Imagínate un tipo de aspecto duro, la cara cubierta por la barba, con pantalones de caballería azul cielo suficientemente grandes para Goliat, y ásperos como la espalda de una oveja […], envuelto en un enorme capote de caballería […] y un quepis con un enorme remiendo […]. Una manta y un chubasquero de caucho encinchados detrás de la silla de montar […], dos revólveres en sus pistoleras. La espada de unos tres pies a un costado, un trozo de buey y algo de galleta en las alforjas. Esta figura sentada sobre un magnífico caballo transmite una peculiar y extraña sensación de incongruencia que roza el absurdo.
La primera experiencia de combate de Chamberlain y el 20.º de Maine se produjo el 13 de diciembre en Fredericksburg, Virginia. La unidad había quedado separada del resto del ala derecha por una valla, por lo que les ordenaron que la echaran abajo, pero los hombres se mostraban reacios a exponerse al fuego enemigo. El teniente coronel avanzó furioso y empezó a arrancar los travesaños mientras gritaba a la tropa: «¿Es que queréis que lo haga yo solo?»; los hombres abandonaron su posición a cubierto y desmontaron la valla de inmediato. Chamberlain escribió más adelante que «un oficial está tan absorbido por el sentido de responsabilidad hacia sus hombres, su causa o el combate que la idea del peligro personal no tiene lugar alguno en el curso de sus acciones. El instinto de salvar la propia vida queda supeditado al honor». El regimiento avanzó hasta su posición en la línea de batalla con tanta precisión como si estuviera desfilando, lo que provocó la admiración entre los que fueron testigos de su primer combate. Chamberlain pasó una incómoda noche intentando dormir entre dos cadáveres, mientras usaba un tercero para apoyar la cabeza. En los días de combates que siguieron, el 20.º de Maine destacó por su capacidad para continuar luchando aun en circunstancias abominables. Una noche, inspeccionando los piquetes, se despistó y terminó en las líneas confederadas, donde le dieron el alto. La perspectiva de un cautiverio poco glorioso no le resultaba atractiva, por tanto, en un acto de inspirada improvisación, como era difícil distinguir en la oscuridad su uniforme azul, se puso a inspeccionar las trincheras que estaban cavando los soldados confederados, mientras les ofrecía palabras de aliento y consejo: «¡Manteneos vigilantes!», les conminó y, acto seguido, regresó hacia sus líneas.
Después de la derrota en Fredericksburg el ejército de la Unión se retiró por fin a sus cuarteles de invierno, donde permaneció durante las siguientes seis semanas. Los hombres estaban desmoralizados y, en verdad, enfadados por la incompetencia de sus generales. Chamberlain y el 20.º de Maine tenían una suerte poco frecuente con su coronel, Ames, un oficial enérgico e inteligente. No podrían haber encontrado un mejor maestro. Ames se libró de algunos oficiales que consideraba incorregibles y creó una estrecha relación con él, con quien compartía tienda. Un brote de viruela hizo que el regimiento fuera empleado en tareas de retaguardia, en cuarentena, durante las operaciones que concluyeron con la victoria confederada en Chancellorsville, durante la cual «Stonewall» Jackson fue herido de muerte; a pesar de no estar en primera línea, Chamberlain no pudo evitar que el 4 de mayo le mataran otro caballo, mientras observaba el avance del ejército. Dos semanas después, Ames fue nombrado comandante de una brigada y, gracias a su enfática recomendación y a la del general de la división, el marcial profesor del 20.º de Maine pasó a mandar el regimiento.
No deja de ser curioso que alguien como Chamberlain perteneciera a esa extraña raza de hombres que disfrutan con la guerra, incluso cuando rechazan su brutalidad. Decidió interpretar los acontecimientos en los que estaba implicado en términos homéricos, como si fuera una aventura épica en la que podía disfrutar interpretando un papel. Era de ese tipo de hombres que sorprenden a todos, empezando por ellos mismos, por su resistencia y por ser capaces de supeditar su instinto de supervivencia a las necesidades del servicio a base de fuerza de voluntad y sentido de la responsabilidad. Era un oficial concienzudo, preocupado por mantener a sus hombres informados, y poseía esa rara habilidad de hacer entender a la tropa lo que se espera de ella. Sabía que tenía un aspecto marcial, y se enorgullecía de ello: el perfectamente afeitado académico de antaño lucía ahora un imponente mostacho. Era consciente de que tenía talento para la guerra y no se avergonzaba de ello. Lo más importante es que tenía suerte –al menos hasta entonces–, y eso que no era ni mucho menos invulnerable: una bala Minié ya le había rozado el cráneo, aunque no se puede comparar con las heridas que sufrió más adelante. Sin embargo, mientras que otros muchos oficiales con el mismo talento y valentía terminaron en una tumba cavada a toda prisa en un campo de Maryland, Virginia o Pensilvania, Chamberlain sobrevivió. Esto no puede atribuirse a ningún mérito suyo, sino al simple azar, a la fortuna que a lo largo de la historia ha decidido quién vive para terminar convirtiéndose en una leyenda y quién muere y pasa a formar parte de las legiones de guerreros olvidados.
