores, estaban sin trabajo. Se decía que algunos tenían que guardar fila para recibir un plato de sopa y se rumoreaba que habían estallado disturbios en las ciudades.

La situación no era mejor en el valle Lauter, donde las dos pequeñas fábricas, una de papel y otra de ácido prúsico, tenían solo un par de encargos que atender. Incluso la principal industria del valle, la cantera, había decaído considerablemente, ya que era poca la demanda de granito azul, gris o rojo, tallado o pulido, para monumentos, edificios o tumbas. No había trabajo para los jóvenes, así que Julius y Hugo, primos de mi madre, nos propusieron que al finalizar el colegio, viviese con ellos y su madre anciana en Viernheim. Podría ayudarles en la tienda y también me enviarían a una escuela de comercio cercana. Este ofrecimiento tranquilizó mucho a mi familia.
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