Muriel Spark - Robinson

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Con gracia paradójica, la novela de Muriel Spark afina y condensa la diferencia entre géneros tan disímiles como el thriller y los manuales de autoayuda y se anticipa además a las previsiones en temas relacionados con el placer de la lectura.Satisface todas las expectativas porque contiene las claves para vencer el insomnio, para adelgazar, para tener fuerza de voluntad, para concentrarse y escribir una novela y para tratar con maridos. El éxito queda garantizado.

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—¿Quién es usted?

—Robinson —dijo—. ¿Cómo se siente?

—¿Quién?

—Robinson.

—Creo que tengo una conmoción cerebral —dije.

—Me alegro de que piense eso porque es cierto —dijo—. Saber que uno tiene una conmoción cerebral cuando la tiene es un tercio de la cura. Veo que usted es inteligente.

Al oír esto decidí que Robinson me gustaba y volví a dormirme. Me sacudió hasta despertarme y puso ante mis labios un jarro de leche agria y tibia. Mientras yo la tragaba, dijo:

—Dormir es otro tercio de la cura y la alimentación es el restante.

—Me duele el hombro —dije.

—¿Cuál?

Toqué mi hombro izquierdo. Estaba cubierto de vendas.

—¿Cuál hombro?

—Este —dije—, el que está vendado.

—¿Cuál hombro? No lo señale. Piense. Descríbalo.

Me detuve a pensar. Enseguida dije:

—El hombro izquierdo.

—Es cierto. Se recuperará pronto.

Un gatito de pelo sedoso azul grisáceo entró, se sentó en el umbral y se puso a mirarme entrecerrando los ojos hasta que me dormí.

Esto sucedió veinticuatro horas después del accidente. Cuando volví a despertar era de noche y tuve miedo.

—¡Basta! —grité.

No hubo respuesta. Entonces, luego de unos minutos, volví a gritar:

—¡Basta, Robinson!

Algo suave y vivo saltó sobre mi pecho. Grité, me incorporé a pesar del dolor que el movimiento me provocó en el hombro. Mi mano alcanzó a tocar pelo suave mientras la gata bajaba de un salto al colchón.

Robinson entró con un quinqué y se inclinó para examinarme bajo su luz.

—Pensé que era un ratón —dije—, pero era la gata.

Dejó la lámpara sobre una mesa lustrosa.

—¿Se asustó?

—Bah, soy bastante valiente. Pero primero fue la oscuridad y después la gata. Pensé que era un ratón.

Se inclinó y acarició a la gata, que se restregaba contra sus piernas.

—Se llama Bluebell —dijo y salió del cuarto.

Lo oí moverse en la habitación contigua y poco después volvió con un tazón de sopa picante y caliente. Parecía cansado y suspiró varias veces mientras me hacía tomarla.

—¿Cómo se llama? —preguntó.

—January Marlow.

—Piense —dijo—. Trate de pensar.

—¿Pensar en qué?

—En su nombre.

—January Marlow —dije y apoyé el tazón de sopa en el piso.

Levantó el tazón y volvió a ponerlo en mi mano derecha.

—Beba un poco y mientras tanto piense. Usted me dijo el mes y el lugar de su nacimiento. ¿Cuál es su nombre?

Este error me alegró, me dio confianza.

—Me pusieron January, un nombre inusual, porque nací en…

Lo entendió enseguida.

—Ah, sí. Ya veo.

—Pensó que era mi conmoción cerebral —dije.

Esbozó una sonrisa.

De pronto, dije:

—Debe de haber ocurrido un accidente. Viajaba en el avión de Lisboa.

Bebí unos sorbos del caldo mientras trataba de dilucidar las implicancias de mis palabras.

—No se esfuerce tanto —dijo Robinson—, no puede pensarlo todo de golpe.

—Recuerdo el avión de Lisboa —dije.

—¿Viajaba con amigos o con parientes?

Yo sabía la respuesta a esa pregunta.

—No —dije enseguida, casi gritando.

Robinson permaneció inmóvil y suspiró.

—Pero tengo que mandar un telegrama a Londres en la mañana —dije.

—En Robinson no hay oficina de correo. Es una isla muy pequeña. —Y agregó, porque supongo que puse cara de sorpresa—: Está a salvo. Creo que mañana podrá levantarse. Entonces lo verá por sí misma.