Justo seis semanas después de asumir el mando del regimiento, el 1 de julio de 1863, Chamberlain apremiaba a sus hombres en una polvorienta carretera de Pensilvania, mientras marchaban entre gritos de ánimo, aplausos y canciones patrióticas de simpatizantes de la Unión. Se dirigían a toda prisa hacia una pequeña población del estado en la que las vanguardias del ejército de Lee y de la Unión se habían enzarzado en un feroz batalla. Aquella tarde de verano, bajo un cielo sin nubes, los hombres cubiertos de polvo del V Cuerpo recorrieron cuarenta kilómetros; una distancia menor que la que tuvieron que marchar los soldados del II Cuerpo, pero también agotadora. Por fin se detuvieron para preparar el vivac y los soldados se dispersaron para hacerse con agua y madera para los fuegos de campamento. Sin embargo, pronto llegaron nuevas órdenes: no iba a haber vivac aquella noche; el V Cuerpo tenía que continuar la marcha. Los intensos combates del día anterior habían terminado con un triunfo confederado, que solo la llegada de la noche impidió que se convirtiera en decisivo. Las tropas de la Unión fueron obligadas a retroceder hasta nuevas posiciones al sur de Gettysburg. 3 Todos los indicios apuntaban a que la batalla se reanudaría al amanecer y la línea de la Unión, en las lomas que se extendían entre Culp’s Hill y Round Top tenía que ser defendida a toda costa contra el asalto de Lee. Mientras el V Cuerpo marchaba fatigosamente bajo la luz de la luna, se extendió entre las filas el rumor de que se había visto al fantasma de George Washington cabalgando por el campo de batalla montado en un caballo blanco. Chamberlain escribió más adelante: «¡No se rían! Casi me lo creí yo mismo». Una hora después de medianoche el regimiento se detuvo para descansar durante tres horas y luego volvió a ponerse en marcha sin desayunar. Los efectivos llegaron a las inmediaciones del campo de batalla al amanecer, donde por fin pudieron descansar. Se leyó a los hombres una proclama del comandante del ejército, el general George Meade, en la que les recordaba la importancia de su misión. Ya se podían oír esporádicos tiroteos, pero por alguna razón que no ha sido aún explicada satisfactoriamente, Lee todavía tardaría varias horas antes de lanzar su ataque principal.
Teatro de operaciones de Joshua Chamberlain (1862-1863).
Durante algunas horas, el V Cuerpo permaneció en la retaguardia hasta que, por fin, se le ordenó que ocupara parte de la línea de frente, que se extendía a lo largo de unos ocho kilómetros en paralelo a Cemetery Ridge, que formaba la línea de defensa del Ejército del Potomac. Por fortuna para ellos, y teniendo en cuenta que los regimientos seguían llegando con cuentagotas, los comandantes de la Unión disfrutaron de más tiempo del que imaginaban para desplegar a sus tropas. Sin embargo, a última hora de la tarde el ingeniero jefe de Meade, Gouverneur K. Warren, se dio cuenta con horror de que dos de las posiciones clave del flanco izquierdo, Round Top y Little Round Top, estaban indefensas. De hecho, no había más tropas de la Unión que un destacamento del Cuerpo de Señales desplegado en la segunda altura. Warren ordenó que el V Cuerpo se redesplegara desde la reserva para cubrir aquel punto débil, justo en el momento en el que el cuerpo confederado de James Longstreet estaba a punto de alcanzar sus posiciones de ataque, después de una laboriosa marcha de quince kilómetros que le llevó hasta el flanco de la Unión sin ser localizado. El 15.º Regimiento de Alabama, al mando del coronel William C. Oates, junto con elementos del 47.º de Alabama, pudo avanzar hacia Round Top, dispersó a los pocos escaramuzadores de la Unión que se encontraban en la zona y ocupó sin resistencia la colina.
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