Vergüenza

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No se puede resolver una crisis si no se profundiza en ella lo suficiente como para comprenderla. El escándalo del abuso al interior de la Iglesia –de poder, de conciencia y sexual– ha alcanzado una escala planetaria y da cuenta ya no solo de pecados y delitos individuales, sino sobre todo de paradigmas, sistemas, estructuras e instituciones que han facilitado la comisión del abuso, su ocultamiento o su impunidad. Este volumen incluye el testimonio de víctimas y la reflexión de numerosos especialistas. Desde campos tan diversos como la teología, la psiquiatría, la psicología, la historia, el derecho o la educación, se aborda la situación del abuso en la Iglesia católica chilena. Es un recorrido doliente y avergonzado, pero no habrá sanación al margen suyo.

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Como fruto de este gravísimo escándalo de abuso, negligencia y encubrimiento, muchos se ven privados de caminos de revelación y gracia para vincularse con Aquel que llena de sentido la vida y que sacia todos los anhelos más hondos del corazón humano. Velar, esconder y deformar el rostro amoroso de Dios revelado en Cristo que, amándonos hasta el extremo, dio su vida por nosotros, tiene graves consecuencias para la felicidad y la plenitud que Dios desea para el ser humano y para la cual estamos hechos. Si de verdad creemos que Cristo es la Vida, estamos privando a tantos del núcleo esencial de la vida. Eso produce víctimas. De otro tipo. Pero son víctimas indirectas del abuso eclesiástico.

BAJO LA PUNTA DEL ICEBERG

Hasta el momento, toda la crisis de los abusos, tanto en nuestro país como en el mundo, se ha focalizado en los abusos sexuales. Son los más visibles, los más escandalosos. Por lo mismo, son los que han concentrado toda la atención en los ámbitos de legislación, sanciones, prevención, intervenciones, cumbres, comisiones y prensa. Sin embargo, toda persona que ha experimentado el abuso o quienes han entrado profundamente en el tema saben que, de quienes han sido abusados sexualmente en la Iglesia, prácticamente el 100 % ha experimentado, primero, por parte de su abusador, el abuso de conciencia. Y para quienes hemos experimentado solo abuso de conciencia, sabemos que el porcentaje de abusados sexualmente son una fracción mínima de los abusos de conciencia y del control absoluto de nuestras vidas usando el nombre de Dios. Esto, en efecto, nos hace comprender que el problema es por lejos mucho más grande de lo que se ve. Y que todas las medidas y reflexiones en torno al tema no están apuntando al origen del problema. Mientras, hay una masa inmensa de personas que hoy están siendo abusadas y otras comenzarán a serlo año tras año en nuestra Iglesia.

En mi opinión, la base de toda esta crisis es una distorsión estructural del uso y del ejercicio del poder en la Iglesia católica que se ha alejado del modo de Jesucristo. Ello, acompañado de gravísimas falencias en la formación humana y afectiva. Pero, para que estas falencias tengan consecuencias abusivas en su ámbito propio, se requiere primero de un uso distorsionado de la autoridad que está profundamente arraigado en la Iglesia desde tiempos muy cercanos a sus orígenes. Es un virus que contrajo en sus inicios y del cual no ha podido librarse.

La Constitución Gaudium et Spes (GS) del Concilio Vaticano II, nos dice que “la conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que este se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquella” 4. Esta concepción católica de la dignidad y grandeza de la conciencia —que si la creyéramos la respetaríamos muy seriamente— es letra, pero no es vida. Este principio maravilloso de la antropología cristiana es pasado a llevar muy frecuentemente y de muchísimas maneras por la autoridad eclesial. A veces sutilmente, a veces burdamente. A veces levemente, a veces gravísimamente. A veces desde el poder y la prepotencia, a veces desde la manipulación y la tergiversación de la espiritualidad.

Una reflexión general, seria y profunda sobre el ejercicio de la autoridad, volviendo a la referencia de Jesucristo, con todo su respeto por la libertad y la dignidad del hombre y la sacralidad de la conciencia, llevaría a atacar el problema en su raíz. Sin embargo, esto traería consecuencias tan grandes y se tendrían que generar tantos cambios en el modo de vivir la vida eclesial que pienso que en el corto y mediano plazo no hay voluntad ni arrojo para una rectificación de ese tamaño. Al mismo tiempo, sería titánico enfrentar la resistencia de muchísimos que se aferran a un modelo que se sustenta no en una jerarquía sana sino en un autoritarismo que permite mantener el control 5.