Tomó el tazón vacío y se sentó en una silla alta de mimbre. La gata saltó sobre su regazo. “Bluebell”, murmuró. Yo lo miraba acostada, semicomatosa, y me daba trabajo ordenar mis pensamientos y colocarlos en una frase. Finalmente dije:

—¿Le importaría decirme si hay alguna enfermera, alguna mujer, por aquí?

Se inclinó sobre mí como si buscara atraer mi atención.

—Eso será una dificultad para usted. No hay mujeres en la isla. Pero cuidarla no es un problema para mí. Será por poco tiempo. Además, es necesario. —Apartó a la gata de su regazo—. Piense que soy un doctor o algo parecido.

Una voz de hombre llamó desde el interior de la casa.

—Es otro de los pacientes —dijo Robinson.

—Cuántos… el accidente. ¿Cuántos?

—Volveré pronto —dijo.

Mientras desaparecía de mi vista pensé que se veía fatigado. Bluebell arqueó el lomo, trepó a mi colchón, se hizo un ovillo y empezó a ronronear.

Estábamos a miles de kilómetros de todo. Creo que aún persistían los efectos de la conmoción cuando me levanté, la cuarta mañana después del accidente. Me tomó cierto tiempo conocer los detalles de la casa de Robinson y no fue sino hasta la semana siguiente cuando empecé a preguntarme acerca de su extraño aislamiento.

Para entonces ya no había esperanza de un rescate inmediato. Muchos de ustedes recordarán que todo el Atlántico estaba avisado, que aviones militares y comerciales nos buscaban y que todos los barcos se mantenían alerta en busca de sobrevivientes o de trozos de la aeronave. Entretanto, allí estábamos en Robinson, con los restos del avión y los cadáveres. La isla estaba envuelta en niebla cuando llegó la primera expedición de rescate poco después del accidente. Robinson había encendido luces de bengala cada noche, pero cuando las patrullas volvieron, dos noches más tarde, un torrente de lluvia las había apagado. En ambas ocasiones, el avión se había retirado rápidamente del banco de niebla, por temor a chocar con la montaña. No había nada que hacer, salvo esperar el barco que pasaría por la isla en agosto para recoger la cosecha de granadas.

Cuando me levanté un poco mareada del colchón, sentí dolor en el brazo izquierdo, que llevaba en cabestrillo, pero a pesar de ello y de lo aturdida que estaba, Robinson me puso de inmediato a cuidar a Tom Wells, que yacía con las costillas rotas, enfundado en un apretado chaleco que Robinson había hecho con tiras de lona, cosidas en diagonal de atrás hacia delante, en capas que se superponían en las dos terceras partes de cada una. Robinson explicó con sumo cuidado la función de ese chaleco antes de decirme que de ningún modo debía quitárselo al paciente. Mis horas de trabajo iban desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde, cuando Robinson me reemplazaba.

Un hombre alto y delgado, con la cabeza correctamente vendada, hacía los turnos de la noche, y creo que Robinson también lo reemplazaba durante la noche para que siempre hubiese alguien para atender a Tom Wells.

Robinson me había presentado al hombre alto; recuerdo que me llamaba “señorita January”, pero no retuve su nombre aunque me resultaba familiar. En aquellos primeros días pregunté varias veces a Robinson quién era el otro enfermero y cómo se llamaba, pero tardé una semana entera en recordar el nombre, Jimmie Waterford. Jimmie se mostraba muy amistoso conmigo, como si nos conociéramos de antes. Tardé bastante en recordar que lo había conocido en el avión de Lisboa. Sin embargo, el monosilábico Tom Wells se grabó en mi mente de inmediato.

Por aquel entonces advertí la presencia de un niño frágil y menudo, de unos nueve años de edad, de piel oscura y grandes ojos. Lo había visto la primera vez que me levanté, pero durante varios días no reparé en él. Seguía a Robinson por doquier. Cumplía algunas tareas, como traer a la casa pequeños atados de leña y preparar el té. Se llamaba Miguel.

Durante las mañanas, Robinson me daba instrucciones. Las seguía al pie de la letra, como si estuviese atontada e incapaz de sentir curiosidad alguna. Mientras tanto, Robinson y el hombre alto se ausentaban juntos durante dos o tres horas cada vez.

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