Diego Oquendo - Los pájaros prefieren volar en la tierra

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Los pájaros prefieren volar en la tierra: краткое содержание, описание и аннотация

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Los cuentos de Los pájaros prefieren volar en la tierra descansan en muchas de las virtudes de la escritura actual –exactitud, abundancia de significación, exigencia de una lectura cómplice, profusos destellos poéticos–. Prosa limpia de todo lo que pueda ser o parecer superfluo, en momentos justos se torna morosamente detallada y sabia, zahondando en la sintaxis de los relatorios, matizándolos; y, por lo mismo, enriqueciéndolos. Diego no cesa de trabajar la palabra y nos entrega Los pájaros prefieren volar en la tierra, relatos que introducen de lleno al lector en los recovecos de un personaje, uno y múltiple (espirales del texto situacional), y va desentrañando hechos e interioridades con rigor y poesía. (Sus cartas al padre, con que se cierra el volumen, son pequeñas proezas). Los pájaros prefieren volar en la tierra conmoverá a más de alguna conciencia con la clarividencia de su mirada y la eficacia de su expresión.

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Le invadió un repentino desánimo. Tomaba conciencia, muy a su pesar, de barreras quizás insalvables…Pero reaccionó de inmediato. Un acento misterioso le decía que la helada presencia se iría dulcificando de modo paulatino y, más temprano que tarde

–una especie de regalo del verano–, resurgiría íntegramente cálida.

Ella, sin proponérselo, podía ensanchar los estrechos límites de su mundo. Entonces ya no le importaría que la gente murmurara al pasar, mientras lo miraba: “Es un pobre diablo. Un tipo sin porvenir. Calzón y persona”. A partir de ahora nada significaba que lo clasificaran mentalmente, colocándolo en la exacta dimensión que le correspondía. En adelante leerían en sus ojos un mensaje inédito.

¿Era pecaminoso levantar un castillo que el rato menos pensado se vendría al suelo, huérfano de sustentación? ¡También él tenía derecho de soñar, de esperar una mágica licencia del destino!

Le concedió un espacio a la fantasía: ella y él tomados de las manos, lejos de la morbosa curiosidad que jamás podrá transformarse en solidaridad, en comprensión, en ternura.

Ese arrebato todavía impreciso, al madurar, realizaría el milagro. Entonces su timidez, alimentada por el dolor, se redimiría por obra y gracia de un abrazo entrañable.

Sería paciente. Él siempre fue paciente. No le quedaba otra alternativa. Hasta que la señal le fuera revelada. La conformidad no sería la excusa para una vida desperdiciada. Al contrario, le empujaría a descubrir un nuevo sentido del futuro.

Con la claridad de la mañana la encontraría en el mismo lugar. Y durante la noche le reconfortaría la certeza de su proximidad. La admiraría invariablemente en su alado perfil, en la majestuosidad del gesto, en ese liviano paso de quien parece caminar entre las nubes. Él, dueño de una placidez diferente y con una música maravillosa inaugurando sus oídos, adivinaría el secreto cambio…Y el instante supremo arribaría. Y con la buena nueva la derrota de la inexpresividad, ¡el triunfo de la pasión sobre la inercia!

Incluso pudo experimentar algo parecido al deseo… ¿Cómo luciría con una falda corta, por encima de las rodillas, revelando blancuras que conducirían a un paraíso inexplorado? ¡Ah, si pudiera convertirse en el dueño único de la llave que abriría el cofre del maravilloso tesoro!

Pero un atardecer ella se marchó. Él intentó seguirla, queriendo retenerla a su lado. Sintió cómo la energía acumulada a costa de su propio padecimiento se le escapaba irremediablemente, clavándolo en el sitio. ¡Maldijo sus fatales ataduras! A punto de que se le agotara el aliento decidió jugarse la última carta.

Las puertas se abrieron de par en par. El sol penetró a raudales. El dependiente retrocedió sorprendido, incrédulo. En el suelo, despedazado, el viejo maniquí en el que se exhibían las galas masculinas.

¿Alguien dijo que el paraíso está lejano?

El encargado de la agencia de viajes les entregó los pasajes, al tiempo que advertía con una sonrisa cómplice:

–Debieron reservar tres pasajes de regreso…

–…O cuatro. La mujer de mi hermano Luzbel acaba de tener gemelos.

