Mara Dierssen Sotos - Cómo aprende (y recuerda) el cerebro

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Una de las propiedades más interesantes, complejas y útiles de nuestro cerebro es la capacidad de aprender, entendiendo el aprendizaje con las connotaciones propias de la neurobiología.

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Procesos vinculados a la emoción, selectivos y creativos

La memoria y el aprendizaje tienen algunas propiedades interesantes: una de ellas es su relación con la emoción. Fundamentalmente dotamos a lo que aprendemos de un tinte emocional, en especial a lo que tiene que ver con nuestras experiencias vitales (que veremos que se traducen en lo que se llama «memoria episódica»). Así, la misma fiesta puede producir un recuerdo muy agradable para quien conoció en ella a alguien interesante o sumamente desagradable para quien tuvo que lidiar con un «plasta». Lo mismo sucedería si alguno de los asistentes a la fiesta se encontrase mal aquella noche: su recuerdo se vería empañado por ese malestar. De la misma manera, las personas que sufren estrés postraumático «sobreaprenden» una experiencia traumática, que queda tan grabada que no pueden olvidarla. Los científicos buscan también la forma de «desaprender», de eliminar recuerdos debidos al sobreaprendizaje traumático. Algunos investigadores, mediante técnicas de optogenética —la combinación de métodos genéticos y ópticos para controlar eventos específicos en ciertas células de tejidos vivos—, han conseguido «borrar» en roedores el recuerdo de descargas eléctricas. Sería algo parecido al neutralizador de la película Men in Black , el objeto utilizado por Will Smith y Tommy Lee Jones para eliminar cualquier recuerdo de extraterrestres de las mentes de las personas, o de la varita mágica que Hermione usa en la saga de libros y películas de Harry Potter , con el fin de borrar la memoria a sus padres y enfrentarse a Voldemort. Quién sabe si, en un futuro no muy lejano, estas técnicas aún en fase de investigación servirán para desarrollar un nuevo tratamiento para las experiencias traumáticas.

Veamos otras dos características interesantes del aprendizaje y la memoria: son procesos selectivos —por eso nos permiten olvidar lo que nos resulta doloroso o, simplemente, no almacenar aquello que no nos interesa— y creativos, es decir, no se trata de un «almacenaje» fidedigno, sino que, al igual que sucede con la percepción, no somos receptores pasivos de la información: intervenimos de manera activa en su adquisición, en la forma en que se almacena y, por lo tanto, en el modo en que se recuerda. De hecho, aunque la mayoría de nosotros confiamos en que lo que recordamos de lo aprendido es fiable, un fragmento fidedigno de la realidad, la información que almacenamos a largo plazo está sometida a procesos de modificación y reorganización que dependen de que aprendamos nuevas informaciones relacionadas, que permiten dar nuevas interpretaciones a lo que sabíamos y que también pueden producir una pérdida de parte de la información con el paso del tiempo. Cada vez que recordamos, «reinventamos» un poco el recuerdo. Es como si tuviéramos que reaprenderlo. Eso es porque cuando traemos esa memoria al plano consciente se vuelve frágil, y al reconsolidarla incorporamos elementos que no estaban en ella originalmente. Por esa razón, el recuerdo está sujeto a errores, distorsiones o ilusiones que pueden proceder del propio sesgo perceptual, o bien ser producto de la interpretación posterior que hacemos de la información.

El aprendizaje parece a veces extremadamente «selectivo». Algunos ejemplos sorprendentes nos los proporcionan las memorias de reconocimiento. Hay personas que parecen tener una especial habilidad para «quedarse» con las caras, mientras que otras poseen una prodigiosa capacidad para aprender los nombres. Algunos estudios sugieren incluso que tenemos neuronas específicas que «responden» frente a un rostro concreto (la famosa «neurona de Jennifer Aniston» 2que descubrió Rodrigo Quian Quiroga, de la Universidad de Leicester) o que reconocen una nota musical sin necesidad de un tono de referencia. ¿Acaso esas neuronas almacenan específicamente una especie de «clave» neural de tales estímulos? Y de ser así, ¿en qué forma? ¿Como un sutil cambio químico? ¿Como un cambio estable en su estructura que permanece en el tiempo?