Si aceptamos que la crisis de fondo es el mal uso y ejercicio del poder, entramos en la profundidad de la crisis. Nos damos cuenta de que no es un tema solo de clericalismo. Tampoco es un tema esencialmente de machismo. Estos y otros problemas, que sin duda están presentes en la Iglesia, son solo parcelas. El abuso de poder, autoridad y conciencia puede ser ejercido por cardenales, obispos, sacerdotes, diáconos, superiores de comunidades religiosas femeninas y masculinas, laicos y laicas consagrados, catequistas e incluso agentes pastorales. En cada lugar de la Iglesia donde se ejerce la autoridad de un modo ya instalado y aprendido por demasiadas generaciones, hay un espacio estructural propicio para el abuso. Y el hecho de que esa autoridad tenga un carácter religioso hace que el abuso sea más fácil y peligroso.

Como sobreviviente de abuso de conciencia y como sacerdote, me duele y me hiere profundamente que este gravísimo problema —que es como la gran masa de hielo debajo de lo que se ve de un iceberg en la superficie— no se asuma con claridad y no se enfrente con urgencia. Las consecuencias existenciales para tantas personas que han confiado en la Iglesia para desarrollar su vocación son profundísimas. Pero aún no reaccionamos.

REALIDADES OCULTAS

Teniendo en cuenta esta masa debajo del iceberg que es el abuso de autoridad y de conciencia, hay dos realidades que merecen particular atención. Creo que su invisibilidad se justifica por la acentuación de dos categorías en las que se ha centrado mucha de la reflexión y medidas adoptadas. Estas son el clericalismo y el abuso sexual a menores de edad. Como he dicho, estas son dos realidades existentes y gravísimas, pero no son la base de todo. Y por ello —desde mi punto de vista— deja puntos ciegos extraordinariamente graves.

En primer lugar, cuando centramos la reflexión y las medidas en el clericalismo, dejamos fuera —al menos en cuanto a prioridades— a todo el vasto mundo de la vida religiosa. Y, dentro de ella, particularmente el vasto mundo de la vida religiosa femenina, pues en ella no hay posibilidad de revisar posibles clericalismos. Es un mundo donde hay gran cantidad de abuso y del cual prácticamente no se habla. Sus dinámicas estructurales son un caldo de cultivo óptimo para el abuso de autoridad y de conciencia, quedando innumerables mujeres a merced de espiritualidades muchas veces totalmente enfermas, con un culto al sufrimiento, la humillación y la autonegación. En demasiados de estos espacios a las religiosas se les succiona la vida, la alegría, la iniciativa, el carácter único de su personalidad y de sus talentos. En nombre de una espiritualidad insana, a través de la obediencia, se demuelen las personalidades para hacer religiosas de acuerdo con el molde de la congregación o de la fundadora. Se constituyen así auténticas sectas intracatólicas con dinámicas de lavado de cerebro y control mental. Es inmenso el sufrimiento silencioso y sometido en una importante porción de las religiosas y laicas consagradas de la Iglesia católica. Es abuso escondido, secreto e impune.

En segundo lugar, qué duda cabe de que se debe atacar con todas las fuerzas y energías los abusos a menores de edad. Sin embargo, ello no debería distraer nuestra atención ni dilatar las medidas para ir en auxilio de los denominados adultos vulnerables. Todo joven mayor de 18 años, sea varón o mujer, es un corazón en búsqueda y anhelante. Por ello está ávido de encontrar respuestas y cuando encuentra una que lo llena de sentido se entrega con una generosidad sin límites. Si juntamos ese corazón con un sacerdote, religioso o religiosa, o un catequista que lo guía sin respetar toda su dignidad y libertad, y todo, en el contexto de una estructura propicia, lo que ocurre es que ese corazón es vulnerado. Ese joven, mayor de 18 años, es un adulto vulnerable. Y la edad que abarca esta categoría puede extenderse mucho más.

En Vos Estis Lux Mundi el papa Francisco define como persona vulnerable a “cualquier persona en estado de enfermedad, de deficiencia física o psicológica o de privación de libertad personal que, de hecho, limite incluso ocasionalmente, su capacidad de entender o de querer o, en cualquier caso, de resistir a la ofensa” 6. El abuso de conciencia que puede ejercer un sacerdote con un joven, una congregación religiosa con novicios o novicias o una determinada formación de los seminarios respecto de la figura del obispo, o una inadecuada formación eclesial respecto de la autoridad, hace que un gran número de personas se transformen en adultos vulnerables. Y ello, por la formación que recibieron, genera un estado que se puede perpetuar en el tiempo, quizás por toda la vida. A cualquier persona en formación, con un corazón noble, radical y confiado, que se le diga que el sacerdote, el superior, el obispo o el papa hace las veces de Dios, es transformado por la misma Iglesia en una persona a quien se “le ha privado de la libertad personal y se le limita, al menos ocasionalmente, su facultad de entender o de querer”. Es un adulto vulnerable producido por la mismísima Iglesia católica:

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