En los treinta primeros años del siglo XVIII (1700-1730) se dio el inicio de un nuevo ciclo minero en el área neogranadina con la explotación de los ricos epicentros mineros del Chocó. Para garantizar el abasto alimenticio de su creciente mano de obra esclava los mineros de esta área requerían importar ganado mayor y menor en pie, al igual que carne salada y sebo, desde las dehesas del valle del río Cauca, que para entonces ya se habían recuperado de la crisis padecida unos quince años atrás. Otros géneros provenientes de Lima, Guayaquil y Panamá eran ingresados legal e ilegalmente (a cambio de oro en polvo y doblones) a través de los puertos de Buenaventura y Chirambirá. A la par, para aquellos años la ciudad de Quito implantó medidas para reducir el precio de la arroba de carne dentro de su distrito dada la sobreoferta de ganados que provenían de los valles de Neiva, Timaná y La Plata. Ante ambas situaciones los criadores caleños no rompieron completamente sus lazos comerciales con aquella capital, pero la calidad y cantidad de los hatos que eran enviados hasta esos territorios del sur se menoscabaron, pues preferían remitir sus mejores ganados para los nuevos núcleos auríferos. Mientras tanto, desde 1695 las autoridades santafereñas habían iniciado una disputa con el gobierno de Quito para mantener su monopolio de comercialización sobre los ganados del Alto Magdalena e implantaron diversas medidas restrictivas para impedir el tráfico de novillos desde este espacio pecuario hacia esos mercados rivales del suroccidente.
Finalmente, entre 1730 y 1750 el crecimiento demográfico de la ciudad de Santafé y la necesidad creciente de abastecimiento cárnico impulsaron a las autoridades locales y al virrey Eslava a establecer diversas medidas para asegurar el aprovisionamiento de esta capital y terminar de una vez por todas con las crónicas carencias que padecía desde hacía varias décadas debido a su dependencia respecto al ingreso de novillos desde el Alto Magdalena y Tierra Caliente. De este modo, las adyacentes llanuras del Casanare se convirtieron paulatinamente en fuentes proveedoras al igual que las estancias jesuitas establecidas tanto en este territorio como en la sabana de Bogotá. La emergencia de estos centros de producción pecuaria junto con una serie de plagas que diezmaron el ganado del valle de Neiva durante estos años provocaron que poco a poco las normas prohibitivas que obstaculizaban la distribución de novillos desde esta zona hacia Popayán y Quito no se pusieran en práctica. Al mismo tiempo, las dehesas del Alto Magdalena fueron perdiendo gradualmente su protagonismo en el aprovisionamiento cárnico de Santafé debido a que la demanda era satisfecha en su mayor parte por los nuevos centros de producción pecuaria que se encontraban a menos distancia, lo que reducía los costos en el transporte y distribución de los bovinos.
La anterior periodización subyace a lo largo del texto como una de las columnas que le dan sostén. En términos generales, los dos grandes períodos de auge de la economía aurífera neogranadina abren y cierran nuestro lapso de estudio, sin que esto signifique que el orden expositivo de este libro sea estrictamente cronológico. En el intervalo entre una y otra demarcación temporal se abordan los tres ejes funcionales de la actividad económica pecuaria, como lo fueron el consumo, la distribución y la producción. Dentro de estos ámbitos están inmersos los tres factores enunciados en el título de este escrito: los mercados, el comercio y los circuitos. Comenzamos por los mercados ateniéndonos al modelo de Sempat, es decir, enunciando las características de los polos motores que le daban dinamismo a tal sector económico. Posteriormente, nos enfocamos en varios elementos que hacían posible el tráfico del ganado desde los centros de producción hasta los de consumo, como lo eran los sistemas de caminos, las redes de intermediarios y los instrumentos que permitían el intercambio o la transmutación de la mercancía ganadera en dinero o en otra mercancía. Por último, señalamos algunos de los rasgos funcionales de los centros de producción aludidos a lo largo del texto, como lo eran la tierra, la mano de obra y el capital.
