Además de ser quien había recibido las heridas más graves, Tom Wells era un paciente difícil. Se quejaba y hacía ruidos casi todo el día, aunque Robinson le aplicaba inyecciones. Parecía haber comprendido nuestra situación y de hecho, en aquel momento, era más consciente que yo. Siempre he detestado a las enfermeras que son intolerantes con sus pacientes, pero muy pronto me volví irritable y brusca con Tom Wells, como si hubiera nacido para ello. Cuando me oía decirle al hombre que dejara de hacer tanto ruido, que se comportara o que bebiera esto o aquello, y frases por el estilo, Robinson sonreía con desgano. Todo esto sucedía antes de que yo hubiera asimilado mi nuevo entorno. Sabía, con una indiferencia inhumana, que había ocurrido un accidente. Acepté resignadamente la situación de hallarme en un lugar desconocido, que Robinson diera órdenes y que yo debiera cuidar a Tom Wells determinadas horas del día.
Exactamente una semana después del accidente, Robinson me dijo, mientras desayunábamos: “Intente comer lo menos posible. La mayor parte de nuestra comida es enlatada y yo no esperaba huéspedes”.
Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba comiendo. Robinson me había procurado alimento y en ese momento advertí que había estado consumiéndolo. Miré mi plato sobre la mesa redonda de madera clara. Acababa de terminar una porción de legumbres amarillentas. Junto a mi plato había un bizcocho grueso y duro a medio comer, igual a los que recordaba haber sumergido en el té cargado y tibio durante los últimos días. A partir de entonces presté atención al lugar con mayor detenimiento. Cuando aquel día empecé a actuar independientemente de Robinson, él pareció aliviado. Dos días después me dio el cuaderno para que escribiera mi diario.
Ansiaba estar de vuelta en casa, riéndome con Agnes y Julia, como cuando ellas venían a tomar el té en las tardes de invierno. Lo que más nos gustaba hacer con mis hermanas era reírnos de nuestras anécdotas de infancia y yo misma me sorprendía, más tarde, de mi propia inocencia.
Y sin embargo, en aquellos momentos, disfrutaba las tonterías que decíamos. Hubo un tiempo, después de haber abandonado la escuela para casarme, del nacimiento de mi hijo y de haber enviudado aquel mismo año, en que estuve distanciada de mis hermanas. De Agnes, porque era la mayor: huraña, soltera y resentida por mi aventura. Agnes vivía con nuestra abuela. Cuando la abuela murió, Agnes se casó con el médico; al menos se casó. Nos hicimos amigas, en la medida en que es posible ser amiga de Agnes, que, para empezar, hace ruido cuando come.
Mi hermana menor, Julia, estaba todavía en la escuela cuando me escapé para casarme. Mi marido murió seis meses después. Traté de acercarme a Julia, tan alta y bonita. Pero la consideraban una descarriada; yo también pensaba que lo era.
—Julia solo habla de hombres, hombres y más hombres —dije una vez a Agnes.
—Oh, cállate —dijo ella.
Años más tarde, Julia se casó con un corredor de apuestas. Solo se casaron por civil. No me invitaron al casamiento. Vi al corredor de apuestas en el entierro de la abuela; al principio pensé que era el dueño de la funeraria.
—Creí que era el dueño de la funeraria —susurré a Agnes.
—Oh, cállate —dijo ella. No me dijo que planeaba casarse con el médico el mes siguiente.
Luego de eso, cuando nos reconciliamos, Julia y Agnes venían a tomar el té a mi casa pero rara vez yo las visitaba. Agnes vivía en Chiswick y Julia en Wimbledon; era una molestia ir a esos lugares desde Chelsea. Pronto descubrimos lo único que teníamos en común: nuestra infancia. Nos reíamos hasta que se hacían las seis de la tarde, cuando mi hijo Brian volvía a casa con la cara colorada luego de hacer deporte en la escuela. Mis hermanas jamás se iban antes de que él llegara. Supongo que me envidiaban por Brian, porque los años pasaban y ellas seguían sin tener hijos.
