Muriel Spark - Robinson

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Con gracia paradójica, la novela de Muriel Spark afina y condensa la diferencia entre géneros tan disímiles como el thriller y los manuales de autoayuda y se anticipa además a las previsiones en temas relacionados con el placer de la lectura.Satisface todas las expectativas porque contiene las claves para vencer el insomnio, para adelgazar, para tener fuerza de voluntad, para concentrarse y escribir una novela y para tratar con maridos. El éxito queda garantizado.

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—Es evidente que ese hombre los está embaucando —me señaló Jimmie.

—Qué tipo horrible —dije.

—Vi a ese sujeto en el aeropuerto —dijo Jimmie— y en cuanto lo vi supe que no era un tipo con clase. Me dije: “¡Vaya!, ese no es un caballero”.

—¿En serio? —dije.

—Tengo un instinto para detectar a los caballeros —dijo Jimmie— y también a las damas.

“Es un compañero de viaje de lo más entretenido”, pensé mientras el avión empezaba a sacudirse por los vientos en las inmediaciones de las Azores. La cara de Jimmie era larga y delgada; tenía la nariz levemente desplazada a la altura del tabique, lo que le daba una expresión graciosa; su pelo era muy claro. Calculé que debía de tener poco más de treinta años.

—¿Va a cruzar el océano Atlántico? —preguntó él.

—Me bajo en las Azores.

—Yo también. Y luego seguiré viaje al sur por mar hasta otra de las islas —dijo.

—¿A qué isla? Me interesan bastante las islas.

—No figura en ningún mapa. Es demasiado pequeña.

El hombre de los amuletos de la suerte preguntaba a sus amigos:

—¿Conocen su futuro?

—¿Perdón? —dijo la norteamericana.

—La revista Su Futuro.

—Bueno, a decir verdad, no.

—Yo soy el dueño y también el director —dijo el hombre.

Advertí que se había puesto el sol.

Cuando empecé a reconocer a Jimmie, al final de mi segunda semana en Robinson, me animó inmensamente el recuerdo de nuestra conversación en el avión. Aquel hombre alto, rubio, con la cabeza envuelta en vendas recobró ante mis ojos la forma y el estado de mi entretenido compañero de viaje.

Mientras, acuclillado en el patio, repetía “Robinson no es hombre afecto a las mujeres. Lo conozco desde hace tiempo”, no me sorprendió en lo mínimo. Ya había advertido su familiaridad con Robinson y había deducido que, de hecho, Robinson había sido ese destino final al que se había referido en el avión.

—Robinson no es hombre afecto a las mujeres.

También ya sabía eso. En algunos hombres se discierne con facilidad cierta indiferencia no precisamente hacia las mujeres, sino hacia el elemento femenino en las mujeres, que puede ser interpretado de numerosas maneras. En Robinson yo había notado algo más que indiferencia: una suerte de neutralidad agresiva, al menos en lo que hacía en su actitud hacia mí. Y pensé que era probable que pudiera ser sumamente hostil a las mujeres en general.

—Vea —dije a Jimmie—, no nací ayer.

—¿De veras? —dijo con galantería.

—Y de todos modos —dije—, Robinson no es mi tipo.

—No se inquiete —dijo Jimmie— por lo que acabo de decirle.

—Robinson y yo somos muy distintos…

—¡Por Dios! —dijo—. No soy mensajero de Robinson. Le digo esto por mi propia cuenta.

Aquello puso las cosas bajo una perspectiva diferente. Jimmie me tenía bastante fascinada. Estimulaba una de mis cualidades mentales que yo consideraba la más aguda que poseía y que también era algo masculina.

—¿Le gusta? —dijo Jimmie.

Me tendió un estuche de lápiz de labios, pequeño y brillante. Lo tomé y lo abrí. El lápiz de labios estaba casi intacto, pero no del todo. Tenía la punta un poco roma. De repente, lo arrojé a la fuente seca.

—Lo tomó de los despojos del accidente —dije. No solo me repugnó la idea de usar el lápiz de labios de una muerta; también me enfureció la insinuación de Jimmie de que yo podría tener un interés romántico en Robinson.

—Es cierto —dijo.

