El clásico cuento de los hermanos Grimm Hansel y Gretel, cuenta la historia de dos niños que fueron expulsados de su hogar. Un antiguo cuento infantil nos lleva a comprender con imágenes muy vivas un modus operandi propio del abusador eclesiástico que engaña y roba la vida.
En el cuento, los niños extraviados en el bosque encuentran una casa de dulce y chocolate que para ellos significaba la salvación de su desamparo y un verdadero paraíso. Atraídos por la promesa de lo que se les presentaba deciden acercarse y entrar. La bruja les tiende una trampa y los encierra, a la niña la esclaviza y al niño lo pone en engorda para comérselo. La bruja miente, engaña y quiere devorar. Para ello usa la carnada del dulce y el chocolate.
Desde mi experiencia personal, y desde la de todas las víctimas que he conocido, no puedo dejar de encontrar elocuentes imágenes en esta antigua historia. Lo que nos ha pasado a muchos —a demasiados— en la Iglesia es algo aún más perverso. Dios, que “por nuestra causa” 2se hizo hombre, fundó esta posada (Lc 10, 34) para sanar a la humanidad herida y dar vida en abundancia al ser humano; para rescatar, salvar, redimir, plenificar y divinizar. Quiso —por amor— dejar un sacramento de su presencia en el mundo para cumplir sus promesas en la historia hasta el fin de los tiempos. Y ese sacramento o signo, la Iglesia, esta posada de sanación para muchos, se ha convertido en la casa de la bruja, en una verdadera mansión siniestra. Y ello, por la perversión de unos, la negligencia y/o el encubrimiento de otros.
La primacía del cuidado de la institución por encima de la persona, ha permitido que muchos espacios eclesiales se transformen en una gran trampa que atrae por la belleza de las promesas de Jesucristo, pero que, una vez dentro, nos deja en las manos de quienes nos encierran. Y una vez encerrados, buscan esclavizarnos, utilizarnos y devorarnos…
Esa mente
era un grotesco remedo de Dios.
Un remedo
que tomó control y señorío
sobre ese vulnerable corazón.
Un remedo escondido
y agazapado como una fiera
detrás de los más grandes anhelos
del ser humano,
en el mismo corazón de la Casa
de la Luz.
TRAICIÓN ESENCIAL
En su Evangelio, Lucas nos narra el maravilloso episodio del comienzo del ministerio de Jesús: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19).
Estas impactantes palabras pronunciadas por Jesucristo en su lectura del profeta Isaías en la sinagoga, se las aplica a sí mismo y, con ello, define la esencia de su misión. Y no solo de su misión, sino también de aquello que apasiona su corazón: la redención del ser humano. Después de enrollar el volumen y sentarse, continúa: “Hoy se ha cumplido esta escritura que acaban de oír” (Lc 4, 21). La profecía se cumple ese día. Pero en el proyecto de Cristo, es también la profecía que anuncia lo que deberá ser la misión y la pasión de la Iglesia. Para cada ser humano que se encuentra con la Iglesia, debiera resonar ese mismo “hoy” cargado de salvación.
Estas primeras palabras definitorias de la misión del Mesías —y de la Iglesia— se profundizan y se intensifican a lo largo de su ministerio: “Vengan a mí los que están cansados y agobiados y yo les daré descanso” (Mt 11,28); “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. Yo soy el buen pastor, el buen pastor da la vida por sus ovejas” (Jn 10, 10-11); “Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6); “Les he dicho estas cosas para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea completa” (Jn 15, 11).
El corazón del ser humano, sediento de plenitud sin límites, se transforma en un buscador apasionado, particularmente en su adolescencia y juventud. ¿Dónde saciarse? ¿Dónde encontrar respuesta a esos anhelos tan altos, tan inabarcables? Todas las víctimas de abuso eclesiástico hemos caído en manos de abusadores que, para devorar vidas, se esconden detrás de estas promesas.