Las bases biológicas del aprendizaje

Para poder entender estos procesos es necesario que identifiquemos las moléculas y mecanismos responsables del almacenamiento de la información. Obviamente, la psicología y la neurociencia están invirtiendo un gran esfuerzo para desentrañar la naturaleza y el funcionamiento de la actividad mental, y en especial del aprendizaje y la memoria. Desde la época de Ramón y Cajal se ha dado por supuesto que es en los sitios en los que unas células nerviosas entran en contacto con otras, denominados «sinapsis», donde ocurren los cambios cerebrales que acompañan a los procesos de aprendizaje y memoria. Esa visión de una memoria «sináptica» ha sido la prevalente durante mucho tiempo y sigue dominando la opinión neurocientífica.

Sin embargo, en los últimos años, y fundamentalmente a partir de nuevas técnicas de neuroimagen, la neurociencia de sistemas ha empezado a defender que el aprendizaje requiere redes neuronales distribuidas, parcialmente solapadas. No queda claro, sin embargo, dónde se encuentran estas redes o cómo se distribuyen, organizan o activan, pero se podrían visualizar como patrones de actividad neural que posiblemente se producen en regiones específicas de forma coordinada.

Es factible pensar que los mecanismos subyacentes sean diferentes para los distintos tipos de aprendizaje. Hay aprendizajes asociativos, en los que se adquiere la noción de la relación entre dos ítems (dos objetos, como llave-cerradura; dos personas, como padre y madre; o dos situaciones, como la famosa campana que anuncia la hora de la comida). No obstante, también existen aprendizajes no asociativos, en los que adquirimos conocimientos de experiencias, como veremos en los diferentes capítulos de este volumen.

Por último, contamos también con procesos para desaprender lo adquirido, especialmente relevantes en los aprendizajes asociativos, en cuyo caso se llaman «procesos de extinción». Así, si de pequeños nos mordió un perro, puede que nuestro cerebro haya aprendido que hay que tenerles miedo a todos los perros. Esa conducta no es adaptativa, y por tanto podemos utilizar estrategias como la extinción para desaprender, que en el fondo no es sino aprender de nuevo pero esta vez, en el ejemplo del perro, a asociar el animal con algo agradable. El psicólogo alemán Hermann Ebbinghaus estudió la pérdida de información o conocimientos que se ocasiona con el tiempo y determinó que esta se produce de manera progresiva si no se refresca dicha información. Desde la perspectiva del autor, esa pérdida es fruto tanto del paso del tiempo como de la no utilización de la información. En el fondo estamos hablando de que el aprendizaje, para consolidarse, requiere de unos procesos de estabilización. Los resultados de los experimentos de Ebbinghaus y el análisis en la curva del olvido indican que, en los primeros momentos tras la adquisición de la información, es cuando esta es más frágil y cuando la curva del olvido tiene una pendiente más pronunciada. De este modo, el material memorizado decae drásticamente, con lo que puede desvanecerse de la consciencia más de la mitad de lo aprendido a lo largo del primer día. Después de esto, el material sigue desvaneciéndose, y, dos días más tarde, lo que recuerdas no llega al 30 %. Con todo, la cantidad de información que se olvida a partir de ese punto va disminuyendo pero solo hasta aproximadamente una semana después del aprendizaje, momento en el que no se produce mayor pérdida. Sin embargo, el material que se retiene después de este tiempo es prácticamente nulo: tendrás suerte si logras recordar más de un 3 %. Aun así, el hecho de que sea necesario menos tiempo para reaprender un material que para aprenderlo desde cero, incluso en los fragmentos que se han desvanecido de la memoria, sugiere que quizá la información aprendida ha dejado algún tipo de «huella» neuronal.

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