Fuentes
Las mencionadas oscilaciones del sector ganadero fueron detectadas a través del contraste entre fuentes que proveen tanto información cualitativa como datos cuantitativos. En resumidas cuentas, no se tuvo la fortuna de contar con un tipo documental cuantitativo que fuera homogéneo y regular, como lo hubiera sido un impuesto de “extracción de ganados” o los “registros de sacas de novillos” (que tan útiles han sido en los estudios sobre la ganadería en Nueva España). Por tal razón, se recurrió casi exclusivamente a los protocolos notariales para intentar levantar series temporales que permitieran comprender no solo las posibles magnitudes de la demanda pecuaria en los focos de consumo aludidos sino también los movimientos del precio del ganado en pie.
Igualmente, para lograr este fin se usaron algunos libros de cuentas de carnicerías y de ciertos registros de sisas y alcabalas, en ocasiones dispersos por los más recónditos e impensados fondos y series documentales. Algunos precios de la arroba de la carne y de sus derivados se hallaron al escrutar tanto las actas del cabildo existentes como las posturas presentadas por los encargados del suministro cárnico de las capitales. Algunos de los datos numéricos sobre los envíos de ganado realizados desde el Hato Real de Roldanillo hacia el resto de la gobernación de Popayán y las tierras antioqueñas se encontraron en el fondo Contaduría del Archivo General de Indias entre los informes presentados por los oficiales de la Real Caja de Cali al Consejo de Indias. Entre estos informes también había una buena relación de los salarios que recibían el mayordomo y los vaqueros de esta heredad, al igual que anotaciones sobre los principales compradores y precios de aquellos novillos. Esta información fue verificada y complementada con otros manuscritos que sobre tal unidad productiva se descubrieron en el Archivo Central del Cauca. A la par, las modestas cifras que se presentan sobre las sacas subrepticias de ganado desde el Alto Magdalena hacia Popayán y Quito durante las postrimerías del siglo XVII y las primeras décadas de la siguiente centuria fueron levantadas con base en la información proporcionada por decenas de juicios civiles y criminales. Esta labor de recolección de datos cuantitativos no solo se vio entorpecida por la falta de continuidad en los acervos heurísticos, sino también por la caótica clasificación o el notable estado de deterioro en que se encontraban ciertos fondos.
Ahora bien, puede resultarle útil al lector una breve consideración acerca de otras fuentes y técnicas de investigación que se emplearon. Al respecto, la presente obra se elaboró con base en las fuentes manuscritas halladas, recopiladas y transcritas en centros documentales de envergadura internacional, nacional y local, como lo fueron el Archivo General de Indias (Sevilla, España), el Archivo General de la Nación (Bogotá, Colombia), el Archivo Nacional del Ecuador (Quito), el Archivo Metropolitano de Historia (Quito), el Archivo Central del Cauca (Popayán, Colombia) y diferentes acervos documentales ubicados en Medellín, Cali, Cartago, Ibagué, Neiva, Garzón, Pasto e Ibarra. Pero dado que la mayor parte de la información se encuentra muy dispersa y fragmentaria, fue necesario comenzar por aquellos tipos documentales que ofrecían visiones generales o globales y concluir con los que daban información más específica. Entre los primeros son relevantes los informes y cartas enviados por oidores, gobernadores, obispos y cabildos (tanto seculares como eclesiásticos) al Consejo de Indias, dado que la mayor parte de las veces brindan indicios sobre las producciones económicas, las relaciones comerciales y los obstáculos al tráfico mercantil predominantes en las áreas bajo su mando. Y entre los segundos fueron de gran ayuda los expedientes que resultaban de las visitas realizadas por oidores a ciertas zonas para verificar que se cumplieran las leyes instituidas por la Corona para proteger a los indígenas, evaluar el funcionamiento de las encomiendas y realizar nuevos repartimientos, pues proveyeron vestigios importantes sobre las dinámicas del gasto, las prácticas del consumo y las áreas proveedoras de los distritos auríferos.
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