Teatro de operaciones de Joshua Chamberlain, 1864-1865.
Dos días después, el 31 de marzo, estaba intentando descansar, a pesar del dolor que le provocaban sus heridas, cuando se produjo una nueva crisis. Lee había atacado al V Cuerpo con una fuerza abrumadoramente superior y puso en fuga a gran parte de sus regimientos. Una masa informe de hombres completamente desorganizados atravesaba las posiciones de la Unión. El comandante del cuerpo, Gouverneur K. Warren, se volvió desesperado hacia él, que era el más carismático de los oficiales a su mando: «¿Salvará usted el honor del V Cuerpo, general? –le preguntó–. No hay nada más importante». Chamberlain replicó: «Lo intentaré, general. Solo le pido que no deje que nadie me detenga, excepto el enemigo». Tenía todavía el brazo en cabestrillo. Cada movimiento que hacía le dolía por culpa de sus heridas, pero, aun así, dirigió a sus hombres hacia el enemigo. Los hizo cruzar Gravelly Run sin esperar a los pontones, sosteniendo las cartucheras en la punta de sus bayonetas por encima de sus cabezas para evitar que la pólvora se mojase. Una vez que la fuerza de Chamberlain limpió de enemigos la orilla del arroyo, Warren insistió en hacer una pausa para consolidar las líneas antes de intentar atacar la siguiente línea de atrincheramientos confederados, pero Chamberlain no estaba de acuerdo: mantener la presión y el ímpetu eran la clave de todo, dijo. Y se salió con la suya, por lo que ordenó a sus regimientos que avanzasen en orden abierto en vez de cerrar filas y, montado de nuevo en Charlemagne, se puso al frente de las tropas mientras sonaban las cornetas. Su fuerza capturó los parapetos confederados y empujó al enemigo 270 metros hasta más allá de White Oak Road. Aunque las acciones de Chamberlain fueron solo una pequeña parte de las batallas que tuvo que librar el Ejército del Potomac aquel día, son un ejemplo más de su notable capacidad de liderazgo. Y antes de que todo terminase, todavía hubo una acción más.
La mañana del 1 de abril fue el comienzo de un día de confusión en las líneas unionistas que le costó el mando a Gouverneur Warren, pero que también fue desastroso para el ejército confederado. Chamberlain estaba en la vanguardia cuando se encontró con el general Sheridan, que mandaba varios cuerpos federales, entre ellos el V. «¡Vive Dios, que esto es lo que me gusta ver! –exclamó el irascible general de caballería–. ¡Generales al frente de sus hombres!». Partidas dispersas de infantería unionista merodeaban en desorden después de haber sido rechazadas por la mañana temprano en Five Forks. Sheridan se marchó, tras ordenar expresamente a Chamberlain que asumiera el mando de toda la infantería en el sector y la condujera hasta el frente. Mientras reorganizaba los grupos de hombres allí donde los iba encontrando, se topó con un soldado que se había puesto a cubierto de la granizada de balas tras el tocón de un árbol. «Mire, muchacho –le dijo Chamberlain con preocupación–, ¿no se da cuenta de que aquí le matarán en menos de dos minutos? Este no es lugar para usted ¡Avance!» .
«Pero ¿qué puedo hacer? –respondió el hombre–. ¡No puedo atacar yo solo!».
«No, por supuesto –admitió Chamberlain–. Formaremos aquí. Quiero que usted sea el centro de la unidad. ¡Al frente y adelante!». Reunió a su alrededor a unos doscientos fugitivos y los vio avanzar mandados por un oficial. Más tarde escribió: «Aquel pobre muchacho solo necesitaba una muestra de confianza y aprecio para controlarse. Estaba orgulloso de lo que hizo y yo también lo estaba de él». El resto del día siguió liderando a sus tropas desde el frente, conduciéndolas contra el enemigo allá donde se encontrase. Los confederados fueron derrotados y Lee se vio obligado a evacuar Richmond y Petersburg. Sin embargo, todos en el V Cuerpo sentían incredulidad y rabia por la decisión de Sheridan de destituir a su comandante, Warren, por supuesta negligencia en el cumplimiento del deber.