–Ángel…–protestó ella tímidamente. El rubor se extendió por sus mejillas.

Ángel se volvió hacia su flamante esposa. Sus ojos brillaron con intensidad. Le deslizó un brazo por la cintura.

–Ángel…

El marido la besó en los labios.

–Ángel…

Las mejillas lucían encendidas.

–¡Feliz luna de miel!

La escena había puesto nervioso al encargado de la agencia de viajes.

Soplaba el viento. Ella se apoyó en el compañero, mimosamente.

–Siento frío.

–Al contrario, yo estoy ardiendo. ¡No sé cómo puedo resistir, Celeste!

Se habían detenido en la vereda. Las manos del muchacho tomaron a Celeste por los hombros. La miraba con apasionado deleite. Era casi una niña. Los ojos oscuros, grandes, absortos, brindaban a su rostro una expresión de inocencia, ni se diga su nariz respingada. Sin embargo, los labios carnosos dispuestos a resistir cualquier mordedura, ponían en duda el candor de la doncella.

–Ángel…

Repitió el nombre de su marido, un mocetón de veinte años, espigado, atlético. El cabello castaño le invadía la frente, enalteciendo las pupilas expresivas.

–Mañana…Caerá la nieve. Arderá el fuego en la estufa. Aunque no será necesario…Escucharemos jazz. Tú sabes cómo me altera. ¿Recuerdas en la fiesta de Santo? Tu respiración era agitada. Estuviste a punto de lanzar un grito. Yo apenas te rocé…Era música de jazz. Mañana…Tu piel se abrirá como una flor fresca bajo mis dedos, que llevarán el compás de la melodía. Reconocerán tus espaldas, descenderán por las vértebras lenta, armoniosamente, palpándote, reconociéndote, hundiéndote las yemas…

–Ángel… –murmuró ella, estremecida. La saliva de su boca, al adensarse, cobró una extraña gelidez. Un temblor se originó en sus pantorrillas. Ascendió, debilitándola.

–¡Oh, si las sábanas fuesen rojas! Entonces tu palidez, las venas azules, los vellos cobrizos brillarían con un solo resplandor! Guiado por esa luz sinuosa mi boca emprendería un viaje sin brújula. Mañana…

–Ángel…

–¡Celeste!

–La gente nos observa, Ángel.

El muchacho experimentó un sobresalto. Echó un vistazo furtivo.

–Perdóname, amor. Pierdo la cabeza.

–Olvídate. Debemos apresurarnos. El vuelo nos espera.

Un rayo púrpura atravesaba el horizonte. Distantes, irreales, las estrellas.

–Ángel, ¿me amas?

–¡Es algo asfixiante!

–Yo siento lo mismo.

–¿Es cierto?

–Tengo vergüenza, eso es todo.

La mano de él, deslizándose con sigilo, alcanzó la rodilla de su esposa. La mantuvo allí algún rato, expectante. Los ojos de Celeste entraron en eclipse. Su rostro se adelantó como buscando una ventana invisible, una bocanada de aire generoso. Respiraba con los labios entreabiertos. Imperceptiblemente la mano oculta empezó a girar…

–Ángel…

–¡Amor mío!

–Mañana…–suplicó ella, desfalleciente.

–Las horas se prolongan hasta el martirio, Celeste ¡El deseo me agota! ¡Cuántas vigilias encajando, a ciegas, las ignoradas piezas de tu cuerpo!

–Ángel, ¿me amas?

–¿Lo dudas? ¿Te asusta la hoguera en que me consumo? ¿Quién alimenta las brasas?

–Ángel… Por favor…

La mano abandonó la rodilla. Se crispó desesperada, impotente. Había desaparecido el rayo púrpura. Flotaba la penumbra en el interior de la nave.

El cielo inauguró un azul profundo. El sol doraba las nubes. Nunca su luminosidad amaneció tan cerca.

Había llegado el día esperado. En breve aterrizarían. Contempló el sereno rostro de su pareja.

–Ángel…

Enmudeció sobrecogida por la sorpresa. Dos blancas alas reemplazaban al cuerpo magnífico de su marido. Celeste intentó frotarse los ojos, incrédula: era imposible hacerlo con sus propias alitas blancas.

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