Después de haber enterrado a los muertos, recogieron todo objeto reconocible de las inmediaciones del avión quemado. Era sorprendente la clase de cosas que habían encontrado a varios cientos de metros de los restos de la nave. Entre ellos, se encontraban mis anteojos de lectura, intactos en su estuche, con mi nombre y dirección en Chelsea en el interior. Cuando Robinson me los entregó, le dije:

—Preferiría recuperar mi estuche de maquillajes. Puedo leer sin anteojos.

—¿No puede leer sin maquillaje?

—No me siento yo misma sin maquillaje.

Era cierto. Y el estado de mi vestido y de mi abrigo no mejoraba las cosas, aunque los había remendado antes del accidente.

Y por eso, cuando Jimmie me ofreció aquel horrible lápiz de labios, estaba segura de que Robinson le había repetido mi queja. Intuí que habían estado hablando bastante de mí como un problema femenino. Dejé a Jimmie sentado en el patio y, pensando en cómo mantener la calma, tomé algunos cigarrillos de más de la ración que Robinson me daba. Yo era la única fumadora en la isla además de él, y él había aceptado, con un aire de resignación, compartir conmigo exactamente la mitad de toda su provisión durante nuestra estadía. Eso significaba nueve cigarrillos por día para cada uno. Como resultado de su conversación sobre mí con Jimmie y del incidente del lápiz de labios, ese día me tocaron once cigarrillos, mientras que a Robinson le quedaron solo siete. Me pareció que tomar aquellos cigarrillos adicionales era preferible a alimentar el rencor.

CAPÍTULO IV

Al final de la tercera semana, Tom Wells pudo levantarse. Aún llevaba puesto el artilugio de lona con el cual Robinson le había recubierto las costillas rotas con buenos resultados, ya que parecían estar soldándose bien. Esto me liberó de mis responsabilidades de enfermera y a partir de entonces pude disponer de todas mis tardes. Y ahora que los muertos estaban enterrados, podía recorrer toda la isla.

—Si va a salir a pasear —dijo Robinson—, lleve este impermeable. En esta isla el tiempo es tan cambiante como una mujer.

Era mi primera excursión, había sol, era el seis de junio, la fiesta de Pentecostés.

Ya había metido un brazo en la manga del impermeable cuando me lo quité y lo arrojé al suelo, como si estuviera repleto de gusanos. Esa acción violenta hizo que me doliera el brazo izquierdo, que acababa de abandonar su cabestrillo.

—Es de los despojos —dije.

Robinson suspiró y lo recogió del suelo.

—Llévese el mío.

El impermeable de Robinson no me quedaba tan grande. Para mi primer paseo, me recomendó que siguiera el camino que bajaba de la montaña hacia la costa sur de la isla, por la playa blanca, y que volviese por un segundo camino visible desde la villa en los días despejados. Robinson señaló todo el itinerario desde el camino de entrada porque no había neblina.

El descenso no empezaba directamente desde la villa de Robinson. La casa estaba construida en una elevación plana lo bastante ancha para contener el lago azul y verde y un área de terreno del tamaño de un prado, que se veía desde el patio. Allí Robinson había sembrado mostaza que ahora estaba en flor, de modo que su amarillo ondeante casi me encandilaba. Al estar tan cerca del lago, el prado era un espectáculo deslumbrante. “Planté mostaza por el efecto”, dijo. Además de las granadas, que cultivaba como negocio en la parte oeste de la isla, no producía nada de sus propios alimentos. No había chauchas, papas, cebollas, ruibarbo, ni tampoco espalderas para tomates, arbustos de grosellas, duraznos ni ciruelas. Un enorme depósito detrás de la casa albergaba su gran cantidad de provisiones enlatadas y cereales. Eso me parecía raro, ya que el suelo en la planicie que rodeaba la villa era fértil, el sol abrasador, y la neblina suave y frecuente.

Era el primer día desde el accidente en que estaba sola. Finalmente, planeé explorar toda la isla. Robinson nos había hablado de un paisaje de lava del otro lado de la montaña que, nos dijo, parecía una escenografía lunar. Había también un cráter en actividad. Eso me intrigaba. Pero Robinson me advirtió que no avanzara más allá de la playa del sur en mi primera excursión.

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