La semana que siguió fue una carrera entre los dos ejércitos rivales. Lee intentaba reunir sus fuerzas con las del general Joseph E. Johnston, mientras que Sheridan le perseguía para cortarle la retirada. En la noche del 8 de abril, Chamberlain, completamente exhausto, acababa de dormirse cuando recibió un sucinto mensaje de Sheridan. Apoyándose en su codo, lo leyó a la luz de una cerilla: «He cortado la línea enemiga en Appomattox Station y capturado tres de sus trenes de suministros. Si pudiera usted abrirse paso con su infantería hasta aquí esta noche, tendremos grandes resultados por la mañana». Chamberlain y dos brigadas alcanzaron la estación al amanecer. Pocos minutos después recibió órdenes de desplegar a sus hombres en línea de batalla para apoyar a la caballería de Sheridan. El épico drama de la Guerra de Secesión estaba casi concluido. El general de Maine y sus camaradas contemplaron una «extraordinaria escena, una coda apropiada a la historia de estos tumultuosos años. Rodeado por un cordón de acero que ocupaba las alturas alrededor de Court House, en las laderas del valle formado por las fuentes del Appomattox se encontraban los restos del… Ejército de Virginia del Norte, ¡el ejército de Lee! Era un terreno montañoso, abrupto, de hecho, un inmenso anfiteatro.
Mientras las fuerzas de la Unión se preparaban para atacar, un solitario jinete cabalgó desde las líneas confederadas y se le acercó. Era un oficial que llevaba un trapo de color blanco. Saludó a Chamberlain y le informó: «El general Lee desea un alto el fuego hasta que pueda oír los términos de la rendición de boca del general Grant». Chamberlain, atónito, respondió: «Señor, ese asunto va más allá de mi autoridad. Se lo comunicaré a mi superior. El general Lee está en lo cierto. Ha hecho todo lo que está en su mano». Aunque el comandante en jefe sudista estaba reconociendo la derrota, las tropas de uno y otro bando no estaban dispuestas a bajar las armas y los oficiales de ambos ejércitos tuvieron que hacer un esfuerzo para controlar a sus hombres. Costó tiempo, y unas pocas vidas, imponer el alto el fuego. Por fin, conforme el silencio caía sobre el campo de batalla, una figura apareció entre las líneas confederadas, soberbiamente montado y engalanado. Chamberlain se quedó sobrecogido al observar a Robert E. Lee. Ulysses S. Grant fue a su encuentro. La gran contienda entre los estados casi había terminado.
Esa noche del 9 de abril de 1865, Longstreet se aproximó desde las líneas confederadas y declaró con tristeza: «Caballeros, debo hablar con claridad; nos estamos muriendo de hambre. Por el amor de Dios, ¿podrían darnos algo de comer?». Lo hicieron, por supuesto. Chamberlain escribió orgulloso, con su solemnidad de costumbre: «Éramos hombres; y nos comportamos como hombres». Esa noche, también le informaron de que tendría el honor de mandar la división que representaría al Ejército de la Unión en la ceremonia de rendición. En la mañana del 12 de abril, cuatro años exactos después del ataque a Fort Sumter que inició las hostilidades, mientras Chamberlain estaba en cabeza de la 1.ª División, largas y silenciosas hileras de hombres vestidos de gris empezaron a desfilar ante ella. Este era un momento de humillación para los confederados, la cual Grant estaba decidido a obligarles a sufrir, pero, en ese momento, Chamberlain se giró hacia su corneta y le dio una orden. Sonó un toque de ordenanza y toda la división de la Unión, regimiento tras regimiento, pasó de la posición de armas al hombro a la de presenten armas, en signo de saludo. Fue un gesto magnífico que llegó al corazón de muchos confederados, quienes inmediatamente respondieron en consonancia. Aquella muestra de respeto mutuo y reconciliación le ganó el aplauso de la mayor parte del pueblo estadounidense.
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