Cuando huí de la escuela y tuve a Brian, Agnes no demostró el menor interés por el niño. Solo demostraba curiosidad por mí. “Eres demasiado joven para esta clase de travesuras”, dijo desde su posición privilegiada como visitante en un hospital: ella, perpendicular; yo, horizontal. “Creí que eras una chica inteligente”, dijo.
Pero cuando vieron a Brian años más tarde, mis hermanas se sorprendieron, creo, por su docilidad; de algún modo esperaban que el hijo de una muchacha tan joven fuese un malcriado.
—Vaya —dijo Julia—, miren al hijo de January. ¿No es todo un hombrecito?
Pero todavía no habían descubierto la extraordinaria destreza social de Brian, aunque ese aspecto de su personalidad ya estaba, en plena adolescencia, muy desarrollado para su edad.
A menudo me preguntaba si Agnes y Julia se molestaban en venir desde Chiswick y Wimbledon, en aquellas tardes de invierno, realmente para verme a mí y no a Brian. Aun durante la primera etapa de mi conversión religiosa, cuando se me dio por adoctrinar a mis hermanas, siguieron visitándome.
Diario, 20 de mayo de 1954. La superficie de Robinson es poco más de 220 kilómetros cuadrados, si es que se pueden llamar cuadrados, porque se extienden en direcciones tan irregulares. Robinson le compró la isla a un portugués hace quince años y se instaló en ella luego de la guerra. Antiguamente, la isla se llamaba Ferreira. Robinson me mostró un mapa. Si uno lo sostiene con el Este hacia arriba parece una silueta humana. Hay varias penínsulas a las cuales Robinson llama el Brazo Norte y el Brazo Sur de la isla, la Pierna Norte y la Pierna Oeste. La casa de Robinson está ubicada en una meseta a unos trescientos metros por encima del nivel del mar. Es una montaña volcánica, en cuya cima solo hay lava y cenizas, pero él dice que en sus laderas se encuentran todos los climas conocidos. R. una vez se torció el tobillo allí arriba mientras atravesaba un brezal. En julio, el tercio superior de la montaña se cubre de tomillo en flor. Supe estas cosas por Robinson. Él me dio este cuaderno. Dijo: “Aténgase a los hechos, será lo más saludable”. Estoy siempre cansada.
Ahora, mientras miro la página ajada de la primera entrada en mi diario recuerdo que fue idea de Robinson que escribiera con letra muy pequeña y sin punto y aparte para ahorrar papel. Aun así, el cuaderno no duró hasta el fin de mi estadía en la isla; después tuve que usar algunas hojas sueltas de papel que encontré en el escritorio de Robinson.
Recuerdo que más de una vez Robinson me había aconsejado que me ciñera a los hechos. Me había aconsejado con vehemencia que no escrutara el mar con la esperanza de ver un barco, ni el cielo en busca de un avión; según él era una costumbre deprimente. Aquellas primeras semanas apenas si podía apartar mis ojos del mar y del cielo, aunque el barco que traía los víveres de Robinson y se llevaba las granadas que cultivaba no llegaría a la costa sur sino hasta la segunda semana de agosto. Yo había hostigado a Robinson con la idea de construir un transmisor de radio. Él decía que no había medios para hacerlo. “A esta altura, Brian creerá que estoy muerta”, pensaba mientras escribía mi primer diario. Pero no lo escribí porque todavía no me constaba que fuese un hecho.
La casa de Robinson era un edificio de principios del siglo diecinueve, construido en un estilo colonial español. Era un bungalow de piedra ubicado en una ancha saliente natural de la montaña. Estaba rodeada de una pared baja por encima de la cual podía ver, desde mi cuarto, el lago azul y verde en las mañanas sin neblina. En las primeras dos semanas, no me aventuré más allá de las enormes puertas arqueadas de hierro forjado. En cambio, cuando mi confusión se hubo disipado y no estaba cuidando a Tom Wells, vagaba por el descuidado jardincito o me sentaba en el patio igualmente descuidado, masajeándome el hombro lastimado y observando la fuente que no funcionaba.
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