Algunos —los niños y niñas— han caído en manos de sus abusadores porque sus padres confiaron en quienes eran dignos de toda confianza, buscando lo mejor, lo óptimo para sus hijos. Los adolescentes y jóvenes caímos en manos de nuestros abusadores porque escuchamos las promesas de plenitud de Jesús: a través de un sacerdote con mucho “carisma” o de un retiro espiritual o de alguna jornada en un movimiento o prelatura personal o, incluso, con una simple canción religiosa. De algún modo encontramos la respuesta a esos anhelos inmensos. Cristo era la respuesta. En adelante, todo era confiar en una persona que representaba a Jesucristo, que era “su voz en la Tierra”. O bien, confiar en un espacio eclesial (parroquia, movimiento, congregación, prelatura, etc.) que aseguraba ser el mejor camino, el más auténtico, el más radical dentro de la gama de espiritualidades católicas (el discurso de elite espiritual está en todos los espacios abusivos).
La confianza se volvió exigencia, la exigencia llevó a demandar obediencia a “la voluntad de Dios” y total sumisión en el espíritu de la “humildad propia de los santos”. Esto llevó a progresivas transgresiones que se fueron agudizando y que normalizamos. Y, en un proceso lento, pero certero y perverso, se nos esclavizó, se nos abusó, se nos utilizó y se nos destruyó. ¡Tantas vidas humanas destruidas! ¡Miles! Quizás millones a lo largo de la historia. ¿Y cuál fue el arma de destrucción? La usurpación del nombre de Dios. Usaron el nombre de Dios en vano.
En el seno de la mismísima Iglesia, entre sus ministros y consagrados —hombres y mujeres— mal usando las promesas de Vida de Jesús, la confianza que Él inspira, el amor por el ser humano que Él profesa, se creó un espacio siniestro y seguro para abusadores, para depredadores de vidas inocentes en búsqueda. ¡Es tan profundamente impactante, doloroso e indignante que tantos padres y madres, niños, adolescentes y jóvenes, llegaran a estos espacios eclesiales buscando la vida que la Iglesia —por vocación esencial— está llamada a dar… ¡y lo que encontraron fue muerte! ¡Cayeron en una trampa mortal! Impacta, duele e indigna saber que por la falta de toma de conciencia y sentido de urgencia de quienes deben tomar medidas radicales, en los próximos meses y, probablemente en muchos años por venir, tanta gente seguirá cayendo en la misma trampa.
Una gran multitud de seres humanos por quienes Cristo dio la vida, llegaron a la Iglesia buscando vida y encontraron muerte. Y estoy seguro de que por razones que percibo y explicaré más adelante, en el estado actual de las cosas, esto seguirá ocurriendo por mucho tiempo.
¿Cómo no somos capaces de ver en todo esto una traición a la esencia de lo que Cristo nos ha pedido como Iglesia? ¿Cómo no afectarnos, indignarnos y reaccionar de un modo mucho más hondo y proactivo ante esta auténtica crisis humanitaria que nosotros mismos hemos provocado usando el nombre de Dios que es amor? ¡¿Cómo no ver que hemos traicionado a Jesucristo de la manera más dolorosa?!
Vale la pena repasar el episodio de la purificación del templo para intuir cuánto duele al Señor todo este drama (Jn 2, 13-22). Es una de las escenas del Evangelio dónde se muestra más nítidamente la ira de Jesucristo y, en ella, ha quedado plasmado que por hacer de su casa una “casa de comercio” (una “cueva de bandidos” en los sinópticos), Él hace un látigo, expulsa a los comerciantes, da vuelta las mesas y desparrama el dinero de los cambistas. Lo que está detrás de esta indignación es el uso y abuso del nombre de Dios, de los ritos asociados a lo religioso y el uso del espacio sagrado para provecho personal. Esto indigna a Jesús. ¿Podríamos llegar a intuir el dolor, la rabia y la indignación de Jesucristo cuando Su casa, la Iglesia —a la que también en figuras bíblicas llama su esposa y su cuerpo— se ha convertido, en tan abundantes lugares y ocasiones, en un espacio ¿de uso y abuso de seres humanos? ¿en una cárcel siniestra donde se destruyen las vidas y los corazones de los suyos?…
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